Contextos

Turquía ya puede ir olvidándose de ingresar en la UE

Por Michael J. Totten 

Bandera de Turquía.
"La idea de que Turquía podría encajar en la UE ha estado siempre un poco fuera de lugar, y es especialmente ridícula desde el verano del año pasado, cuando una intentona golpista dio lugar a un espasmo stalinista en Ankara. En sólo un par de semanas, Erdogan despidió a más de 20.000 profesores de escuelas privadas y a casi 10.000 oficiales de policía. Suspendió a casi 3.000 jueces y arrestó a más de 10.000 soldados. Empuró a decenas de miles de funcionarios del Ministerio de Educación y fulminó a 1.500 decanos de universidad. Cerró más de 100 medios de comunicación y suspendió a más de 1.500 funcionarios del Ministerio de Finanzas"

Turquía nunca será miembro de la Unión Europea, y la canciller alemana, Angela Markel, por fin lo ha dicho en público. “Lo que está claro es que Turquía no debería ser miembro de la UE”, dijo en un debate electoral con su rival, Martin Schulz. “Hablaré con mis colegas para ver si podemos alcanzar una posición común y cerramos esas conversaciones de ingreso”.

La única sorpresa es que hayan durado tanto, pero al menos Merkel está dispuesta a, en efecto, llamar dictadura a la dictadura, ahora que Turquía está encarcelando a ciudadanos alemanes –periodistas y activistas por los derechos humanos incluidos– y acusándolos de pertenecer a organizaciones terroristas y de intentar derrocar el régimen de Erdogan. Los países occidentales suelen hablar de “presos políticos” en estas situaciones, y los Estados de la UE tienen enfáticamente prohibido tener presos políticos.

La idea de que Turquía podría encajar en la UE ha estado siempre un poco fuera de lugar, y es especialmente ridícula desde el verano del año pasado, cuando una intentona golpista dio lugar a un espasmo stalinista en Ankara. En sólo un par de semanas, Erdogan despidió a más de 20.000 profesores de escuelas privadas y a casi 10.000 oficiales de policía. Suspendió a casi 3.000 jueces y arrestó a más de 10.000 soldados. Empuró a decenas de miles de funcionarios del Ministerio de Educación y fulminó a 1.500 decanos de universidad. Cerró más de 100 medios de comunicación y suspendió a más de 1.500 funcionarios del Ministerio de Finanzas.

Desde entonces, las cosas no han hecho sino empeorar. En abril, los votantes turcos decidieron por un escaso margen acabar con su régimen parlamentario y reemplazarlo con uno que da nuevos poderes al presidente, Recep Tayyip Erdogan, lo que hace de él un dictador electo en todo salvo en el nombre. Erdogan, “que tendría un poder no conferido a los líderes turcos desde los sultanes, es de hecho un neo-otomano”, ha escrito la turcóloga Claire Berlinski.

La Unión Europea aceptó oficialmente a Turquía como candidata al ingreso en 2004. Los europeos confiaron en que una nación de vasta mayoría musulmana pudiera occidentalizarse a sí misma por completo luego de la occidentalización parcial llevada a cabo por Mustafa Kemal Atatürk tras el colapso del Imperio Otomano, y que se convirtiera en un ejemplo para Oriente Medio. Un occidental tras otro se convencieron a sí mismos de que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdogan era una formación capitalista socialconservadora de corte occidental, la versión islámica del partido democristiano alemán o del republicano de EEUU. (Muchos de entre ellos cometieron después el mismo error con la Hermandad Musulmana egipcia y su condenado presidente Mohamed Morsi). De nuevo Berlinski:

Tras el 11-S, en Occidente mucha gente se metió el islam y los islamistas en la cabeza y se olvidó de casi todo lo demás. De ahí que muchos consideraran que lo más relevante del AKP era su condición de ‘moderadamente islamista’. Muchos quizá estaban tan entusiasmados por que no empezaran a colgar homosexuales de las grúas que aceptaron acríticamente el resto del relato del AKP sobre sí mismo: estaba abriendo un sistema esclerotizado que era, en sus palabras, “radicalmente laicista”.

La parte restante de la ecuación fue durante un tiempo difícil de ver para algunos, pero ya no. Ciertamente, Erdogan no está siquiera en la misma zona horaria que el ISIS. Sin embargo, sí está en la misma que el difunto Hugo Chávez –salvo en lo del socialismo bolivariano–, el ruso Vladímir Putin y el bielorruso Alexander Lukashenko. Todos ellos son (Chávez fue) demagogos autoritarios con apenas un barniz de legitimidad democrática; son las clase de gobernantes que suelen producir países parcialmente influidos por pero que al mismo tiempo se mantienen al margen de Occidente.

Los funcionarios europeos saben con total seguridad que Turquía jamás podrá unirse a la UE tras lo que sucedió el año pasado. Su principal ciudad, Estambul, está en Europa, pero su capital está en Asia, como la mayoría de su población. Algunos barrios de las ciudades turcas parecen y se sienten europeos, sin duda, especialmente si se los compara con los de la gran mayoría de las ciudades árabes; pero Turquía es un híbrido cultural: como el Líbano, Armenia e incluso Rusia, es un lugar donde el Este se mezcla con el Oeste. Los occidentales pueden sentirse y se sienten allí como no lo harían en un país como Arabia Saudí o Pakistán, pero el solapamiento cultural es, como mucho, del 50%, y el solapamiento político turco se está marchitando con Erdogan.

Los occidentales se han estado embromando a sí mismos con Erdogan durante años. Pero se acabó. La novedad es que al menos un líder europeo está dispuesto a poner fin de una vez por todas a esta película que nos hemos montado. Casi con toda seguridad, otros líderes le secundarán.

© Versión original (en inglés): World Affairs
© Versión en español: Revista El Medio