Contextos

Un vacío moral en el que prospera el ISIS

Por Noah Rothman 

estado-islamico-coptos-libia
"Comprometerse a detener ahora estas atrocidades después de que se haya empleado tanta energía intelectual en ignorarlas supone enviar a jóvenes occidentales a unos campos de batalla que ahora se caracterizan por el empleo de armas químicas por todas las partes implicadas en el conflicto. Supone preparar a soldados norteamericanos para matar niños antes de que esos niños los maten a ellos"

Sometido a una agobiante presión externa, el Estado Islámico de Irak y Siria empieza a acusar la tensión.

En su primer mensaje grabado desde mayo de 2015, el líder del ISIS, Abu Baker al Bagdadi, hizo pública una declaración a finales de diciembre en la que admitía que el naciente califato estaba sufriendo en medio de la guerra que libra en diversos frentes de Oriente Medio. La presión es real. A finales de diciembre, la ciudad iraquí de Ramadi caía en manos de las fuerzas de seguridad y las milicias iraquíes tras seis meses de ocupación del ISIS. En Siria, los kurdos y las Fuerzas Democráticas Sirias, apoyadas por Estados Unidos, están haciendo retroceder a la organización radical suní en el territorio que ha controlado durante meses.

Documentos filtrados revelan que la organización terrorista también está reflejando en sus cuentas la presión sufrida. Al parecer, el ISIS ha reducido el sueldo y las primas que concede a sus combatientes para poder hacer frente a las dificultades financieras de su guerra contra Occidente. Los ataques de la coalición contra escondites de dinero del grupo y contra sus operaciones de extracción y refino de petróleo han tenido consecuencias. “A principios de 2015 el ISIS ganaba 40 millones de dólares al mes sólo con el petróleo, según el Tesoro norteamericano”, informaba la CNN. “Ahora está obteniendo sólo una mínima parte de eso, según el Departamento de Estado”.

Son victorias importantes, pero queda una larga guerra por delante. Ahora bien, es muy probable que la situación del califato empeore antes de mejorar.

La presión sobre el ISIS no ha afectado a su capacidad de animar a aspirantes a terrorista en países occidentales a cometer atentados. Tampoco ha impedido que terroristas dirigidos por el grupo se infiltren y cometan atentados mortales en las capitales de países como Turquía, Francia e Indonesia. Probablemente el ISIS aumente sus esfuerzos por exportar el terrorismo islamista como respuesta a la presión a la que se ve sometido a nivel doméstico. El jefe de las Fuerzas Armadas israelíes, Gadi Eizenkot, advertía la semana pasada de que el grupo terrorista podría estar preparando atentados en Jordania e incluso en Israel en su afán por atraerse a musulmanes antioccidentales de la región y de todo el mundo.

La mayor amenaza para la civilización occidental podría ser no la que plantea el ISIS a su seguridad, sino a su condición de alternativa preferible a la sombría existencia bajo el califato. Occidente sirve de contrapeso a la organización social totalitaria practicada en el Estado Islámico, pero se niega a defender activamente los valores que afirma representar.

Según Naciones Unidas, la campaña terrorista y expansionista librada por el Estado Islámico ha proporcionado a la organización un botín en forma de capital humano, en su mayoría mujeres y niños. La ONU reveló que aproximadamente 3.500 personas están sometidas a esclavitud en el Protoestado del ISIS. Y lo que es aún más inquietante (si es que hay algo que pueda ser más inquietante que el resurgimiento de una esclavitud autorizada por un Gobierno): el Estado Islámico ha creado un ejército de niños soldado. Los cautivos menores de 10 años son sometidos a cursos de adoctrinamiento religioso, y los que tienen entre 10 y 15 reciben adiestramiento militar.

El análisis que hace el informe de Naciones Unidas sobre el estado de los derechos humanos en el Estado Islámico basta para quitar a cualquiera la fe en la bondad humana. El informe habla de esclavitud sexual, a los fieles se les ofrecen siervas como recompensa. Se describe una nación en la que los sospechosos de homosexualidad son ejecutados de las formas más atroces, y donde quienes tratan de huir (incluso los menores de edad) son abatidos y decapitados. Todo esto sucede en un territorio que cubre cientos de millas, y en el que se encuentran algunas de las ciudades más populosas, antiguas y de crecimiento más descontrolado del mundo.

Conocer los abusos y la depravación existentes en el Estado Islámico es reconocer la superficialidad de los occidentales que antaño clamaban que jamás deberían volver a tolerarse semejantes insultos a la dignidad humana. “No debemos limitarnos a repetir una y otra vez ‘nunca más’”, dijo el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, poco antes del paso masivo de combatientes del ISIS de Siria a Irak en la primavera de 2014. Hablaba del genocidio de Ruanda que tuvo lugar 20 años antes, pero podría haberse referido a cualquiera de las atrocidades cometidas en lugares que pueblan las pesadillas de unos occidentales que, sin embargo, no acabaron con el horror. De los campos de la muerte camboyanos a las fosas comunes de Srebrenica o los desiertos de Darfur resuena, completamente hueco, ese “Nunca más”. Los rostros contorsionados de quienes fueron gaseados en Al Anfal persiguieron a una generación de progresistas occidentales bienintencionados, pero no lo bastante como para evitar que se repitiera semejante atrocidad en Guta. Por no hablar del terrible crimen que es privar a un niño de su infancia e implicarlo en los sangrientos horrores de la guerra.

A aquellos que se creen dotados de una empatía sin límites, estas revelaciones les impulsarán a un despliegue de emotivas manifestaciones. Pero, al margen de eso, preparémonos para la indiferencia. Comprometerse a detener ahora estas atrocidades después de que se haya empleado tanta energía intelectual en ignorarlas supone enviar a jóvenes occidentales a unos campos de batalla que ahora se caracterizan por el empleo de armas químicas por todas las partes implicadas en el conflicto. Supone preparar a soldados norteamericanos para matar niños antes de que esos niños los maten a ellos. En vez de eso, un familiar reparto de personajes se deshará en lamentos por la triste suerte de los condenados que se encuentran a medio mundo de ellos. Puede que dentro de pocos años hagan una película sobre su tragedia, y los críticos dirán que es muy “valiente”. Puede que afirmen que esta vez “Nunca más” sí que significará algo. Luego se servirán otra copa de pinot y se olvidarán.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio