Contextos

Yihad en Bruselas

Por Judith Bergman 

Bandera yihad
"Las élites políticas y culturales suelen transmitir un temor profundo a que la lucha contra el terrorismo, si se lleva muy lejos, pueda poner en peligro los valores democráticos y las libertades que se pretende preservar. Lo que ignoran es la paradoja de que, al abdicar del derecho a investigar –y debatir– libremente sobre la naturaleza del islam, ya han puesto en peligro el valor democrático más importante: la libertad de pensamiento, manifestada en la libertad de expresión""A menos que el islam se reforme radicalmente, y los musulmanes progresistas reciban un verdadero apoyo (en lugar de ser puenteados en pro de las organizaciones de los Hermanos Musulmanes y otras muy cuestionables), este tipo de ataques terroristas –y peores– podrían ser cada vez más comunes en todo Occidente"

Federica Mogherini, alta representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad, dijo el 24 de junio de 2015, en una conferencia muy apropiadamente titulada “Llamando a Europa (V): el islam en Europa”:

La idea de un choque entre el islam y ‘Occidente’ (…) ha confundido nuestras políticas y nuestro discurso. El islam ocupa un lugar en nuestras sociedades occidentales. El islam forma parte de Europa. (…) Me atrevo a decir que el islam político debería ser parte del paisaje.

Nueve meses después, la ignorancia, la ceguera voluntaria y la pura incompetencia respecto a los dogmas más básicos del islam demostradas por Mogherini en sus declaraciones han cosechado un nuevo resultado letal. Lo que dijo es muy representativo del punto de vista manifestado en público por el establishment político y cultural europeo.

Treinta y una personas fueron asesinadas y alrededor de trescientas fueron heridas en Bruselas el pasado día 22, en los atentados del aeropuerto de Bruselas y la estación de metro de Maalbeek, en el corazón de la propia Europa. El ISIS ha reivindicado estos últimos ataques terroristas.

Mogherini, en una rueda de prensa oficial desde Jordania, se deshizo en lágrimas mientras hablaba de los atentados terroristas aquel día. Pero el dolor que, como una de las más altas representantes de la UE, exhibió en nombre de los muchos asesinados y heridos en Europa es un dolor autoinfligido. Es la inmunidad de Europa ante la realidad lo que nos ha llevado a la actual situación de caos absoluto en materia de seguridad.

Como era previsible, el ISIS trató de justificar los atentados afirmando que Bélgica era un objetivo por ser “un país que ha participado en la coalición internacional contra el Estado Islámico”, pese a que sólo ha intervenido en una limitada campaña de bombardeos en Irak que finalizó hace nueve meses. Claramente, la campaña en Irak no tenía nada que ver con los atentados de Bruselas, pero sirvió como útil excusa porque este tipo de razonamientos alimenta el discurso dominante en Europa, como quedó de manifiesto con Federica Mogherini.

El actual relato de Occidente refleja una persistente e inquebrantable negativa a analizar las doctrinas del islam, por miedo a ofender a los musulmanes. Esta negativa no es un fenómeno exclusivamente europeo. La Casa Blanca mandó hacer una limpia de todos los materiales didácticos que los grupos islámicos considerasen ofensivos hace ya cinco años. En 2013, el Washington Post también informó de que innumerables expertos en terrorismo islámico fueron vetados en todas las conferencias sobre contraterrorismo de la Administración norteamericana, incluidas las del FBI y la CIA. En su lugar, ordenaron a las agencias gubernamentales que invitaran a organizaciones pantalla de los Hermanos Musulmanes.

La clase política y militar occidental, así como las élites mediáticas y culturales, se niegan a analizar las doctrinas políticas y militares del islam, y eso obliga a cuestionarles con honradez intelectual. Cuando se enfrentan a un enemigo que utiliza esas mismas doctrinas como razón de ser, tal negativa sólo puede tacharse de flagrante prevaricación y temeraria fuente de peligros.

Las élites políticas y culturales suelen transmitir un temor profundo a que la lucha contra el terrorismo, si se lleva muy lejos, pueda poner en peligro los valores democráticos y las libertades que se pretende preservar. Lo que ignoran es la paradoja de que, al abdicar del derecho a investigar –y debatir– libremente sobre la naturaleza del islam, ya han puesto en peligro el valor democrático más importante: la libertad de pensamiento, manifestada en la libertad de expresión.

