Contextos

'Tyrant' y el futuro de Oriente Medio tras la Primavera Árabe

Por Eli Cohen 

tyrant
"Tyrant nos sitúa en un país ficticio, Abuddin, regido por la dictadura de la familia Al Fayid. Abuddin bien podría ser la Siria de los Asad, el Iraq de los Husein o la Libia de los Gadafi. Un régimen calcado de los de la Unión Panárabe liderada por Naser, laico, dinástico y que hace descansar su poder sobre dos pilares esenciales: el ejército y el petróleo. Pero como en todos los países del entorno, tras la Primavera Árabe el pueblo de Abuddin, después de años de opresión, quiere un cambio y una mejora en sus condiciones de vida"

En el mundo de las series, Oriente Medio ha venido para quedarse. Y es que lo que sucede en esta región el mundo da para mucho. En la conocida Homeland se explora el terrorismo yihadista, sus causas, sus consecuencias y sus posibles soluciones; en la británica The Honourable Woman, que ya comentamos, se intenta explicar lo difícil que es resolver el conflicto entre israelíes y palestinos, como hace la también británica The Promise, indagando en los orígenes violentos del Israel moderno.

La que ahora nos ocupa, Tyrant, creada por el israelí Gideon Raff, al que debemos Hatufim y Homeland, intenta retratar el dramático y sangriento cambio que están viviendo los países de la zona tras la fallida Primavera Árabe. Rodada en Israel y, debido a la guerra con Hamás del pasado verano, en Marruecos y Turquía, la serie, actualmente en su segunda temporada, exhibe una ambientación sobresaliente y un gran esmero en el cuidado de cada detalle.

Tyrant nos sitúa en un país ficticio, Abuddin, regido por la dictadura de la familia Al Fayid. Abuddin bien podría ser la Siria de los Asad, el Iraq de los Husein o la Libia de los Gadafi. Un régimen calcado de los de la Unión Panárabe liderada por Naser, laico, dinástico y que hace descansar su poder sobre dos pilares esenciales: el ejército y el petróleo. Pero como en todos los países del entorno, tras la Primavera Árabe el pueblo de Abuddin, después de años de opresión, quiere un cambio y una mejora en sus condiciones de vida. Una reivindicación que asume un grupo de rebeldes que, con la excusa de la democracia, pretende instaurar otro régimen, peor aún que el de los Al Fayid.

En medio de este choque de trenes, Basam, el hijo menor del dictador Jaled al Fayid, que lleva más de 20 años en los Estados Unidos renegando de su apellido y de su pasado e intentando llevar una vida normal, vuelve con su familia a Abuddin para la boda del hijo de su hermano mayor, Jamal, heredero de la Jefatura del Estado.

Y lo que para Basam y su familia iban a ser unas pequeñas y lujosas vacaciones en el palacio presidencial deviene un vuelco tectónico en sus vidas cuando Jaled muere repentinamente y Jamal, como nuevo presidente, pide a su hermano menor que se quede un tiempo en Abuddin para ayudarle a dirigir el país. A partir de entonces, Basam comienza una carrera maratoniana para convencer a su hermano de que hay que modernizar el país, abrirse a la democracia y buscar la paz con los rebeldes. En el camino, Basam descubrirá que, como bien le recuerdan, nada es blanco o negro en Oriente Medio, que hay muchos contrapesos que no son tan fáciles de alterar, que los aliados exteriores tienen más intereses que amigos y, sobre todo, que una estructura institucional opresiva de casi medio siglo no puede cambiarse de la noche a la mañana sin que se rompan las costuras del país.

Es cierto que puede parecer inverosímil que un pediatra que vive en Pasadena repentinamente se convierta en un estratega político. No obstante, Basam no es un pediatra cualquiera, es también el hijo de un dictador, durante la primera parte de su vida ha conocido el engranaje palaciego de Abuddin y en sus 20 años de exilio voluntario ha interiorizado la cultura democrática de Occidente. Y, por encima de lo anterior, durante su nueva aventura Basam se reconcilia con sus orígenes y, mediante un proceso de catarsis, descubre que tiene una responsabilidad para con su país y su familia.

Basam no es el único pilar de la serie. Tyrant explica paso a paso el devenir de las dictaduras árabes –en la segunda temporada irrumpe el Ejército del Califato, evidente referencia al ISIS–, permite que cada espectador se ponga en la piel de Basam en la búsqueda de soluciones, desnuda a una familia dirigente árabe, los Al Fayid, con sus vicios y excesos, sus problemas, sus fechorías, su rechazo a abandonar el poder y sus miedos –debido a este desvestimiento, hay momentos en los que sentimos más empatía hacia un aprendiz de tirano como Jamal que hacia su reformista hermano Basam–; todo ello con una gran pulcritud técnica.

En suma, Tyrant es una serie ideal para el verano, y no sólo por el sol mesoriental que luce constantemente, también porque, mediante una trama entretenida y envolvente, podremos entender un poco mejor hacia dónde va Oriente Medio tras la Primavera Árabe.