Contextos

¿Un trabajo que Estados Unidos no quiere hacer?

Por Clifford D. May 

Obama en el Despacho Oval
"El nuevo “desorden mundial” incluye el auge del Estado Islámico; el reiterado empeño de la República Islámica de Irán en desarrollar armas nucleares; más allá del turbulento Oriente Medio, a Rusia restableciéndose como potencia hegemónica en Eurasia y némesis de la OTAN; a China acosando a sus vecinos con impunidad y a una Corea del Norte, ya con capacidad nuclear, que pone en peligro a aliados estadounidenses como Corea del Sur y Japón""El liderazgo global no es algo que deba considerarse ni un honor ni un privilegio. Es, en cambio, una terrible responsabilidad. Pero si no es Norteamérica, ¿quién lo ejercerá? Hay otras naciones decentes, pero no son fuertes. Hay otras naciones fuertes, pero no son decentes"

Barack Obama se ha llevado muchas críticas por reconocer que “todavía no tiene una estrategia” con la que hacer frente a los yihadistas que asesinan a iraquíes, sirios, cristianos, kurdos y yazidíes, mientras, en su tiempo libre, tratan de convertir la peste bubónica en un arma que poder emplear contra otros integrantes de su larga lista de gente a la que asesinar.

Pero puede que el presidente merezca siquiera un mínimo elogio por reconocer, aunque sea a regañadientes y con retraso, que la amenaza más importante contra la seguridad global en el siglo XXI precisa de mayor atención y de un plan.

El Estado Islámico no es más que una expresión de esa amenaza: desde la revolución islámica iraní de 1979, cada vez más regímenes y grupos han adoptado lo que el primer ministro británico David Cameron denominó la semana pasada “una ideología política ponzoñosa contra la que creo que estaremos combatiendo durante años, y probablemente durante décadas”.

Mi consejo para Obama: vuelva a tomarse unas vacaciones. Y entre partido y partido de golf (¡lejos de mí recriminarle eso!), llévese una copia del libro de inminente publicación America In Retrat: The New Isolationism and the Coming Global Disorder (“Nortemérica en retirada: el nuevo aislacionismo y el inminente desorden mundial”), de Bret Stephens, columnista de internacional en el Wall Street Journal y ganador de un premio Pulitzer.

Stephens comienza por señalar que “hay una nueva brecha en la política exterior de Estados Unidos”, una que atraviesa “las tradicionales divisiones partisanas e ideológicas. Ya no es cuestión de halcones (mayoritariamente) republicanos contra palomas (mayoritariamente) demócratas”.

En cambio, los neoaislacionistas (un término más amable para designarlos sería “no intervencionistas”) se están cuadrando frente a los internacionalistas. Los primeros creen que Estados Unidos está “demasiado extendido por el mundo y debe hacer mucho menos de todo, tanto por su propio bien como por el del resto del mundo”. Los últimos “creen en la Pax Americana, un mundo en el que el poder económico, diplomático y militar de Estados Unidos actúa de parachoques global entre la civilización y la barbarie”.

Está claro que el presidente Obama es de la corriente neoaislacionista. Cree que Norteamérica “no puede vigilar cada problema del mundo, ni tampoco resolverlo”. Pero ésas no son palabras suyas; esa frase procede de un artículo de opinión de la semana pasada escrito por el senador Rand Paul, un probable candidato republicano a la presidencia en 2016.

Stephens, en cambio, sostiene que debe haber un policía que esté de ronda global, y que sólo hay una nación capaz de llevar a cabo esa tarea. Opciones ya rancias, como la “seguridad colectiva” y el “equilibrio de poder” han fracasado reiteradamente. “Un mundo en el que la principal nación liberal-demócrata no asume su papel como policía mundial”, escribe Stephens, “se convertirá en un mundo en el que las dictaduras combatirán, o se unirán, para llenar ese vacío”.

Y eso es justo lo que vemos que está pasando. El nuevo “desorden mundial” incluye el auge del Estado Islámico; el reiterado empeño de la República Islámica de Irán en desarrollar armas nucleares; más allá del turbulento Oriente Medio, a Rusia restableciéndose como potencia hegemónica en Eurasia y némesis de la OTAN; a China acosando a sus vecinos con impunidad y a una Corea del Norte, ya con capacidad nuclear, que pone en peligro a aliados estadounidenses como Corea del Sur y Japón. Los engranajes de esta bomba de relojería: más de 40 grupos terroristas islámicos no estatales que operan en unas dos decenas de países.

Los no intervencionistas alegarán que los norteamericanos no tienen ni los recursos ni la voluntad necesarios para detener a tantos criminales como hay en el mundo. Pero es que eso no hace falta. Stephens propone una política exterior que refleje la teoría de las ventanas rotas de la lucha doméstica contra el crimen; una basada en la comprensión de “la naturaleza del orden comunitario y la forma de mantenerlo”.

Ello exigiría rechazar la “doctrina de la retirada” y volver a una disuasión creíble: mantener unas fuerzas militares tan evidentemente superiores que sólo unos locos se atrevieran a poner a prueba (como tienden a hacer los locos de tanto en cuando). Eso, a su vez, implica no recortar drásticamente los gastos de Defensa, como ha estado haciendo Obama; no afirmar que “la marea de la guerra está retrocediendo” incluso cuando nos está cubriendo los pies, y no suponer que las guerras (incluida la yihad) concluyen inevitablemente “sin vencedores ni vencidos”.

Stephens defiende la inversión estratégica en tecnología militar de vanguardia para Estados Unidos. Los activos estadounidenses deberían desplegarse para nuestra propia protección y la de nuestros aliados “con la condición de que dichos aliados inviertan de forma significativa en sus propias defensas”. En la actualidad, la mayoría de los miembros de la OTAN ni siquiera se acercan a ello.

Es fundamental que las flagrantes violaciones de las “normas geopolíticas” (el empleo de armas químicas, por ejemplo) tengan dolorosas consecuencias para los infractores. Pero de eso no hay que deducir que tenga que haber “ocupaciones indefinidas con fines idealistas”. El énfasis debe ponerse en “la estabilidad y la previsibilidad de los asuntos internacionales”. Stephens añade: 

La regla de “el que rompe, paga” no es una teoría de las relaciones internacionales que Estados Unidos deba reconocer.

Y lo que quizá es más importante: hasta que no quede establecido que Estados Unidos es quien lidera y que tiene una estrategia para conformar el orden mundial (o, al menos, para evitar que tiranos, totalitarios y supremacistas lo hacen) “nuestros enemigos se envalentonarán y tendremos más de ellos”.

El liderazgo global no es algo que deba considerarse ni un honor ni un privilegio. Es, en cambio, una terrible responsabilidad. Pero si no es Norteamérica, ¿quién lo ejercerá? Hay otras naciones decentes, pero no son fuertes. Hay otras naciones fuertes, pero no son decentes. 

Puede que eso cambie algún día. Entretanto, es un error histórico abandonar la Doctrina Reagan de “paz mediante la fuerza”. Y los norteamericanos tampoco deberían renunciar a la Doctrina Truman de apoyar “a la gente libre que resiste los intentos de ser subyugada por minorías armadas o presiones externas”.

Nos guste o no, es Norteamérica  –no la ONU, ni la “comunidad internacional”, ni la llegada del siglo XXI– quien sigue siendo la “última mayor esperanza de la humanidad en la Tierra”. Es lo que sostiene Bret Stephens. Es la base sobre la que el presidente Obama, en sus últimos años en el cargo, debería estar construyendo su estrategia de seguridad, que tanto retraso lleva. 

Foundation for Defense of Democracies