Contextos

“Va a haber muchos muertos antes de que llegue la democracia”

Por Bárbara Ayuso 

Basel Ramsis

Basel Ramsis ya no tiene miedo a que le llamen “radical”. De la última manifestación en contra de Mohamed Morsi en El Cairo se trajo un pie roto y una convicción: este rais también caerá. Dos años después de Mubarak, uno espera encontrar decepción en los que, como este cineasta cairota, vivieron en la plaza Tahrir el histórico derrocamiento y creyeron estar emprendiendo el camino hacia la democracia. Pero no se advierte en su discurso un rastro de desengaño, tampoco de triunfalismo. Sólo furia y ganas de luchar por el mismo objetivo de entonces: la democracia, que ahora tiene nuevos captores.

“Hemos pasado de ser dominados por un régimen corrupto a tener que luchar contra el fascismo de los Hermanos Musulmanes”, asegura. Ramsis es parte de esa gran mayoría de la sociedad egipcia que no reconoce al presidente, y esboza una mueca burlona cuando se le pregunta si el proceso abierto tras la huida del Faraón tiene algo de democrático. “No han sido elecciones limpias en ningún sentido”, señala; “los dos candidatos, Morsi y Safir, han comprado votos, falseado papeletas”. “Tardaron cinco o seis días en dar los resultados, todos sabemos por qué”.

Si algo despierta la indignación del realizador es que se denomine “Constitución” al texto cocinado por los islamistas, cuyo refrendo, amén de obtener escaso apoyo, estuvo plagado de irregularidades. “No es lógico que un país vote por primera vez en referéndum una Constitución y toda la oposición, la Iglesia, la calle, todos estén en contra”, recalca. “Ha sido escandaloso. El referéndum, especialmente en su segunda parte, ha sido un asco”, y alude a la corrupción del proceso: “Hemos visto cosas que incluso no las hemos visto antes, en la época de Mubarak”.

A Ramsis no le sirven los placebos ni los simulacros de democracia: a sus 37 años, jamás ha votado, y no lo hará hasta que el proceso sea realmente democrático e inclusivo. Aunque no es de los que idealizan la revolución del 25 de enero, cree que entonces se encendió una “chispa” en el pueblo egipcio, que ahora rechaza con fervor el camino emprendido por el islamismo igual que entonces clamó por el fin de Mubarak. Y se refiere al clima en la calle: “Todos los días hay protestas, y no sólo en El Cairo: las hay en Alejandría, en Mansura, en Port Said, donde la policía ni siquiera puede entrar”.

Hacia una guerra civil

De hecho, muestra la convicción de que si el régimen actual no accede a las demandas de la calle esto irá a más, de manera irreversible. “Morsi caerá. No sé si pronto, pero caerá y habrá mucha sangre”, sentencia. “Habrá democracia en Egipto, pero va a haber muchos muertos antes de llegar a ella. Todavía nos quedan unos cuantos años por delante, y es probable que en algún momento caigamos en una guerra civil”, aventura. “No es una impresión, es lo que he visto”.

Ramsis considera que, al aumentar la violencia, las milicias islamistas fracasan en su objetivo de desalentar las protestas. Sólo en este último año “ha habido días en que han matado y asesinado a 50 personas, por salir a manifestarse frente al Palacio Presidencial o el Ministerio del Interior”, dice, recordando que el régimen de Morsi ya tiene un gran historial de salvajismo contra el fervor ciudadano. “Están secuestrando todos los días a activistas jóvenes, los torturan, los violan, los asesinan y luego los tiran a la carretera. También a niños de 10 años”, explica. No se olvida de denunciar las violaciones de mujeres, que según señala “es algo colectivo y organizado. Está claro que los islamistas y los servicios secretos están detrás de esto; con un objetivo claro: acabar con las manifestaciones y convertir la plaza [Tahrir] en un espacio de terror”.

