Imaginario

Thatcher en Tierra Santa

 

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(…) cada vez que visité el lugar que para las tres grandes religiones del mundo es Tierra Santa, me produjo una impresión indeleble. Todo el que haya estado en Jerusalén comprenderá por qué el general Allenby, al arrebatar la ciudad a los turcos, desmontó de su caballo para entrar en ella a pie, en señal de respeto.

Siento una enorme admiración por el pueblo judío, dentro y fuera de Israel. Siempre ha habido judíos entre los miembros de mi personal y de mi Gabinete. Yo sólo quería un Gabinete de personas activas e inteligentes y, con frecuencia, esas características eran judías. Mi viejo distrito de Finchley cuenta con un gran número de judíos. En los treinta y tres años que los he representado nunca ha venido un judío pobre y desesperado a uno de los gabinetes de consulta de mi distrito electoral. Ellos mismos han cuidado siempre de su propia comunidad.

(…) el asentamiento político y económico de Israel, en contra de adversarios tremendamente superiores y encarnizados, es una de las gestas heroicas de nuestra época. Ellos han sabido hacer realidad el «florecimiento del desierto». Me habría gustado, no obstante, que la insistencia israelí en el respeto de los derechos humanos de los refuseniks hubiera tenido equivalente en su valoración de las reclamaciones de los palestinos, despojados de tierra y sin Estado. Los israelíes sabían, cuando estuve en su país en mayo de 1986, que estaban tratando con alguien que no albergaba ninguna hostilidad hacia ellos, que comprendía sus inquietudes, pero que tampoco iba a aceptar sin condiciones los planteamientos sionistas. Por encima de cualquier otra cosa, me había ganado su respeto por alzarme contra el terrorismo dentro y fuera de las fronteras británicas (…).

Yo estaba convencida de que el auténtico objetivo consistía en reforzar la posición de los palestinos moderados, probablemente en asociación con Jordania, que con el tiempo abandonaría a los extremistas de la OLP. Mas esto nunca sucedería si Israel no lo promovía, y las condiciones miserables en las que tenían que vivir los árabes en Cisjordania y en Gaza no hacían sino empeorar las cosas. También pensaba que debían celebrarse elecciones locales en Cisjordania. Pero en esa época uno de los opositores más enérgicos a estas concesiones –o a cualquier otra cosa parecida– era el ministro de Defensa, señor [Isaac] Rabin, con quien había desayunado el lunes. Rabin estuvo leyéndome sus consideraciones durante cuarenta minutos, sin dar tiempo a que nos comiéramos una triste tostada.

Por muy difíciles que fueran los problemas diplomáticos, de lo que no cabía duda era de lo muy efusivamente que nos habían recibido en Israel (…) El martes, de camino hacia el aeropuerto para el viaje de regreso, hice un alto en Ramat Gan, localidad de las afueras de Tel Aviv hermanada con Finchley, mi viejo distrito de Inglaterra. Esperaba encontrarme con el alcalde y con unos cuantos digantarios, quizá algunos viejos conocidos. Pero me esperaban 25.000 personas. Me vi inmersa (…) en una enorme multitud de entusiastas ciudadanos, mientras me abrían paso a codazos (…) hasta una tribuna desde la que tuve que hacer un discurso improvisado, que son siempre los mejores. Posteriormente, durante la Guerra del Golfo,  cayeron en Ramat Gan misiles Scud procedentes de Irak. En el pueblo de Finchley se recaudó dinero para volver a levantar los edificios destruidos. Ésta, pensé, es la hermandad que tendría que haber en todas partes.

(Margaret Thatcher, Los años de Downing Street, El País-Aguilar, Madrid, 1993, pp. 442-445).