Contextos

Tras la 'primavera árabe'

Por José María Marco 

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La llamada primavera árabe fue acogida en muchos lugares con un sentimiento próximo al entusiasmo. Algunas voces, menos potentes en general, dejaron escuchar matices más cautos. Con el tiempo, el entusiasmo ha ido dejando paso a algo próximo al desencanto y la cautela a cierto triunfalismo, al verse corroboradas algunas de las expectativas más negativas que entonces, hace dos años, se expresaron sin demasiado eco.

Conviene tener en cuenta, ante todo, que los procesos políticos, sociales y culturales que se pusieron en marcha con la inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi abrían un proceso de larga o muy larga duración. Aunque con modos revolucionarios, estaba claro que aquello no iba a ser un espectáculo rápido, con cambio de escenario instantáneo para inaugurar una situación distinta. Por eso las comparaciones con el colapso de los regímenes comunistas no era la más adecuada. La primavera árabe abría los primeros compases de un proceso de cambio que hoy continúa, y probablemente en sus primeras etapas.

Las democracias liberales, en particular los países europeos por su vecindad y Estados Unidos por su influencia, tenían alguna obligación, si no de haber previsto lo que iba ocurrir, sí al menos de saber que la situación era de una extrema inestabilidad. No supieron ver nada y los hechos adquirieron una velocidad y un rumbo propios. Se comprobó, y se siguió viendo en los meses siguientes, que la información de la que se disponía era muy reducida. Aunque ahora hay mucha más, tampoco sabemos bien lo que está ocurriendo. Y si no conocemos la realidad, la capacidad de nuestros países para influir en ella se reduce de forma drástica. Desde esta perspectiva, el cambio en los países musulmanes corrobora un movimiento que viene de lejos. Las democracias liberales occidentales, que hasta hace poco tiempo eran el centro del mundo, no tienen ya los instrumentos para mantener esa posición central. En los países árabes y musulmanes se sabe mucho más de las democracias liberales que en estas de los primeros. No es el único caso, ni mucho menos. Esperemos que El Medio contribuya al cambio.

El movimiento corroboró también una realidad surgida con la caída del Muro de Berlín: el descrédito de los regímenes dictatoriales y autoritarios. Resulta significativo que en la caída de los dictadores árabes se diera tanta importancia a las redes sociales. Seguramente el papel que desempeñaron fue menor que el que se dijo, y sin duda alguna menos importante que la movilización de los islamistas o los medios de información más tradicionales (aunque globales) como Al Yazira. Aun así, a lo que se apuntaba con la insistencia en las redes sociales era a la emergencia de una situación en la que el poder político no puede ser ya ejercido fácilmente sin tener en cuenta una realidad social relativamente autónoma o menos dócil que antes.

Por otra parte, y con relación a la influencia de las democracias occidentales, el descrédito de los sistemas autoritarios afectó, muy en particular, a las dictaduras que en su día, después de la descolonización, proclamaron un ideario nacionalista y laico. El caso de Egipto permite comprender cómo con el tiempo las democracias liberales acabaron apoyando a regímenes autoritarios a cambio de estabilidad, comprendida esta en un sentido estrictamente reducido: mantener en la marginalidad a los movimientos islamistas. Si al menos estos regímenes hubieran garantizado el progreso económico y una cierta estabilidad social, es posible que la apuesta hubiera valido la pena. A largo plazo, regímenes basados en la represión, la corrupción y la cleptocracia, en la degradación de cualquier mínima idea de justicia y de dignidad, eran inviables.

No parece haber habido grandes esfuerzos para sustituirlos. La Guerra de Irak, que desmanteló el régimen bestial de Sadam Husein, no suscitó grandes entusiasmos en los países musulmanes. Conocemos la reacción en las democracias liberales: a partir de ahí, nos decantaríamos por la abstención. En el discurso de El Cairo, Barack Obama animó al cambio. Ahí nos quedamos, hasta la intervención en Mali.