Ahora bien, cree que la situación se ha vuelto contra los Hermanos Musulmanes: no han aterrorizado a la gente, sino que han contribuido a asentar la terrible convicción de que la violencia es la única respuesta. Ramsis, a caballo entre Madrid y Egipto, ha ido percatándose de cómo este sentimiento ha calado hondo, y no sólo en los núcleos urbanitas, intelectuales o anteriormente pacifistas. “He visto cosas, y no hablo sólo de El Cairo. Ahora la gente va armada a las manifestaciones, y cada vez son más. Especialmente en el sur, al principio las llevaban de fabricación casera, ahora ya no. Ahora todo el mundo tiene armas. Las mujeres van con cuchillos a las manifestaciones”. Por su parte, las milicias islamistas se nutren de “las armas que les llegan desde Gaza, de Hamás, y también desde Libia”.

“En mi última visita estuve hablando con la gente de los pueblos; la que no pertenece al ambiente político o intelectual. Y en todos los pueblos hay un grupo de jóvenes que insisten en lo mismo: tenemos que armarnos para protegernos de los fascistas”. Dice más: “Su nacimiento a la política ha sido la revolución, y ahora sienten que les están comiendo, que todo se va a la mierda, y que no pueden quedarse sentados mientras secuestran y matan a gente a su alrededor”.

“Hace un año me opuse a las armas”, afirma, recordando cómo disuadía a los chicos jóvenes que, entrada la noche, sacaban la pistola en las manifestaciones. “Ahora no puedo hacer eso. No tengo autoridad moral para decirles: ‘No uses el arma y deja que te maten’”, dice, apretando los puños. “’Sé pacifista y no uses el arma, y les dejas hasta que te follen’. ¿Puedo decirle yo eso a una chica?”, se pregunta.

El incremento de la brutalidad bajo el régimen de Morsi ha echado sal en unas heridas que ni siquiera han estado cerca de cauterizar. Sangrientas matanzas como la de la batalla de los caballos, perpetrada por las fuerzas pro Mubarak, siguen sin juzgarse, y las familias egipcias continúan aportando muertes al escalofriante balance. “En los primeros 18 días hubo ochocientos y algo”, explica, “y desde entonces hasta hoy hemos llegado a los 1.300 muertos, porque no vamos a hablar de las torturas y los heridos. Desaparecidos hay más de 1.200, sabemos que hay fosas comunes pero no sabemos dónde están”.

Las escasas condenas a los responsables policiales han sido “de chiste”, denuncia. La mayoría salió en libertad o incluso fueron ascendidos. “Ellos han sido premiados, y tú… ¿qué le vas a decir a una familia que ha visto cómo han detenido a una serie de oficiales por las torturas y ninguno ha sido condenado? Estas leyes no solucionan nada”.

¿La solución?

Aunque él no se definirá así, se encoge de hombros y acepta que le llamen “radical”. “Lo que pienso es lo que cree la mayor parte de mi generación”, sostiene. Ramsis acumula desengaños más que suficientes para permitirse hablar con libertad de la cúpula egipcia y apostar por una vía que dinamite la tiranía. “Pensaba que no había problema en que gobernara un islamista, porque creía que los Hermanos Musulmanes habían cambiado y estaban dispuestos a entrar en el juego democrático”. Se equivocó. A él la revolución sí le cambió, y ahora es cuando sabe que entonces quiso creer en un imposible: “Nada ha cambiado en ellos. Desde la victoria de Morsi, todos los días se queman iglesias coptas, o muchos días. ¿Qué han hecho? Absolutamente nada. Lo mismo que el tema de las violaciones, que lo han enquistado en el Senado diciendo que una mujer que participa en una manifestación está llamando a que la violen”.

El tono de Ramsis se torna más efusivo al abordar las soluciones. “El problema es que hay un conflicto grave desde el inicio de esta revolución: el contraste entre la vía política y la revolucionaria”. “Muy pronto nos metieron en la vía política, y Egipto aún no era un país democrático en el que se dieran las condiciones para empezar a negociar y hablar de elecciones”, sentencia.

A su juicio, la presión de la comunidad internacional para estabilizar la situación ha sido contraproducente. La urgencia por acabar con las muertes y acudir a las urnas ha desembocado en el callejón sin salida de una Constitución y unas fuerzas políticas sin interés alguno en la democracia. “Los islamistas están haciendo que fracase este cambio radical, a fin de que los niveles de corrupción se mantengan como en tiempos de Mubarak y de que el Ejército siga detentando un poder absoluto en el Ejército, que ya controla al 35%”.

