Contextos

Una solución de tres Estados

Por Gershon Hacohen 

La Península del Sinaí.
"Es el momento de considerar un nuevo paradigma para resolver los problemas de la Franja y por extensión del conflicto palestino-israelí: un Estado palestino en Gaza y el norte del Sinaí, desde Rafah a El Arish; este último territorio, cedido a los palestinos en régimen de usufructo de larga duración"

Cuando un ordenador se queda bloqueado, lo más recomendable suele ser apagarlo y reiniciar. Cuando se reflexiona sobre la realidad estratégica producida por los Acuerdos de Oslo, puede valer la pena adoptar una táctica similar: rastrear el curso del proceso desde su arranque y examinar sus premisas.

Desde los intentos pacificadores británicos de la década de 1930, se ha dado por sentado que el problema del conflicto árabe-judío se resolvería en los límites del Mandato Británico para Palestina. En línea con este razonamiento, la Comisión Peel propuso en julio de 1937 dividir el territorio al oeste del río Jordán en dos entidades separadas: un Estado judío y un Estado árabe que se uniría con Transjordania (entonces gobernada por el emir –después rey– Abdulá de La Meca).

En lo sucesivo, la solución de los dos Estados quedó establecida como paradigma predominante, por el cual varios territorios y facciones rivales árabes se constituirían en un solo Estado (por su parte, Abdulá se consideraba gobernador de esta entidad en ambas márgenes del Jordán).

Esta era también la premisa de los Acuerdos de Oslo. Pero tras la retirada definitiva de Israel de Gaza, en el verano de 2005, y la toma del poder en la Franja por parte de Hamás se ha creado una nueva realidad. Al controlar el territorio política, militar y administrativamente, Hamás ha convertido Gaza en un Estado de facto. La consiguiente desconexión entre la Autoridad Palestina (AP) en Ramala y el régimen de Hamás en la Franja ha abierto una brecha, cada vez más grande, en el paradigma de los dos Estados, ya que los palestinos se han dividido en dos entidades estatales de facto.

Nunca se sabrá con certeza a dónde quería llegar el primer ministro Ariel Sharón en el verano de 2005, o cuáles eran sus expectativas a largo plazo tras la retirada unilateral de Gaza. Pero esa decisión supuso un cambio radical que transformó fundamentalmente la realidad estratégica al crear una completa separación espacial entre Israel y la Franja, reforzada por un estricto régimen de seguridad, en marcado contraste con el sistema híbrido de separación parcial y coexistencia que prevalece en la Margen Occidental. Por un lado, las poblaciones judía y palestina (especialmente los palestinos que viven en las áreas A y B, que son un Estado de facto) viven en espacios separados, mientras que por el otro se da una convivencia con colaboración en ámbitos como el  económico y el de seguridad. Más de cien mil palestinos van a trabajar diariamente a Israel, y decenas de miles trabajan en las comunidades y fábricas judías de la Margen.

Un análisis crítico de las diferencias fundamentales entre estos dos paradigmas quizá pueda proporcionar una clave para abordar el difícil problema de Gaza.

Conectar Gaza con el norte del Sinaí

La separación total de Gaza de la Margen Occidental ha creado una nueva oportunidad para Israel, los palestinos y la comunidad internacional de replantearse el concepto de Oslo sobre la ordenación del estrecho territorio que separa el Jordán del Mediterráneo.

Desde la culminación de la retirada israelí de las áreas A y B de la Margen, en enero de 1996, los centros de gobierno de la AP han estado ubicados en Ramala y se han centrado en administrar los asuntos de esos territorios, mientras que Gaza ha quedado en un segundo plano. Pese a la desconexión entre Ramala y Gaza, la comunidad internacional sigue pensando en la AP para gestionar los asuntos de la Franja, ignorando completamente al Gobierno de Hamás, que se formó tras la arrolladora victoria de dicha organización en las elecciones legislativas palestinas de 2006.

Si se reflexiona sobre la perdurabilidad de un paradigma hegemónico aun cuando los hechos sobre el terreno ya no se corresponden con sus supuestos de base, esta perspectiva preserva las dos premisas básicas del conflicto israelo-palestino: la necesidad de dos Estados dentro de las fronteras del antiguo Mandato Palestino y la existencia de una única entidad palestina. Pero, partiendo de la aceptación de que algo fundamental ha cambiado y de que en efecto hay dos entidades palestinas separadas, es hora de considerar un paradigma alternativo. Ni la AP ni Mahmud Abás resolverán jamás los problemas de Gaza. Israel y la comunidad internacional deben mover el centro de gravedad de Ramala a la propia Gaza.   

Desde el acuerdo de paz egipcio-israelí de 1979, que dejó Gaza bajo el control de Israel, la Franja se ha vuelto dependiente de Israel en todos los órdenes de la vida, y el espacio disponible para su crecimiento y desarrollo se ha visto constreñido por Israel en el norte y el este y por Egipto en el oeste. En estas circunstancias, y dado el acusado deterioro de Gaza en los últimos veinticinco años –primero bajo el mando de la AP (1994-2007) y después bajo el de Hamás–, es el momento de considerar un nuevo paradigma para resolver los problemas de la Franja y por extensión del conflicto palestino-israelí: un Estado palestino en Gaza y el norte del Sinaí, desde Rafah a El Arish; este último territorio, cedido a los palestinos en régimen de usufructo de larga duración.

En la práctica, el paradigma de la Margen Occidental híbrida, que comprende relaciones multifacéticas en materia económica y de seguridad entre Israel y la AP, podría servir de modelo para una relación similar entre el Estado de Hamás en Gaza y Egipto. El territorio comprendido entre Rafah y El Arish, que está en manos de Egipto, puede ofrecer a la Franja el espacio vital que necesita.

Ese drástico cambio dependería completamente, como es natural, del consentimiento de Egipto, que podría no estar muy dispuesto a ceder siquiera una minúscula parte de su territorio soberano. Sin embargo, es posible encontrar medios creativos que no requieran necesariamente concesiones sobre la soberanía y que asegurarían a Egipto beneficios sustanciales (a través de una cuantiosa ayuda internacional), que podrían aliviar su propio sufrimiento económico. Asimismo, no se puede esperar que Hamás abandone su objetivo de establecer un Estado desde el Jordán al Mediterráneo, pero con la expansión de Gaza –con el apoyo internacional– por el norte del Sinaí y la consiguiente reanimación económica que probablemente produciría podrían desarrollarse algunas dinámicas positivas en la población palestina.

Los espacios abiertos suelen presentar oportunidades inadvertidas. El Sinaí es una oportunidad a la espera de una iniciativa integral que beneficie a todos los pueblos de la región.

© Versión original (en inglés): BESA Center
© Versión en español: Revista El Medio