Contextos

Turquía: entre el 'Estado profundo' y la dictadura

Por Michael Rubin 

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"Hoy, Turquía va camino del Gobierno unipersonal. Qué irónico resulta que, con tantos regímenes árabes que se han deshecho de dictaduras de hombres fuertes, Erdogan pretenda que Turquía se convierta en una. Puede que Fetulá Gülen le haya obligado a ello: sus esbirros se hallan infiltrados en las fuerzas de seguridad y, cuando Erdogan amenazó la fuente de ingresos de Gülen al tratar de cerrar su lucrativo negocio, una escuela preparatoria de exámenes, la Policía emprendió investigaciones por corrupción sobre los partidarios del primer ministro, incluido su propio hijo""El Parlamento controlado por el Partido de la Justicia y el Progreso (AKP) aprobó de forma urgente una ley para situar al Poder Judicial bajo control del Ejecutivo, lo que habilita al ministro de Justicia para designar y destituir tanto a fiscales como a jueces"

A comienzos de 2014, Turquía parece muy diferente de como era hace tan sólo un año. Ciertamente,  el primer ministro Recep Tayyip Erdogan ha perdido brillo; él, que hace apenas un año parecía ir camino de lograr la aprobación de una nueva Constitución que le permitiría dirigir Turquía como presidente durante, al menos, una década más. Partidarios occidentales y muchos liberales turcos describían a Fetulá Gülen como una fuerza progresista en pro de la tolerancia religiosa y como un hombre comprometido con la reforma y la democracia.

Hoy, Turquía va camino del Gobierno unipersonal. Qué irónico resulta que, con tantos regímenes árabes que se han deshecho de dictaduras de hombres fuertes, Erdogan pretenda que Turquía se convierta en una. Puede que Fetulá Gülen le haya obligado a ello: sus esbirros se hallan infiltrados en las fuerzas de seguridad y, cuando Erdogan amenazó la fuente de ingresos de Gülen al tratar de cerrar su lucrativo negocio, una escuela preparatoria de exámenes, la Policía emprendió investigaciones por corrupción sobre los partidarios del primer ministro, incluido su propio hijo.

Qué irónico es que, si bien los académicos y progresistas occidentales antaño clamaban contra el Estado profundo en Turquía (una referencia a las oscuras redes de generales y agentes de inteligencia que parecían manejar los hilos entre bambalinas), los acontecimientos del mes pasado demuestren que el propio Gülen dirige el Estado profundo.

Hace dos semanas estuve en París y en Bruselas, donde me reuní con parlamentarios turcos. En un principio nos íbamos a haber reunido en Estambul y en Ankara, pero todos pensaron que serían más libres para hablar abiertamente fuera de Turquía, dada la forma en la que los seguidores de Gülen dentro de las fuerzas de seguridad pinchan las llamadas telefónicas, ponen escuchas en los despachos y monitorizan las conversaciones en restaurantes de parlamentarios, periodistas y extranjeros. Un diputado planteó una cuestión interesante: con lo críticos que son los turcos con Erdogan, al menos el primer ministro fue elegido y, en teoría, se le puede echar en unas elecciones. En cambio, nadie ha elegido a Gülen, pese a que el misterioso líder de culto aspira a ejercer tanto poder como el primer ministro.

El verdadero peligro, sin embargo, ha sido la reacción de Erdogan ante el escándalo. Si bien antaño describía a su partido y a sí mismo como cruzados contra la corrupción, ahora pretende proteger a los corruptos y castigar a quienes cuestionen dicha corrupción. En las últimas semanas ha reasignado o trasladado a más de 2.500 agentes de policía, y ha paralizado en la práctica las causas por corrupción abiertas contra su hijo, sus socios y sus amigos. El Parlamento controlado por el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) aprobó de forma urgente una ley para situar al Poder Judicial bajo control del Ejecutivo, lo que habilita al ministro de Justicia para designar y destituir tanto a fiscales como a jueces. El Tribunal Constitucional seguramente revoque la ley, pero, tal y como funciona la justicia en Turquía, si el Tribunal anula la ley, no será con efecto retroactivo: cualquier juez o fiscal destituido o trasladado durante estas últimas semanas seguirá en su nueva plaza y no recuperará su antiguo puesto.

Ahora, el Parlamento, dominado por el AKP, está considerando otra ley que permitiría al Gobierno cerrar inmediatamente cualquier página web. En caso de ser aprobada, el poder de censura sobre internet pasaría de los tribunales al Gobierno.

Los turcos anunciaron que saldrían a las calles el sábado pasado. Puede que la reacción del Gobierno a esa manifestación sea el mejor indicador de en lo que se ha convertido Turquía.

Puede que sea hora de reflexionar un poco en la Casa Blanca y en el Departamento de Estado (por no mencionar a diversos think tanks y universidades) acerca de cómo pudieron equivocarse tanto con Erdogan y Gülen. Demasiadas universidades estadounidenses han recibido dinero de instituciones relacionadas con Gülen para organizar conferencias o publicar libros en los que se da fe de la moderación y sabiduría de éste. Demasiados think tanks (incluidos varios de los que normalmente se muestran escépticos ante los movimientos islamistas) moderaron conscientemente sus juicios sobre el AKP para poder seguir teniendo acceso al Departamento de Estado. Sin embargo, si se quiere que estos organismos conserven su valor, la integridad moral debería ponerse por encima de la disposición a convertirse en sicofantes.

Más fundamental aún: es hora de que el Congreso u otros lleven a cabo una evaluación independiente de los informes del Departamento de Estado de la última década, para poder determinar quién juzgó correctamente al AKP, quién se equivocó y, lo que es más importante, por qué los análisis sobre Erdogan, sobre su carácter y sobre el AKP fueron tan inexactos.

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