Contextos

Trump tiene una idea capital sobre Jerusalén

Por Sohrab Ahmari 

donald_trump-940x628
"No puede ser casualidad que el anuncio de Trump se haya producido luego de la visita de Abás a Arabia Saudí, el mes pasado. Allí, el reformista príncipe Mohamed ben Salman (MbS) parece que le dijo al líder palestino que comparte la visión de Netanyahu sobre el conflicto. Los palestinos han de asumir que tendrán que aceptar un Estado con soberanía limitada y un territorio no contiguo, con asentamientos israelíes aquí y allá. Con el plan de MbS, informa el 'New York Times', 'los palestinos no tendrán su capital en Jerusalén Este ni derecho de retorno de los refugiados palestinos y sus descendientes'"

La clase periodística está aplopética por la decisión del presidente Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Pero los conservadores, incluidos aquellos que se muestran escépticos con el presidente, deberían añadirla a la lista de decisiones de política exterior de la Administración Trump dignas de elogio. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, y el traslado a la ciudad de la embajada norteamericana, es formidable. Lo que se anda diciendo de que llevará el caos a la región son exageraciones ajenas a la realidad de Oriente Medio.

Para empezar, el traslado de la embajada de EEUU a Jerusalén está en línea con la voluntad democrática del pueblo norteamericano. En 1995 el Congreso aprobó una ley que demandaba al Departamento de Estado que procediera al traslado, pero desde entonces las sucesivas Administraciones –de ambos partidos– han recurrido a la dispensa legal para demorarlo. El proceso de dispensa está recogido en la ley. Ahora bien, dos décadas de resistencia del Ejecutivo equivalen a desafiar al Congreso. Incluso los más duros detractores de Trump deben admitirlo: hay algo refrescante en la disposición de esta Administración a cumplir con la ley en vez de dejarla de lado.

A los profesionales del proceso de paz les importan muy poco las preferencias del pueblo americano en política exterior. Aducen que esta idea capital (nótese el juego de palabras) de Trump barrerá con cualquiera oportunidad de un acuerdo negociado para acabar con un conflicto que dura ya siete décadas. En este punto se hacen eco del presidente vitalicio palestino, Mahmud Abás, que el miércoles consideró la decisión una “declaración de retirada” de EEUU del proceso de paz.

He aquí el problema con esta línea argumental: ¿qué proceso de paz?

Durante casi una década, Abás se ha negado a mantener conversaciones directas, pese a las invitaciones públicas del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. El rechazo de Abás fue en parte alentado por la teoría, asumida por la Administración Obama, de que la paz llegaría cuando se creara un “umbral” entre EEUU y el Estado judío y se vincularan las conversaciones a un congelamiento de la actividad israelí en los asentamientos. Ahora, con la decisión sobre Jerusalén, Trump está indicando que Washington ya no tolerará las excesivas demandas palestinas, o esa obstinación que les ha llevado a echar abajo ofertas tan generosas como la de Ehud Barak en 2000 y la de Ehud Olmert en 2008.

Pero, preguntan los procesistas de la paz, ¿qué pasa con la violencia que se producirá? Aquí ha de responderse: ¿habéis echado un vistazo a Oriente Medio últimamente?

Toda la región está en ebullición, con los aliados tradicionales de EEUU respondiendo a las ambiciones hegemónicas de Irán desde el Yemen hasta el Líbano. La inestabilidad actual apenas tiene que ver con Israel. Así pues, Washington debería tomar las muestras de ira de los líderes árabes cum grano salis. Las élites árabes tienen que crear algo de ruido y furia a cuenta de Jerusalén para satisfacer a sus públicos. Pero la mayoría ve hoy en Israel a un protector y un potencial aliado contra Irán.

Por otro lado, no puede ser casualidad que el anuncio de Trump se haya producido luego de la visita de Abás a Arabia Saudí, el mes pasado. Allí, el reformista príncipe Mohamed ben Salman (MbS) parece que le dijo al líder palestino que comparte la visión de Netanyahu sobre el conflicto. Los palestinos han de asumir que tendrán que aceptar un Estado con soberanía limitada y un territorio no contiguo, con asentamientos israelíes aquí y allá. Con el plan de MbS, informa el New York Times, “los palestinos no tendrán su capital en Jerusalén Este ni derecho de retorno de los refugiados palestinos y sus descendientes”.

En otras palabras: la gran potencia árabe ha llegado a la conclusión de que mantener la alianza antiiraní es más importante que los asentamientos israelíes o si hay barrios judíos en Jerusalén Oriental. La decisión de la Administración Trump sobre Jerusalén, pues, está en línea con los cambios tectónicos que registra Oriente Medio. ¿Por qué insistir en que la cuestión palestina es el más acuciante problema regional, cuando hasta los propios árabes están en otras cosas?

En cuanto a las amenazas de los grupos palestinos de perpetrar días de rabia y disturbios, no son tanto un argumento contra la decisión de Trump como un caso de estudio sobre por qué la paz se muestra elusiva desde hace tanto tiempo.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio