Contextos

¿Un derecho árabe a apoyar el terrorismo?

Por Jonathan S. Tobin 

Hanín Zoabi.
"Ninguna democracia toleraría que sus cargos electos hicieran lo que hicieron esos tres diputados árabes israelíes, que se reunieron con familiares de terroristas muertos y guardaron un momento de silencio en su honor. No sólo fue de mal gusto. Se trató de un acto de abierta solidaridad con quienes habían asesinado a otros israelíes, o lo habían intentado""Quienes se reúnen con terroristas y lloran por ellos en vez de por sus víctimas son una quinta columna, no una oposición leal"

En los últimos meses abundan las informaciones que sostienen que la democracia israelí está en declive. La coalición liderada por el primer ministro Netanyahu ha sido acusada de subvertir los derechos de la oposición y los críticos, y los de la minoría árabe. Aunque estas acusaciones no sean ciertas, sí indican la malhadada y singular posición en la que se encuentra Israel como democracia próspera y dinámica que busca defenderse y a la vez garantizar la igualdad ante la ley a un grupo minoritario que, en el mejor de los casos, tiene sentimientos ambiguos respecto de la supervivencia del Estado judío.

El mes pasado Netanyahu fue acusado de provocador porque, a raíz de un ataque terrorista en Tel Aviv perpetrado por un árabe israelí, desafió a esa comunidad para que se opusiera al terrorismo y fuese leal a las leyes del Estado. El primer ministro fue condenado porque se interpretó que estaba culpando a toda una comunidad por los crímenes de un solo hombre, pero tenía razón al preocuparse por que la identificación de la mayoría de los árabes israelíes con el terrorismo palestino represente una amenaza para la seguridad del país y la coexistencia.

El trasfondo de esa polémica se remonta al mes de marzo, cuando, en vísperas de su reelección, en las últimas horas de una ardua campaña, Netanyahu habló del voto árabe. Fue duramente criticado por advertir a los votantes israelíes que les debía preocupar que la Lista Conjunta –coalición de partidos políticos árabes– ganara tantos escaños que pudiera conseguir un puesto en un Gobierno dirigido por la oposición, o bien tener la capacidad de bloquear la formación de una coalición. Esto también se consideró una provocación y se le ha echado constantemente en cara, al considerarse una prueba de su mala voluntad, cuando no de su racismo.

Por supuesto, la mayoría de los israelíes entendieron lo que Netanyahu estaba diciendo. No estaba intentando negar a los árabes su derecho al voto o a la representación en la Knéset. Sino que estaba señalando que el fortalecimiento de una alianza de comunistas, islamistas radicales y nacionalistas árabes seculares dedicados a erradicar el sionismo no era algo saludable para Israel ni para su democracia.

La última polémica relacionada con los árabes israelíes ha demostrado que, lamentablemente, Netanyahu llevaba razón. Me refiero a la votación de la Knéset para suspender a tres diputados árabes israelíes –todos de la Lista Conjunta– por espacio de cuatro meses. Además, el Legislativo está discutiendo ya otra ley que facilitaría la expulsión de diputados por “conducta impropia” si votan a favor de ello 90 de los 120 miembros de la Cámara. Quienes afirman que esto supone una burla a la democracia deberían considerar por qué concita tanto apoyo. Más que el Gobierno de Netanyahu y en su iniciativa contra miembros de la Knéset, la verdadera cuestión es preguntarse si algún cargo electo de cualquier país podría salir impune tras apoyar abiertamente a quienes cometen actos terroristas contra sus conciudadanos.

La respuesta es obvia. Ninguna democracia toleraría que sus cargos electos hicieran lo que hicieron esos tres diputados árabes israelíes, que se reunieron con familiares de terroristas muertos y guardaron un momento de silencio en su honor. No sólo fue de mal gusto. Se trató de un acto de abierta solidaridad con quienes habían asesinado a otros israelíes, o lo habían intentado.

Por supuesto, no es así como lo ven los diputados árabes. Mientras exigen –y están en su derecho– ser tratados ante la ley como compatriotas judíos, se ven identitariamente como palestinos con ciudadanía israelí. Como tales, se reservan el derecho no sólo de criticar al Gobierno y defender los derechos de su electorado árabe, también de situarse al lado de quienes hacen la guerra contra el Estado. Asumiendo que se consideren a sí mismos, como los palestinos de la Margen Occidental y Gaza, parte de una lucha centenaria contra el sionismo, esa visión es comprensible. Pero quienes cargan contra los defensores de la suspensión de los árabes de la Knéset ­–medida que fue respaldada por prácticamente todos los partidos sionistas, de izquierdas y de derechas– deben preguntarse cómo pueden ser compatibles dichas opiniones con los objetivos de una mayor integración del sector árabe en la vida israelí, la verdadera igualdad y la coexistencia.

La respuesta sencilla es que no lo son. Si los árabes israelíes quieren unirse a la guerra contra Israel apoyando o alentando el terrorismo, son ellos los que están rompiendo el contrato con la sociedad civil, no Netanyahu.

El dilema de los árabes israelíes puede ser difícil, dado que son parte de la mayoría árabe regional, pero una minoría dentro del diminuto Israel. El hecho de que disfruten de más derechos democráticos que otros árabes es al parecer de escaso consuelo para ellos, porque conlleva aceptar ser parte de una nación cuyo carácter es sionista y judío y en la que deben conformarse con su condición de minoría nacional. No es preciso que estén satisfechos con ello, pero no pueden hacer la guerra mientras apelan al mundo para que les ayude a promover los intereses de su comunidad en la sociedad israelí. No pueden, como hizo un miembro del trío suspendido, llamar traidores a los miembros árabes de la Policía israelí y criticar a los judíos israelíes por mirarles con recelo.

Pero, como dijo Netanyahu en enero en Tel Aviv, en el lugar donde se produjo aquel tiroteo, deben elegir. Si siguen eligiendo grupos para la Knéset que buscan contribuir a la guerra contra sus vecinos judíos, no pueden sorprenderse si después son marginados y efectivamente despojados de representación. Quienes se reúnen con terroristas y lloran por ellos en vez de por sus víctimas son una quinta columna, no una oposición leal.

En lugar de condenar a Netanyahu y a su Gobierno, quienes verdaderamente defiendan la democracia israelí deben reprender a los árabes de la Knéset por confirmar los peores temores de sus conciudadanos judíos. La paz con los palestinos nunca se logrará hasta que dejen de soñar con la destrucción de Israel y pongan fin al conflicto reconociendo la legitimidad del Estado judío, al margen de dónde se tracen sus fronteras. Si los miembros de la Lista Conjunta no pueden hacer eso, entonces la coexistencia pacífica entre judíos y árabes no es más que una quimera. Y en ese caso es a los árabes de la Knéset que han abusado de la buena voluntad de otros israelíes a quienes hay que culpar de tan lamentable situación.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio