Revista de Prensa

Terror en Turquía

 

Recep Tayyip Erdogan.

La represión ordenada por Erdogan tras la intentona golpista ha afectado ya a decenas de miles de empleados públicos, que han perdido su trabajo, principalmente en el Ejército y la judicatura. Zia Weise, periodista radicada en Estambul, hace aquí una panorámica de cómo están las cosas en el país tras la declaración del estado de emergencia y de la situación próxima a la paranoia que permea el ambiente.

Es fácil reírse de esto como una paranoia sin base, pero abundan las historias de hombres que han llamado a la Policía para denunciar a sus esposas por criticar al Gobierno, caciques con listas de sospechosos y vecinos que informan unos de otros.

En Düzce, una ciudad a medio camino entre Estambul y Ankara, un hombre de 60 años fue arrestado el pasado jueves después de que un transeúnte le viera tirar una caja, en la que la Policía descubrió después libros escritos por Fethullah Gülen.

Y aunque la mayoría de los turcos bostezó ante la reciente difusión por parte de Wikileaks de 300.000 emails procedentes de los servidores del AKP (muchos eran spam), había mensajes enviados a funcionarios del Gobierno en los que se citaba a personas a las que se había escuchado por casualidad “insultar” a Erdogan, a otros ministros o al islam.

El analista ruso Ilia Lakstigal analiza las implicaciones de la intentona golpista en las relaciones de Turquía con Occidente, Rusia y Siria.

La represión que ha tenido lugar en el Ejército, la situación en la base aérea de Incirlik y las persistentes solicitudes de extradición de Gülen no contribuirán a mejorar las relaciones con Washington. Al mismo tiempo, los intentos de mejorar las relaciones con Rusia no significan que Turquía vaya a abstenerse de seguir políticas imperialistas en Oriente Medio o de proporcionar asistencia a los rebeldes sirios. Quizá no sea una tendencia a largo plazo, pero es una señal a los estadounidenses, que acaban de hacer otro ‘acuerdo sirio’ durante la última visita de Kerry a Moscú.

Los familiares de la periodista Marie Colvin han denunciado ante la Justicia estadounidense su asesinato por parte del régimen sirio. El periodista saudí Mohamed Chebarro cree que el caso puede servir para poner de manifiesto a los ojos de Occidente las políticas de exterminio que sigue Bashar al Asad.

Hasta el momento, más de 100 periodistas y activistas locales han pagado con sus vidas el tratar de cubrir la guerra de Siria, y la demanda [por el asesinato de] Marie Colvin revela una política del régimen de Damasco que pone en el punto de mira a los que intentan difundir noticias sobre el conflicto. La demanda está basada en el testimonio de desertores del régimen, informadores, periodistas ciudadanos y otros desde la diáspora siria, recogidos y contrastados durante un periodo de tres años.

Lo que revela la demanda es lo que ya es de conocimiento público en Oriente Medio, pero  menos conocido en Occidente: el régimen ha tratado en diversas ocasiones de que el mundo mire hacia otro lado ante el genocidio que se ha cometido en Siria en los últimos cinco años.

Para colmo de males, hay voces crecientes en Occidente que sugieren la necesidad de trabajar con Asad para dominar al Estado Islámico, bloquear la huida de refugiados sirios a Europa y decidir el futuro del régimen en una etapa posterior.

La demanda, en todo caso, debe persuadir a muchos acerca de la miopía y la inutilidad de este proceder. El presidente Asad no esperó a recibir una citación del tribunal americano para responder a la demanda. En una entrevista con NBC News, Asad insistió en que Colvin fue responsable de su propia muerte, idea ampliamente repetida por el asediado jefe del régimen sirio cuando se aborda la cuestión de quién ha matado a 300.000 civiles.