Revista de Prensa

¿Valoran los turcos la libertad?

 

Bandera de Turquía.

El diario Jerusalem Post analiza el éxito del Partido Justicia y Desarrollo, liderado por el primer ministro islamista, en las recientes elecciones locales. A pesar de las graves acusaciones de corrupción que pesan sobre el Ejecutivo y el estilo de gobierno de Erdogan, con tintes cada vez más dictatoriales, la mayoría del pueblo turco sigue confiando en él a tenor. Ariel ben Salomon recoge aquí las opiniones de varios expertos que tratan de explicar el éxito de un político al que sus rivales consideraban hasta hace poco prácticamente amortizado.

“El pueblo turco ha hablado y lo que nos ha dicho es que no le importa si el primer ministro cancela el acceso a Twitter y las redes sociales”, dice uno de los expertos consultados.

La cuestión claves es si el pueblo turco cree en la libertad, en el derecho a ver y hacer lo que quiera. ¿Qué nos dice la aplastante victoria de Erdogan sobre la salud de la democracia turca? Que muchos turcos están dispuestos a aceptar limites en su libertad para apoyar a Erdogan.

Erdogan ha ganado ocho elecciones consecutivas –incluidos dos referéndums–, batiendo así todos los records, una trayectoria que supone un jarro de agua fría a los críticos que aseguraban que su poder estaba en declive.

“Hay dos razones de índole económica para la victoria de Erdogan”, dice Fadi Hakura, un especialista en asuntos turcos y miembro de Chatham House. “En primer lugar, la base conservadora-religiosa de sus votantes procede de la clase baja y prioriza los asuntos económicos, poniendo menos énfasis en la corrupción o la típica libertad en una democracia. En segundo lugar, en Turquía la extrema derecha es vista tradicionalmente como defensora de los sectores pobres de la población, mientras que la izquierda es profundamente elitista”.

En un intento de desactivar cualquier oposición al régimen, Riad ha endurecido las penas para cualquiera que cuestione la autoridad del Gobierno o critique el islam. Los ateos militantes se enfrentan a partir de ahora a una condena de hasta 20 años de prisión.

Arabia Saudí ha identificado oficialmente a los ateos como terroristas en una nueva ley dirigida a castigar con penas de hasta 20 años de prisión casi cualquier crítica al Gobierno o al islam. La nueva regulación sitúa a los ciudadanos laicos que cometan “delitos de pensamiento”en la misma categoría que los grupos terroristas como la rama yemení de Al Qaeda o la versión saudí de Hezbolá.

En virtud del nuevo decreto del rey Abdalá, se impondrán penas de cárcel de hasta 20 años también a los que luchen en conflictos en el extranjero, en un intento aparente de disuadir a los saudíes de unirse al bando rebelde de la guerra de Siria. Pero la ley también se aplicará a cualquier ciudadano saudí o extranjero residente en el reino que “fomente el pensamiento ateo en cualquiera de sus formas o ponga en cuestión los fundamentos de la religión islámica en la que se basa el país.

La celebración de la primera Semana del Arte en Yeda demuestra los esfuerzos de los artistas plásticos saudíes por trascender las imposiciones del reino en materia cultural. Algunos de ellos ya han salido al exterior para intentar ganar reconocimiento internacional, a pesar de que la estrechez de miras del régimen no es propicia para las expresiones artísticas ni, mucho menos, para introducir el arte en la educación.

La censura se da por hecha en Arabia Saudí. Los artistas saben que no pueden jugar con la religión ni con el desnudo. Incluso la figura humana es un tema arriesgado cuando hay fanáticos que consideran tabú su representación. A pesar de esas limitaciones y, sobre todo, de la falta de una cultura artística de referencia, un puñado de creadores saudíes está empezando a abrirse paso no sólo en su país sino internacionalmente. Su base de lanzamiento está en Yeddah, donde acaba de celebrarse la primera Semana del Arte, un acontecimiento inusitado en el país.

“En los años ochenta [del siglo pasado] ya había galerías aquí, pero nunca salieron fuera”, asegura Maya el Khalil, la directora de Athr Gallery, uno de los espacios pioneros de esa reciente apertura al exterior.

Sin embargo, mucho ha cambiado en el mundo del arte local desde el primer viaje al país de esta corresponsal hace cinco lustros. Entonces, lo más destacado que se ofrecía al visitante era una exposición de pinturas de temática equina de un príncipe aficionado a los pinceles. Hoy, una diversidad de artistas utiliza la pintura, la escultura o las instalaciones de todo tipo para cuestionar, criticar o simplemente abrir un debate sobre el mundo que los rodea”.

La agencia Reuters recogía esta semana un hecho singular. A pesar de los tres años de guerra en Siria y el coste que está suponiendo en vidas humanas y sufrimiento, algunos artistas intentan poner su grano de arena para levantar el ánimo de sus compatriotas. Un grupo de ellos, liderado por el artista Moafak Majul, ha construido en Damasco el mural más grande del mundo elaborado con materiales reciclados. Una obra de arte destinada a iluminar el espacio público en una ciudad minada por la guerra y las sanciones.

El trabajo de 720 metros cuadrados y colores brillantes está elaborado a partir de latas de aluminio, espejos rotos, ruedas de bicicleta y otros objetos de desecho, y se muestra en una calle frente a una escuela primaria en el centro de la capital siria.

El principal artista autor del mural, el sirio Moafak Majul, dice que la idea del proyecto era dar a la gente normal la oportunidad de experimentar el arte y aliviar algunas de las presiones de la vida diaria, tras tres años de conflicto bélico. Majul asegura ha estado triste al ver que muchos de sus colegas artistas viajaban al extranjero, aunque desea que Dios esté con ellos y tengan suerte. “Pero el país también necesita ahora de todos nosotros”, finalizó.