La caída de las dictaduras nacionalistas y de tendencias laicas puso también en primer plano una realidad que a las democracias liberales occidentales les resulta difícil entender, como es la resistencia de las religiones y su voluntad de seguir presentes en el espacio público. Parece claro que el factor capital en la primavera árabe es el islam, y más en particular los movimientos políticos y sociales, como los Hermanos Musulmanes en Egipto, que han construido a partir del hecho religioso mecanismos de cohesión y de sentido capaces de agrupar y movilizar a mucha gente.

El islam va naturalmente más allá del espacio público y, como es bien sabido, entra directamente en la esfera política. Es, de hecho, la religión política por esencia. Vive además, desde los años setenta, uno de esos largos períodos, característicos en su historia, en los que reafirma y proclama la pureza de la fe y la práctica religiosa. Una suerte de reforma, en términos cristianos, que en bastantes ocasiones lleva al fanatismo, con consecuencias feroces. Intentar compatibilizar esta forma de vida religiosa con los presupuestos de las democracias liberales es difícil. Aun así, no queda más remedio que confiar, como ha explicado Bernard Lewis, en que la propia cultura musulmana sea capaz de ir construyendo por su cuenta formas de vida política que permitan grados de tolerancia y de pluralismo. Los países árabes y musulmanes tienen que recorrer ese camino por ellos mismos. Los occidentales, por nuestra parte, no debemos despreciar el gigantesco caudal de tradiciones jurídicas, de usos y de costumbres que siguen vivos en la cultura islámica.

En cuanto al terrorismo, la propia población musulmana habrá de comprender que una vez detenida la ofensiva contra Occidente, y en trance de ser acotados los espacios de extensión del islamismo en África y en Asia, el terror yihadista se centrará en los propios países musulmanes y tendrá –o está ya teniendo– efectos devastadores en la población, en la estabilidad, en la prosperidad. Nada puede sustituir el trabajo cultural, moral y político que las sociedades árabes o musulmanas tendrán que hacer por su cuenta.

Lo que las democracias liberales habrán aprendido es, en primer lugar, una cierta modestia, por no decir humildad. Difícilmente se puede dar lecciones cuando se tienen tan escasos instrumentos de previsión y de control y cuando se ha mantenido una línea tan crudamente realista. También habremos de empezar a mirar con otros ojos una realidad social en la que aspectos tan olvidados como la vida religiosa tienen una presencia mayor de la que en nuestras democracias liberales se quiere creer. El modelo liberal, de raíz cristiana y judía, es irrenunciable, pero no se puede instar a su aplicación literal en una cultura que lo niega masivamente.

Nada de todo esto quiere decir abstención. Las democracias liberales tienen la obligación de intervenir, incluso militarmente, en las zonas en las que la inestabilidad política suscita riesgos mayores para los vecinos o para el conjunto. También tiene que comprometerse en el apoyo de regímenes que garantizan cierta estabilidad y tienden a abrir la puerta a cierto pluralismo, como la monarquía marroquí o la jordana. Hay que favorecer el progreso económico y contribuir al fortalecimiento de una sociedad civil autónoma.

Un punto en el que las democracias occidentales deberían mantener una posición más clara es el del respeto a los derechos humanos. El trabajo debería empezar por nuestros propios países. Se ha avanzado mucho desde finales del siglo XX, y parece claro que la posible islamización de Europa ha quedado atrás. Hay que insistir, sin embargo, en la necesidad de no dejarse llevar por las tentaciones del multiculturalismo político y jurídico. Es verdad que el jacobinismo francés, que expulsa la religión del espacio público, no ha servido ni siquiera en Francia. Ahora bien, hay una frontera en la que hay que seguir insistiendo. La clave es el respeto a la ley y a los derechos humanos.

Eso también permitiría una mayor firmeza que la demostrada hasta ahora en la promoción de los derechos humanos en los países musulmanes. Es inaceptable que lo ocurrido con los judíos hace medio siglo –algo intolerable de por sí– se vuelva a repetir ahora con los cristianos. La libertad religiosa, la libertad de conciencia, la autonomía de las personas deben ser exigidas una y otra vez con claridad. Probablemente, esta sería una de las mejores contribuciones que podemos hacer al largo y crucial proceso que se abrió con la primavera árabe.