El islam político ya ha conformado buena parte del paisaje europeo, pero no precisamente del modo en que imaginaba Mogherini.

Las doctrinas políticas y militares del islam –el islam político al que tan despreocupadamente se refiere Mogherini– se codifican en la ley islámica –la sharia–, como se establece en el Corán y en los hadices. A diferencia de otros malentendidos previos sobre el islam, estas doctrinas no son, en el islam mayoritario, sometidas a interpretaciones atenuantes.

El mandato islámico de llevar a cabo la yihad, tanto la violenta como la no violenta, es un aspecto de la sharia que Occidente parece negarse a interiorizar. En 2010, cuando era asesor adjunto de Seguridad Nacional, el director de la CIA, John Brennan, en un discurso para el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, describió así la yihad:

[Es] una lucha sagrada, una doctrina legítima del islam, que tiene el objetivo de la purificación propia o de la comunidad, y no hay nada sagrado o legítimo o islámico en asesinar a hombres, mujeres y niños inocentes.

Esto, sencillamente, no es cierto. Como escribe el Dr. Mayid Rafizadeh, el Corán no está abierto a la interpretación:

El Corán proviene, palabra por palabra, del creador Alá, a través de Mahoma. Esto se acepta en la totalidad de la palabra islámica (…) un verdadero musulmán, que represente al verdadero islam, será aquel que siga y obedezca completamente las órdenes de Alá [en el Corán]. En consecuencia, cualquiera que ignore algunas de las normas no es, y no puede ser, considerado un reflejo del islam, un buen musulmán, o tan siquiera un musulmán.

El jeque Mohamed Abdulah Nasr, estudioso de las leyes islámicas y licenciado por la Universidad Al Azhar de Egipto, explicó en noviembre de 2015 por qué la prestigiosa institución, donde se forma la inmensa mayoría de los estudiosos islámicos, se niega a denunciar al ISIS como antiislámico:

El Estado Islámico es un subproducto de los programas de Al Azhar. Por tanto, ¿puede Al Azhar denunciarse a sí misma como antiislámica? Al Azhar dice que debe haber un califato y que es una obligación para el mundo musulmán. Al Azhar enseña la ley de la apostasía y que hay que matar al apóstata. Al Azhar es hostil hacia las minorías religiosas, y enseña cosas como que no hay que construir iglesias, etc. Al Azhar defiende la institución de la ‘yizia’ [cobrar un impuesto a las minorías religiosas]. Al Azhar enseña a lapidar a la gente. Así que, ¿puede Al Azhar denunciarse a sí misma como antiislámica?

Yusuf al Qaradawi es un clérigo y jurista muy influyente. Es el líder espiritual de los Hermanos Musulmanes, y también el presidente de la Unión Internacional de Estudiosos Musulmanes y del Consejo Europeo para la Fetua y la Investigación, y presentador de un popular programa de Al Yazira sobre la sharia. Qaradawi ha establecido que

la sharia no puede ser enmendada para adaptarse a los cambiantes valores y estándares humanos. En su lugar, es la norma absoluta a la que todos los valores y conductas humanos deben adaptarse.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, también líder islamista, ha rechazado reiteradamente los intentos de Occidente por presentar a su país como un ejemplo de “islam moderado”. Él dice que dicho concepto es “feo y ofensivo; no hay un islam moderado. El islam es el islam”.

Los yihadistas que perpetran ataques terroristas al servicio del ISIS sólo están siguiendo las órdenes que figuran en el Corán 9:5: “Combatid y matad a los idólatras dondequiera que los encontréis”, y en el Corán 8:39: “Combatidlos hasta que cese la fitna [conflicto] y sea la religión de Alá la que prevalezca”.

Por supuesto, no todos los musulmanes suscriben esta visión de la sharia. Muchos musulmanes devotos, entre ellos el presidente de Egipto, Abdel Fatah al Sisi, han expresado su deseo de reformarla.

Sin embargo, muchos en Occidente siguen negándose a reconocer que la sharia es la doctrina por la cual los yihadistas justifican la guerra que libran contra Occidente. Esta negativa es la forma más peligrosa de la deshonestidad, y se puede decir que ha costado cientos de vidas tanto en suelo americano como europeo.

