Contextos

'Un cerdo en Gaza'

Por Santiago Navajas 

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"La cinta se beneficia del miedo que el cerdo protagonista inspira realmente a los actores palestinos e israelíes para conseguir un retrato veraz y amable aunque sarcástico tanto de la incompetente 'resistencia' palestina como de la indiferente 'fuerza de ocupación' israelí"

Los judíos y los musulmanes se diferencian en muchas cosas. En tantas, que a veces parece que el planeta Tierra es demasiado pequeño para ambos grupos. Las apuestas siguen divididas sobre si finalmente serán unos u otros los que terminaran colonizando Marte. Pero, sin embargo, hay algo en lo que se parecen como si fueran gemelos: unos y otros aborrecen la carne de cerdo.

Otros, por el contrario, consideran al cerdo parte fundamental de su dieta. A los españoles les gustan hasta sus andares, y en Nueva Guinea lo aman. La porcofobia que tienen en común musulmanes y judíos podría ser una paradójica forma de acercarlos. El que odia a mi enemigo podría ser un amigo. Dado que tanto en el Génesis como en el Levítico y en el Corán se prohíbe cualquier contacto con ese animal “inmundo”, podríamos conjeturar que Jehová y Alá, así como sus hijos predilectos, Isaac e Ismael, podrían llegar a acuerdos basados en no comer cerdo (aunque sí langostas y saltamontes).

Esta es la idea que subyace a Un cerdo en Gaza, una comedia de Sylvain Estibal, directora y guionista, en la que Jafar, un pescador palestino de Gaza, pesca un buen día un cerdo, un enorme y negro puerco al que aborrece y tratará de vender, aunque, dado que todos los que le rodean lo detestan tanto como él, no será tarea sencilla.

Comedia costumbrista de corte social y sentido crítico, como podían ser las de Berlanga (más cerca, eso sí, de la sentimental Calabuch que de la vitriólica Plácido), Un cerdo en Gaza se beneficia del miedo que el cerdo protagonista inspira realmente a los actores palestinos e israelíes para conseguir un retrato veraz y amable aunque sarcástico tanto de la incompetente resistencia palestina como de la indiferente fuerza de ocupación israelí. Pero una idea central emerge con fuerza en el planteamiento del francés Sylvain Estibal: que aquello que separa la religión, la cultura y la política puede, sin embargo, ser conciliado gracias a la fuerza civilizadora del comercio, del intercambio libre de productos y servicios, del interés ilustrado. En definitiva, de aquello que Adam Smith llamaba metafóricamente “la mano invisible”. Porque, a escondidas y de contrabando, el pescador palestino y una granjera judía llegan a un acuerdo de negociar con la parte más íntima del cerdo, haciendo caso omiso a los prejuicios y tabúes de sus respectivos correligionarios.

Frente a la combinación mortífera de fe y metralletas, Estibal opone una solución basada en el interés comercial y la negociación empresarial. «Menos sacerdotes y soldados y más empresarios y emprendedores», podría ser el lema de esta película europea que refleja precisamente el sentimiento europeo de cómo solucionar conflictos después de que la Europa de los Mercaderes (benditos sean) de la segunda mitad del siglo XX haya sustituido a la Europa de los Guerreros de la primera mitad del mismo. Más corajudo incluso que Babe, nuestro valiente cerdo vietnamita, que tanto israelíes como palestinos se ponen de acuerdo para eliminar, funciona como metáfora irónica de una realidad representada sin victimismo ni maniqueísmo. Todo lo contrario: con un lirismo y un humor ligeros en el mejor sentido de la expresión. Finalmente, sin embargo, Estibal no evita la tentación de explicitar a golpe de violín redundante lo que se habría beneficiado de un final más amargo aunque no por ello falto de esperanza.

Un cerdo en Gaza (Le cochon de Gaza, When Pigs Have Wings), Francia-Bélgica-Alemania, 2011, 99 min., Francia.  Dirección y guión: Sylvain Estibal. Intérpretes: Sasson Gabai, Baya Belal, Myrian Tekaïa, Ulrich Tukur.