Revista de Prensa

Trump y las amistades peligrosas de EEUU en el Gran Oriente Medio

 

Donald Trump. presidente de EEUU

Jonathan Schanzer y Daveed Garterstein-Ross, de la Foundation for Defense of Democracies, explican en este artículo su tesis de que el presidente electo estadounidense debe revisar las ambiguas relaciones de EEUU con ciertos países de Oriente Medio.

Lo esencial para cambiar el curso de esas relaciones es distinguir entre aliado, adversario y enemigo.

¿Quiere Donald Trump realmente agitar el orden mundial? Debería empezar por aquí, con los países que entran simultáneamente en las tres categorías.

Pakistán es el primer ejemplo. Justo antes de los ataques del 11-S, Pakistán se había convertido en un paria internacional a causa de sus pruebas de armas nucleares en 1988 y el golpe militar que llevó al poder al general Pervez Musharraf. Pero el 11-S lo transformó en un socio estratégico dada su proximidad a Afganistán. En la guerra de América contra los talibanes y Al Qaeda, Pakistán ha sido probablemente nuestro aliado más importante y el Estado enemigo más mortífero.

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Igualmente tensas y dignas de estudio por la Administración Trump son las relaciones de EEUU con Arabia Saudí. (…) Durante décadas, Washington ha mirado hacia otro lado mientras los petrodólares saudíes han fundado escuelas, organizaciones benéficas y otras instituciones que han expandido la intolerante y a menudo violenta ideología wahabí, que contribuye a inflamar el yihadismo.

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Está también el rico emirato de Qatar, que alberga la enorme base aérea Al Udei, probablemente las instalaciones de mayor valor estratégico para América en Oriente Medio y sede del cuartel general de vanguardia del Comando Central de EEUU. Pero al mismo tiempo, los funcionarios estadounidenses están alarmados por la actitud catarí –durante la Primavera Árabe mostró una sólida preferencia por los levantamientos que apoyaban los grupos islamistas– y por sus acciones, que incluyen permitir al Talibán y otros grupos establecer oficinas en su territorio y dar cobijo y apoyo financiero al grupo terrorista palestino Hamás.

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En el nebuloso reino de los aliados y adversarios de EEUU en Oriente Medio, la más reciente (y alarmante) inclusión en la lista es Turquía. Antes considerado como un leal miembro de la OTAN y un sólido aliado secular americano, se ha vuelto cada vez más hostil a Washington, dado que sus líderes van en una dirección cada vez más islamista y autoritaria.

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Mientras la Administración Trump se prepara su asumir el poder, la confianza de América en los llamados aliados que suponen una amenaza directa o indirecta para los americanos debe cambiar. Durante la campaña electoral, Trump prometió una y otra vez renegociar los malos acuerdos y establecer mejores términos para nuestro país. He aquí un excelente lugar para empezar.

David Daoud, de la Foundation for Defense of Democracies, considera que las reticencias del presidente electo estadounidense a actuar contra Bashar al Asad fortalecerán de manera decisiva al grupo terrorista chií libanés.

Durante su tormentosa campaña electoral, Trump puso constantemente en duda la idoneidad de deponer a Bashar al Asad –el segundo benefactor de Hezbolá después de Teherán– en la guerra civil siria.

A pesar de la clara amenaza que el ISIS supone para los intereses y ciudadanos estadounidenses, la estrategia de Trump de combatir al ISIS sin contrarrestar a Asad pondría inadvertidamente a Hezbolá en una posición de fortaleza sin precedentes en su base libanesa.

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La victoria de Asad pondría fin a la amenaza vital que la guerra de Siria implica para Hezbolá, liberando los inmensos recursos que la organización ha dedicado a ese conflicto. Con su dominio sobre el Líbano, hoy asegurado con la elección de Aoun [como presidente del País del Cedro], Hezbolá podría muy bien dedicar sus energías a amenazar a los aliados de Washington y erosionar sus intereses regionales para potenciar a Irán, como ya ha hecho en Irak y el Yemen.

La organización terrorista palestina que controla la Franja de Gaza cumple 29 años de terrorismo ininterrumpido contra Israel. Aprovechando tal efeméride, Annika Hernroth-Rothstein pone de manifiesto la hipocresía de Gobiernos occidentales como el de Suecia, cuyo reconocimiento de Palestina no beneficia en nada al pueblo palestino, sojuzgado por Hamás y Al Fatah.

El año pasado se publicó una lista [de los éxitos de Hamás] que incluían pero no se limitaban a 16.377 cohetes lanzados contra Israel, 86 ataques suicidas, 36 apuñalamientos, 500 infiltraciones en territorio israelí y 26 secuestros de israelíes, vivos o muertos. Estas fueron las atrocidades que Hamás eligió publicar en sus panfletos conmemorativos. (…)

El Gobierno sueco cometió un gran error al reconocer a Palestina. El reconocimiento de un Estado implica, bajo cualquier lógica, que es hora de tratarlo como un adulto. Un Estado tiene que ser responsable en lugar de actuar egoístamente. Para Suecia, esto es un dolor de cabeza, ya que le encanta comprometerse con su particular progresismo orientalista, en el que los pobres palestinos son tratados como seres de escasos recursos a los que no debe aplicarse los estándares que se aplican a otros, lo que permite a los suecos iluminados hablar de forma condescendiente mientras se dan mutuamente palmadas en la espalda por el trabajo bien hecho. En cuanto a Al Fatah y Hamás, disfrutan de ese comportamiento paternalista y colonialista porque es lo que llena sus arcas (…).

Mientras los palestinos sean tratados como niños, podrán actuar como bandoleros y enriquecerse sin pagar ningún precio real. El Gobierno sueco, que mima a los terroristas en nombre de la paz, gana prestigio internacional sin el menor coste político.