Contextos

Trump debe cumplir su promesa y trasladar la embajada a Jerusalén

Por Joshua S. Block 

Jerusalén
"El traslado de la embajada podría tener un efecto positivo en Oriente Medio. Demostraría a nuestro aliado más fuerte, Israel, que EEUU reconoce Jerusalén como su capital. Y comunicaría a los enemigos de Israel que la seguridad del Estado judío no es negociable para Washington"

El primer viaje de Trump al exterior, en mayo de 2017, coincidió con un día muy especial: el 50º aniversario de la reunificación de Jerusalén. La reunificación de la ciudad, en 1967, implicó que por primera vez desde la destrucción del Segundo Templo a manos de los ejércitos romanos, hace 2.000 años, los lugares sagrados del judaísmo estuvieran bajo soberanía judía.

Jerusalén es una ciudad vibrante, moderna y próspera. Es un lugar de peregrinación fundamental en la historia de judíos, cristianos y musulmanes, abierto a gente de todas las confesiones. Jerusalén alberga el Gobierno, el Parlamento y la Corte Suprema de Israel, así como universidades, museos y edificios históricos.

Jerusalén es la capital perfecta. Lo que falta son las embajadas de los países que tienen relaciones con el Estado de Israel.

El presidente Trump prometió que iba a cambiar eso. En su campaña electoral, prometió reiteradamente que la embajada de EEUU se trasladaría de Tel Aviv a Jerusalén; y dijo que lo haría “bastante rápido”. Pero en junio de este año renunció a aplicar una ley de 1995 que insta al traslado de la embajada, como han hecho todos los presidentes antes que él. Y hace poco, en una entrevista con el exgobernador de Arkansas Mike Huckabee, echó un jarro de agua fría a las expectativas de reubicación: “Quiero darle una oportunidad [al proceso de paz israelo-palestino] antes de pensar siquiera en trasladar la embajada a Jerusalén”, declaró.

Trump parece haber sido víctima del persistente mito de que las oportunidades para la paz se verían socavadas con una reafirmación de la soberanía de Israel sobre Jerusalén.

En respuesta a las palabras de Trump, el senador Charles Schumer, líder de la minoría demócrata, volvió a pedir al presidente que trasladara la embajada. Criticando la “falta de decisión” de Trump, Schumer afirmó: “Trasladar la embajada lo antes posible sería una forma adecuada de conmemorar el 50º aniversario de la reunificación de Jerusalén y de demostrar al mundo que EEUU la reconoce definitivamente como la capital de Israel”.

La postura de Schumer no es tan controvertida como los críticos de dicha medida suelen afirmar. Para empezar, es una posición de consenso en Israel. Y durante mucho tiempo los dos grandes partidos estadounidenses han apoyado la Ley sobre la Embajada de Jerusalén de 1995, que autoriza la reubicación de la misma. “El incumplimiento de esa ley no hace ningún bien a la relación entre EEUU e Israel, ni a las perspectivas para la paz árabe-israelí”, escribió una vez un grupo de senadores demócratas y republicanos al presidente Clinton para que no se abstuviera de su aplicación.

De hecho, el traslado de la embajada podría tener un efecto positivo en Oriente Medio. Demostraría a nuestro aliado más fuerte, Israel, que EEUU reconoce Jerusalén como su capital. Y comunicaría a los enemigos de Israel que la seguridad del Estado judío no es negociable para Washington.

Los rusos entenderían que los estadounidenses están reafirmando su poderío en Oriente Medio, una región dejada a merced de dictadores brutales y fanáticos religiosos por la anterior Administración. En cuanto a los palestinos, entenderían que el unilateralismo ya no va a producirles beneficios, y que la única vía de avance aceptable son unas negociaciones de paz genuinas.

Durante demasiado tiempo, la decisión de trasladar la embajada se ha retrasado por unas preocupaciones fuera de lugar sobre la incitación palestina que podría desencadenar. La incitación contra Israel es parte integral del discurso palestino desde hace generaciones. El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, dijo hace dos años sobre la presencia judía en Jerusalén:

Al Aqsa es nuestra y también lo es la Iglesia del Santo Sepulcro. No tienen derecho a profanarla con sus sucios pies. No se lo permitiremos y haremos todo lo que podamos para defender Jerusalén.

Sería, por lo tanto, un error entender la incitación palestina como una reacción a una decisión política. El traslado de la embajada no es la razón por la que los líderes palestinos siguen lanzando una constante lluvia de veneno contra los judíos. El resentimiento tiene una raíz mucho más profunda, lo propagan las instituciones y se celebra en las calles palestinas.

Cuando pones a plazas públicas y centros de mujeres el nombre de terroristas, estás fomentando una cultura del odio. Cuando ensalzas a los terroristas suicidas como “mártires” y como ejemplos para los palestinos, estás glorificando la violencia. Cuando niegas el derecho de Israel a existir, estás predicando una ideología genocida.

El exnegociador estadounidense Dennis Ross advirtió una vez de que no podría haber unas negociaciones de paz exitosas con los palestinos si hay un ambiente en la mesa de negociaciones y otro muy distinto en las calles. “La incitación sistemática en los medios, un sistema educativo que alimenta el odio y la glorificación de la violencia genera en los israelíes la sensación de que su verdadero propósito [el de los palestinos] no es la paz”, dijo Ross.

En Jerusalén hay una presencia judía continua desde hace 3.000 años, y y al senador Charles Schumer habría que felicitarle por seguir una larga tradición de apoyo bipartidista al traslado de la embajada.

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio