Contextos

Turquía ya no es el país del futuro

Por Jesús M. Pérez 

Bandera de Turquía.
"¿En qué momento se torció el destino de Turquía? La Primavera Árabe pareció ser el momento estelar para Turquía, con líderes islamistas de Túnez y Egipto declarando que su referencia era el modelo turco,con el islamismo moderno del AKP en el contexto de una democracia pluripartidista. Precisamente en 2011 el AKP ganó las elecciones generales turcas por tercera vez consecutiva, y con más votos que en las precedentes. Pero existía entonces una preocupación latente entre la población turca laica y occidentalizada de que el AKP mantuviera una agenda oculta, autoritaria e islamista radical, que saldría a la luz tarde o temprano. El tiempo acabaría confirmando sus temores"

Cuando el escritor judío Stefan Zweig llegó a Brasil en junio de 1940, huyendo del dominio nazi sobre Europa, se sintió reconfortado al no encontrar allí los males del nacionalismo agresivo y el racismo que aquejaban al Viejo Continente. En homenaje al país donde tan cálida y hospitalariamente se había sentido acogido escribió Brasil, país de futuro.La expresión tuvo éxito para aludir a la eterna promesa de Brasil como potencia emergente, hasta llegar a convertirse casi en chiste por culpa de la condición de promesa pendiente de ser cumplida: “Brasil es el país del futuro y por siempre lo será”.

El momento para Brasil llegó en el siglo XXI. En 2001, Jim O’Neill acuñó en un documento de Goldman Sachs el acrónimo BRIC para referirse a Brasil, Rusia, India y China como las potencias emergentes en un futuro orden mundial multipolar. Fue tal el éxito del término, los países BRIC organizarían una cumbre, que los expertos se lanzaron a buscar las siguientes potencias emergentes y la fama alcanzada por O’Neill. Aparecieron así marchamos como Next-11 (N-11), Developing-8 (D-8), Emerging-7 (E-7), Civets, MINT, Mikta, MIST… Todas las combinaciones de países incluían siempre a Turquía, convertido en el país del futuro por antonomasia. Y es que a finales de la década pasada su economía crecía al 9%. Era, tras China, el país emergente de mayor crecimiento.

Turquía se convirtió en un país imprescindible gracias a su proyección en el Gran Oriente Medio, desde el Norte de África al Asia Central. El actual primer ministro, Ahmet Davutoğlu, que fue antes académico, diplomático y ministro de Asuntos Exteriores, defendió la necesidad de que Turquía dejara de concebirse como periferia y se convirtiera en centro del espacio euroasiático, buscando su propia profundidad estratégica y manteniendo políticas de buena vecindad que le permitieran tener cero problemas con los países de su entorno.

Ankara expandió su influencia mediante las herramientas de poder blando de la diplomacia, el comercio, la educación y la industria audiovisual. La de países de lengua turca se convirtió en una de esas organizaciones internacionales discretas pero eficientes en la articulación de vínculos comerciales, lo que convirtió a Turquía en pivote geopolítico imprescindible para la salida de los hidrocarburos del Mar Caspio a los mercados internacionales y llevó a las empresas turcas a afianzarse en el sector de la construcción de infraestructuras en lugares como Kazajistán.

Turquía pareció encontrar un camino musulmán hacia la Modernidad con su propia versión de la ética protestante y el espíritu del capitalismo en las ideas del movimiento Hizmet de Fethullah Gülen. Surgieron entonces comparaciones con el Opus Dei, por su defensa de la conquista de la virtud a través del ahorro y el trabajo. Mientras, ascendía socialmente una nueva clase e hombres y mujeres de negocios tan piadosos como laboriosos procedentes del interior del país, que llegarían a ser conocidos como los Tigres Anatolios. El ascenso del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) fue saludado en Occidente como la aparición de un equivalente musulmán de los partidos democratacristianos.

¿En qué momento se torció el destino de Turquía? La Primavera Árabe pareció ser el momento estelar para Turquía, con líderes islamistas de Túnez y Egipto declarando que su referencia era el modelo turco,con el islamismo moderno del AKP en el contexto de una democracia pluripartidista. Precisamente en 2011 el AKP ganó las elecciones generales turcas por tercera vez consecutiva, y con más votos que en las precedentes. Pero existía entonces una preocupación latente entre la población turca laica y occidentalizada de que el AKP mantuviera una agenda oculta, autoritaria e islamista radical, que saldría a la luz tarde o temprano.

Mientras sucedía la Primavera Árabe, tenían lugar en Turquía los macrojuicios contra un supuesto entramado surgido en el seno del Estado profundo turco. Cientos de miembros de las fuerzas armadas y del aparato de seguridad del Estado, junto con políticos, intelectuales, periodistas y figuras del crimen organizado, fueron juzgados como miembros de una red clandestina de carácter secular y ultranacionalista bautizada como Ergenekon, nombre del mítico valle asiático que aparece en los relatos fundacionales de los pueblos túrquicos. Según la acusación, la red Ergenekon sería una extensión del Estado profundo, el poder paralelo y en la sombra, formado por una alianza de los aparatos de seguridad del Estado con el crimen organizado y fuerzas ultranacionalistas constituida durante la Guerra Fría para hacer frente a una hipotética invasión soviética y luego dedicada a luchar contra las fuerzas insurgentes kurdas, que esta vez estaría conspirando para frenar al AKP.

En paralelo al macrojuicio a la supuesta red Ergenekon tuvo lugar otro en torno a un supuesto plan de golpe de Estado, la operación Bayloz (“mazo”). La prolongación en el tiempo de los macrojuicios y la sospecha de irregularidades en la presentación de testigos y pruebas, junto con lo tremebundo de las acusaciones, los convirtió en un despropósito. La red Ergenekon se convirtió en un chivo expiatorio al que se atribuyeron todos los actos de violencia política cometidos en el país. La situación era esperpéntica porque o bien había que asumir que el Estado turco había sido devorado por un omnímodo poder paralelo, o bien estábamos ante una enorme operación para descabezar, desprestigiar y desarticular a las principales instituciones dedicadas a la seguridad y la defensa, que en Turquía habían cumplido el rol de guardianes de los valores de la república secular y moderna creada por Mustafá Kemal Atatürk. De ser cierta la segunda opción, en su deriva autoritaria, el Gobierno del AKP trataría de acabar con el principal contrapeso dentro del Estado. Podemos hacernos una idea sabiendo que el 31 de marzo de 2015 fueron anuladas las condenas de los 236 conectados por la operación Bayloz tras dictaminarse la invalidez de las pruebas presentadas.

En 2013 Turquía vivió sus propias protestas callejeras cuando los planes urbanísticos que pretendían acabar con el parque Gezi, al lado de la icónica plaza Taksim de Estambul, sirvieron para cristalizar el descontento latente contra la espiral desarrollista emprendida por el país. Tuvo lugar allí una acampada que se convirtió en escaparate y altavoz de demandas populares insatisfechas. Como en Brasil en aquel momento, se percibía que la senda del desarrollo que reflejaban las variables estadísticas no repercutían en una vida mejor para el ciudadano medio, que veía que la subida del coste de la vida se comía las mejoras en los ingresos. Las protestas de Estambul provocaron un efecto extraordinario en el Gobierno del AKP, que a partir de entonces emprendió una deriva autoritaria sin reparos en las formas ni en el fondo. La represión de las protestas de Estambul fueron acompañadas de censura y persecución de los medios, en una campaña que aún perdura. Sin ir más lejos, el pasado mes de marzo un tribunal intervino el diario Zaman y lo colocó bajo un fideicomiso controlado por el Gobierno. A los pocos días reinició su actividad con una línea editorial progubernamental.

En 2014 el primer ministro Erdoğan accedió a la presidencia del país, lo que desató en el personaje una desaforada megalomanía. Ordenó la construcción de un nuevo palacio para elevar la dignidad de su nuevo cargo. Y cuando la prensa informó del exceso que suponía un palacio de 1.000 habitaciones, intervino para desmentir la noticia porque la prensa había subestimado la grandiosidad del complejo: no tenía 1.000 habitaciones, sino más de 1.150. En una recepción con el presidente palestino apareció flanqueado en una escalinata por soldados vestidos con trajes militares de época que recorrían la historia militar turca en más de mil años. Si hasta entonces el término neo-otomano había sido rechazado por el Gobierno para describir las aspiraciones de potencia regional de Turquía, candidatos del AKP en las elecciones locales de 2015 aparecieron en los carteles electorales con ropajes otomanos, y algún mostacho falso para completar el aspecto carnavalesco. Erdoğan pareció querer imitar al fallecido Gadafi cuando mencionó en un discurso el descubrimiento de América por navegantes musulmanes, en 1178. Ante la deriva del presidente, Daniel Iriarte se preguntaba directamente el año pasado: “¿Se ha vuelto loco Erdoğan?”.

El sueño de un Gran Oriente Medio democrático languidece. Y como triste ejemplo de lo que pudo ser y no es, la democracia turca está en crisis. La sociedad turca tiene pendiente la reconducción del destino del país, si realmente el camino hacia una democracia moderna y occidental es el que quiere recorrer.