A menos que el islam se reforme radicalmente, y los musulmanes progresistas reciban un verdadero apoyo (en lugar de ser puenteados en pro de las organizaciones de los Hermanos Musulmanes y otras muy cuestionables), este tipo de ataques terroristas –y peores– podrían ser cada vez más comunes en todo Occidente.

La pueril negación de muchos jefes de gobierno a enfrentarse a la cruda realidad sobre la naturaleza de las doctrinas del islam, dejándose enredar por extravagantes fantasías utópicas, no cambiará los planes de los yihadistas; sólo les envalentonará.

Ahora se especula con que los ataques terroristas en Bruselas puedan haber sido una venganza por la detención de Salah Abdeslam, que fue capturado la semana pasada como sospechoso de los atentados de París del 13 de noviembre de 2015. Dicha especulación obvia lo esencial. Esta vez, la excusa ha sido la detención de un notorio terrorista; en el próximo atentado será. Nunca faltan cosas que ofendan a los yihadistas. El fondo de la cuestión, en todo caso, es la criminal negligencia con que las autoridades europeas y americanas abordan el fundamental asunto de las doctrinas del islam.

En un revelador artículo publicado el 21 de noviembre de 2015, Teun Voten, antropólogo cultural que vivió en Molenbeek entre 2005 y 2014, se preguntaba cómo se convirtió ese distrito bruselense de mayoría musulmana en la base yihadista de Europa. He aquí su respuesta:

El factor más importante es la cultura de la negación belga. El debate político del país ha estado dominado por una élite progresista y complaciente que cree firmemente que la sociedad puede ser diseñada y planificada. Los observadores que señalan verdades incómodas, como la alta incidencia de la criminalidad entre los jóvenes marroquíes y las tendencias violentas en el islam radical, son acusados de ser propagandistas de la extrema derecha, y por tanto ignorados y condenados al ostracismo. (…)

El debate está paralizado por un discurso paternalista en el que los jóvenes musulmanes son vistos, sobre todo, como víctimas de la exclusión social y económica. Estos, a su vez, interiorizan este marco de referencia, por supuesto, porque genera simpatía hacia ellos y les libra de tener que asumir la responsabilidad por sus actos. El exalcalde socialista Philippe Moureax, que gobernó Molenbeek desde 1992 hasta 2012 como un coto privado, perfeccionó esta cultura de la negación, y es en gran medida responsable del actual estado de las cosas en ese barrio. (…)

Dos periodistas informaron en su día de la presencia de islamistas radicales en Molenbeek y del peligro que representaban, y los dos se convirtieron en víctimas de difamaciones.

Esta cultura facilitadora del terrorismo, de ignorancia voluntaria y negación, perdura hasta hoy, agravada por la falta de una autoridad central y unificada de seguridad en Bruselas –la ciudad tiene 19 alcaldes, uno por cada comuna–, como ejemplifica la actual alcaldesa de Molenbeek, Françoise Shepmans.

Un mes antes de los atentados de París, Schepmans recibió una lista “con los nombres y direcciones de más de ochenta sospechosos de ser militantes islámicos con residencia en su zona”, según el New York Times. La lista se basaba en la información del aparato de seguridad belga, e incluía a tres de los terroristas que estaban tras los atentados de París, entre ellos Salah Abdeslam. “¿Qué se suponía que tenía que hacer al respecto? No es mi trabajo encontrar a posibles terroristas”, dijo la alcaldesa Shepmans. “Eso es responsabilidad de la policía federal”.

Esta falta de rendición de cuentas sólo puede exacerbar una situación ya de por sí gravísima. Mucho más condenatorio es que, según se ha informado, las autoridades belgas hubiesen sido alertadas de manera precisa y con antelación de que los terroristas planeaban atacar el aeropuerto y el metro de Bruselas, y que pese a ello no actuaran al respecto. Esta grave negligencia en materia de seguridad parece ser un problema generalizado en el aparato político y de seguridad belga, y probablemente también en el europeo.

Si hay alguna esperanza de combatir las amenazas terroristas contra Occidente, y devolver la vida pública a algo parecido a la normalidad, como mínimo tendrán que desaparecer las políticas de la ignorancia voluntaria, la corrección política y la negación.

© Versión original (en inglés): Gatestone
© Versión en español: Revista El Medio