Ramsis apuesta por empezar desde el principio, desde los cimientos. “El presidente dimite y se forma un comité presidencial de cinco fuerzas públicas”, detalla. “Los islamistas serían uno de ellos, pero no el único, como ahora. Habría miembros del Ejército, de las minorías y del resto de fuerzas democráticas”. Este comité se encargaría de redactar un nuevo texto constitucional, que se discutiría y modificaría “las veces que hiciera falta”. “Y luego ya empezaríamos a hablar de elecciones presidenciales y parlamentarias, pero no antes”.

En el corto plazo, no contempla otra opción que el boicot a las elecciones parlamentarias que se celebrarán en octubre, retrasadas por el Tribunal Supremo. “Sabemos que van a ser fraudulentas porque los islamistas han creado una ley electoral a su medida”, advierte; ahora bien, puntualiza que no está de acuerdo con el tipo de boicot que plantea la oposición. “Yo quiero que no se lleguen a celebrar, a base de manifestaciones y sentadas, de cerrar colegios electorales. No se puede participar en ninguna convocatoria que planteen los islamistas”. El Frente Nacional de Liberación le suscita más que desconfianza: “Están varios pasos por detrás de la gente. Ahora están obligados a hablar sobre el boicot porque su electorado ha anunciado que no va a votar”. Ramsis no descarta que, en el último momento, se “rajen” y acaben acudiendo a las urnas.

Apoyo internacional

El cineasta asegura que no se conquistará la democracia si Time nombra a Mohamed Morsi “Hombre del Año” y Occidente sigue saludándolo como “el hombre fuerte de Oriente Medio”. “Cuando se ejecutó el acuerdo entre Hamás e Israel, yo estuve en El Cairo, y toda la prensa, española, francesa, alemana, lo alabó”, recuerda. “No hay miedo a los Hermanos Musulmanes, EEUU y Europa sólo plantean que quien gobierne sea capaz de controlar la situación”, con independencia del derrotero que tome. “Apoyan a los mismos que Arabia Saudí y Catar”, denuncia. A su juicio, con sus loas a la supuesta moderación de Morsi, Occidente se ha convertido en uno de los mayores enemigos de una revolución que no está sobrada de apoyos.

“El fracaso de la revolución egipcia significa el fracaso de todo lo que está ocurriendo en la zona, en BaréinYemenTúnez. De cosas que empezaron en Jordania, en Sudán”. Abandonados al yugo islamista, “nos meteremos en un túnel de lucha sectaria y religiosa durante décadas, para volver unos cuantos siglos atrás. A la Edad Media”.

A pesar de su talante abierto, hay cosas que Ramsis no acepta. “Nadie puede sentirse engañado por lo que están haciendo [los Hermanos Musulmanes], porque están haciendo lo que tenían en la manga ideológica”. “Su discurso propagandístico ha sido claro: le han dicho a la gente que el islam es la solución, se han presentado como la gente de Dios. Ahora tienen que llevar a cabo ese discurso, no es que estén volviéndose más radicales”.

En su fuero interno, Ramsis está convencido de que han usado la religión como una “vía para llegar al poder”, y acabará quedando claro “en cuanto el islam vaya contra sus intereses”. Por ejemplo, en el turismo. Con una situación económica pésima, “¿cómo vas a empezar a decirle al turismo europeo y norteamericano que las mujeres no pueden fumar, que tienen que llevar pañuelo o que no pueden beber alcohol? ¿Cómo?”. “Quieren que el turismo funcione, por eso van a solucionar este dilema económicamente, no religiosamente”, anticipa. “Pero, claro, que son radicales”, matiza, y además juegan el mismo juego que las fuerzas salfistas, “a ver quién es el más celoso [guardián] del islam”.

Basel Ramsis nunca volverá a ser el mismo que antes de la revolución, y cree que la sociedad egipcia tampoco. Ahora se producen situaciones antes inimaginables: la gente insultando a la cúpula militar, lanzando piedras contra las mezquitas o rodeando el palacio presidencial. Tiene ganas de democracia, pero no prisa. Como su pie roto, cree que Egipto sanará del islamismo y saldrá adelante, aunque la rehabilitación será larga. “Ojalá pudiera creer que se hará sin derramar sangre”, dice. Pero no puede.

(Foto: Javier Barroso)