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Trump-Netanyahu: ¿estamos ante algo verdaderamente importante? (1)

Por Elliott Abrams 

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"Trump está haciendo lo que mejor suele hacer: desafiar los supuestos comunes y preguntarse si hay algún camino mejor a la paz"

Cuánto cambian las cosas unas elecciones. Benjamín Netanyahu, despreciado e insultado durante ocho años por la Administración Obama, fue cálidamente acogido en la Casa Blanca de Trump la semana pasada. Se acabaron los insultos, las “distancias” buscadas entre las posturas israelíes y estadounidenses y el abandono de Israel en la ONU.

Este fue el principal logro de la visita de Netanyahu: visibilizar el fin de los años de Obama y volver a poner las relaciones israelo-estadounidenses donde estaban con la Administración de George W. Bush. La calidez del recibimiento fue, sin duda, tan amarga como la hiel para los muchos enemigos de Bibi en Jerusalén, y en las crónicas de prensa criticaron y se quejaron sobre tal palabra o tal frase. Pero tener una relación de cercanía y apoyo con Washington siempre es un activo para un primer ministro israelí, y también lo será para Netanyahu.

Más allá de este simbólico reseteo de la alianza entre EEUU e Israel, hubo numerosos avances auténticos. La prensa estadounidense e israelí se está centrando sobre todo en “el abandono de la solución de dos Estados”, citando las palabras del presidente Trump:

Ante una solución de dos Estados o de un Estado, me gustará la que le guste a ambas partes. Me parecerá bien la que le guste a ambas partes. Puedo vivir con cualquiera de las dos.

Pensé durante un tiempo que la solución de los dos Estados podría ser la más fácil de las dos. Pero, sinceramente, si Bibi y los palestinos, si Israel y los palestinos están contentos, estaré contento con la que consideren mejor.

Las críticas a Trump por este “abandono” están fuera de lugar. Al menos desde Bill Clinton, la solución de los dos Estados ha sido el persistente objetivo estadounidense, pero ¿a dónde nos ha llevado, a dónde ha llevado a los israelíes y a los palestinos? Trump, en cambio, se está centrando en el objetivo, que es la paz, y diciendo que cualquier camino que nos lleve allí le servirá si sirve a ambas partes. Las críticas a esta postura son insensatas, ya que anteponen los medios al fin. Trump no ha abandonado la solución de los dos Estados; las ansias del The New York Times y la euforia de algunos portavoces de la derecha israelí resultan excesivas. Trump está haciendo lo que mejor suele hacer: desafiar los supuestos comunes y preguntarse si hay algún camino mejor a la paz.

De hecho, Trump tiene una teoría sobre cómo llegar a ella: el enfoque de fuera adentro que otorga gran protagonismo a los Estados árabes. El viejo enfoque de los dos Estados pretendía lograr primero un pacto israelo-palestino, en la creencia de que despejaría el camino para que los Estados árabes mejoraran sus relaciones con Israel. Trump se inclina por un enfoque regional: aprovechar la mejora de las relaciones de Israel con los Estados árabes para ayudar a lograr un acuerdo de paz israelo-palestino.

Netanyahu fue el primero que lo mencionó en su comparecencia conjunta:

Creo que la gran oportunidad para la paz viene de un enfoque regional, de implicar a nuestros nuevos socios árabes en la búsqueda de una paz general y de la paz con los palestinos.

Trump coincidió plenamente:

Lo hemos hablado, y es algo muy diferente, que no se había tratado antes. Es un acuerdo mucho más amplio, mucho más importante, en cierto sentido. Incluiría a muchos, muchísimos países, y cubriría un territorio muy grande. Así que no sabía si ibas a mencionarlo, pero ahora que lo has hecho, creo que es algo estupendo y creo que contamos con una cooperación muy buena de gente que en el pasado jamás habría pensado en hacer algo así.

Y añadió:

Nuestra nueva idea, que venimos discutiendo desde hace algún tiempo, es algo que permite mostrar más flexibilidad que antes, porque tienen un tablero de juego más amplio. (…) Les puedo decir que, desde el punto de vista de Bibi y el punto de vista de Israel, creo de verdad que quieren llegar a un acuerdo y que querrían ver ese gran acuerdo.

No hay duda de que a los israelíes, en principio, les gustaría ver ese “gran acuerdo”, porque conllevaría la normalización de sus relaciones diplomáticas y económicas con los Estados árabes del Golfo. ¿Puede funcionar? No se sabrá hasta que se intente, y Trump tiene planes al respecto.

Tal vez la mayor noticia de la visita y la rueda de prensa fue que Trump defiende el proceso de paz. En lugar de abandonar los esfuerzos por lograr un acuerdo de paz como una pérdida de tiempo, su intención es lanzarse a ello, o al menos que lo haga su Administración, con su yerno Jared Kushner a la cabeza. Es posible que se pueda lograr algo. El viejo enfoque israelo-palestino de dentro afuera tiende a ser un todo o nada, y cuando fracasa sólo genera rabia y decepción. Tal vez la Administración pueda mejorar las relaciones y la cooperación entre Israel y los Estados árabes, aunque el acuerdo de paz definitivo resulte esquivo.

Pero debería moderarse el optimismo. La cooperación con Israel siempre es arriesgada para los Estados árabes, y por eso la gestionan en secreto. Para ellos, es un potencial problema político doméstico de gran magnitud, así que, ¿por qué deberían arriesgarse? La respuesta es que con ello mejoraría la suerte de los palestinos, pero eso nunca ha sido, y no lo es ahora, un objetivo atractivo para la mayoría de los líderes árabes. Está muy bien si se consigue, pero no merece la asunción de ningún riesgo importante. Son más propensos a intentarlo si un presidente fuerte y fiable de Estados Unidos les presiona una y otra vez.

Y ahí está el problema. Los líderes árabes no saben todavía si tienen un presidente fuerte y fiable con el que trabajar, ni si va a hacer de este acuerdo de paz regional un importante objetivo que vaya a perseguir de manera sostenida en el tiempo.

© Versión original (en inglés): The Weekly Standard
© Versión en español: Revista El Medio