Contextos

Una defensa cristiana del ataque a la Siria de Asad

Por Sohrab Ahmari 

Bandera de Siria con una mano teñida de rojo estampada.
"Dentro de unos años, cuando la guerra civil siria haya terminado por fin y Occidente reconozca su fracaso al no detener la maquinaria asesina de Asad a tiempo para salvar a medio millón de personas –y subiendo–, a los cristianos que se oponen a la acción militar no les valdrá decir: '¡Es que Irak salió tan mal!'; o: '¡No sabíamos quién era el bueno y quién el malo en esa lucha!'; o: '¡Asad estaba luchando contra los islamistas y protegiendo a los cristianos!'"

Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña lanzaron el viernes ataques aéreos contra objetivos sirios en respuesta a la última atrocidad química de Bashar al Asad. La opinión cristiana se ha expresado contundentemente en contra. Por “opinión cristiana” me refiero no sólo a la opinión pública, sino a los escritores e intelectuales que la moldean. Desde los editores de America, la revista jesuita progresista, a mis amigos Michael Brendan Dougherty –en la National Review– y Rod Dreher –en la American Conservative–, hay una incomodidad palpable entre los pensadores cristianos por la intervención y la mayor implicación occidental en la infernal guerra civil siria.

Esas son voces serias y sinceras. Ninguna se llama a engaño sobre el régimen de Damasco. No se puede decir con justicia que hagan apología de Asad o de quienes lo apoyan en Moscú y Teherán. Y sin embargo coinciden en la creencia de que atacar a Asad sólo empeorará las cosas en Siria y en la región.

La oposición cristiana a la intervención en Siria se explica en términos de prudencia: ¿cómo podremos asegurarnos de que la represalia no desencadene una confrontación catastrófica con Rusia?; si Asad cae, ¿quién ocupará su lugar, y qué pasará con los cristianos y las demás minorías locales?; ¿a qué propósito estratégico sirve el ataque al régimen de Asad? Sospecho que detrás de estas prudentes preguntas se halla una ambivalencia más fundamental sobre Estados Unidos y Occidente. Muchos pensadores cristianos, religiosos o laicos, creen –casi como si de un artículo de fe se tratara– que el Ejército de EEUU no puede hacerlo bien. También cuestionan cada vez más la legitimidad del poderío estadounidense.

Se trata de una actitud incorrecta y peligrosa, y puede perturbar nuestro juicio sobre algo que la moral cristiana se toma muy en serio: el orden internacional.

Como escribió George Weigel en un influyente ensayo en First Things, la teología moral cristiana reconoce que “hay circunstancias en las que la primera y más urgente obligación frente al mal es detenerlo” y, por lo tanto, que “hay veces en que librar una guerra es moralmente necesario a fin de defender al inocente y promover las condiciones mínimas para el orden internacional”. Esto se publicó en enero de 2003, cuando EEUU estaba a punto de emprender la invasión de Irak.

El ensayo de Weigel se toma hoy en algunos ámbitos como la prueba fundamental en la causa contra el neoconservadurismo católico. Sin embargo, los principios que Weigel estableció son tan sensatos hoy como lo eran entonces, y el problemático resultado de la campaña de Irak no justifica automáticamente la oposición cristiana a la escalada actual en Siria. Tanto los partidarios como los detractores cristianos de la decisión de Trump deben aplicar un razonamiento de moral pública informado por la rica tradición de pensamiento que sobre la paz y la guerra tiene su credo.

En mi opinión, los críticos tienen un argumento menos sólido, por dos motivos.

El primero es que los cristianos no pueden permanecer ambivalentes ante un mal de extraordinaria gravedad. Esto es válido tanto para el individuo, al que se exhorta a librar en su propio corazón el combate espiritual contra el mal (Mateo 15:19-20), como para el poder y las naciones. El catequismo de la Iglesia católica es instructivo en este punto: “Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a sus principios universales, como asimismo las disposiciones que las ordenan, son crímenes” (2313, énfasis añadido). Además, “toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo” (2314).

Se sigue que los cristianos deben apoyar los esfuerzos para desarmar a los regímenes que cometen dichos crímenes. Según EEUU, numerosas agencias occidentales de inteligencia y organizaciones de la sociedad civil, el régimen de Asad es responsable de la inmensa mayoría de las muertes en la guerra civil siria. Es el régimen de Asad el que lanza bombas de barril repletas de metralla sobre núcleos de población repletos de civiles. Es el régimen de Asad el que dispone de vastos centros de tortura. Y es el carnicero de Damasco el que ha utilizado cloro, sarín y otras armas químicas contra su propio pueblo, la última de las veces en Guta.

La depravación de Asad va mucho más allá de las cínicas cuestiones de poder y la crueldad en tiempo de guerra, en la que ha incurrido la mayoría de los países a lo largo de la historia. Asad está de hecho compitiendo por hacerse un hueco en el Salón de la Infamia de los asesinos de masas. Dentro de unos años, cuando la guerra civil siria haya terminado por fin y Occidente reconozca su fracaso al no detener la maquinaria asesina de Asad a tiempo para salvar a medio millón de personas –y subiendo–, a los cristianos que se oponen a la acción militar no les valdrá decir: “¡Es que Irak salió tan mal!”; o: “¡No sabíamos quién era el bueno y quién el malo en esa lucha!”; o: “¡Asad estaba luchando contra los islamistas y protegiendo a los cristianos!”.

Como escribió Weigel,

sean cuales sean sus orígenes psicológicos, espirituales o intelectuales, la mudez moral en tiempo de guerra es una forma de juicio moral, una deficiente y peligrosa forma de juicio moral.  

El segundo motivo es que los cristianos no pueden permanecer ambivalentes cuando “las condiciones mínimas del orden internacional” están en riesgo. Los cristianos, especialmente los católicos, se han pasado dos milenios reflexionando sobre el orden mundial. A lo largo de los tiempos, la Iglesia y sus más grandes teólogos han hecho constantemente hincapié en la necesidad de un orden pacífico, justo y bien dirigido. Pero, como señaló Weigel, la paz política que el cristianismo tiene en mente no es la ausencia permanente de conflicto, condición imposible de alcanzar mientras la vida humana esté desfigurada por el misterio del mal –incluso después de la Crucifixión y la Resurrección–.

Más bien, la paz política en el sentido cristiano “coexiste con los corazones rotos y las almas heridas. Se ha de construir en un mundo en el que las espadas no se han convertido en arados” (Isaías, 2:4). Coexiste con la colapsada Ciudad del Hombre. Y en la actual configuración geopolítica de la Ciudad del Hombre, sólo hay una potencia que posee la abrumadora fuerza de las armas para detener y castigar las amenazas al orden relativamente seguro, relativamente bien dirigido y relativamente pacífico que los cristianos y otras gentes disfrutan hoy. Esa potencia es Estados Unidos.

Casi todas las sociedades occidentales, de las cuales la mayoría son –al menos nominalmente– cristianas, viven bajo el manto de protección que se tiende desde Washington y cubre todo el planeta. Así pues, los cristianos están moralmente comprometidos a mantener el orden liderado por EEUU, gravemente amenazado por el uso y la proliferación de armas químicas. Hoy, las personas que viven en el corazón de Occidente no tienen ni idea de los horrores de la guerra química, de la que incluso Adolf Hitler abjuró. Pero esa bendita serenidad se disipará el día de mañana si EEUU y sus aliados no defienden hoy la centenaria prohibición internacional contra las armas químicas.

Sin duda, los cristianos hacen bien en preocuparse por que el contenido moral y espiritual del orden mundial encabezado por EEUU se haya empobrecido, por decirlo suave. Sentimos que no pertenecemos a la democracia occidental como una vez lo hicimos, porque la democracia occidental es a menudo sinónimo de licenciosidad, con una autonomía sin restricciones a costa de la fe, la familia y la comunidad. El propio liberalismo se ha vuelto iliberal, y los cristianos y otros conservadores culturales están normalmente en el filo. Todo esto son preocupaciones legítimas. Pero las deficiencias del liberalismo –un debate interno de la familia occidental– no son un argumento contra la necesidad de un orden básico en el que los dictadores no gasean a los niños. Dicho de otro modo, Occidente seguiría obligado a intervenir en Siria aunque la democracia occidental fuese más atenta o menos hostil para con sus fundamentos morales cristianos.

Las reservas cristianas sobre el contenido esencial del orden liberal son, pues, un non sequitur en este debate. Siria se enfrenta a ese orden internacional igual que a esas fuerzas de desorden. Para los cristianos, la elección debería estar clara.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio