Contextos

Sisi vs. Morsi: una lucha a vida o muerte

Por Jonathan S. Tobin 

El general Sisi, presidente de Egipto.
"Por muy duros que hayan sido los métodos del Gobierno, éste es consciente de algo que muchos de sus críticos en el extranjero, así como la Administración Obama, suelen olvidar: está atrapado en una lucha a vida o muerte con los Hermanos Musulmanes""Sisi no quiere medias tintas con los Hermanos Musulmanes ni con sus aliados de Hamás en Gaza. En un 'Juego de tronos' de la vida real, el exgeneral parece creer que dejar vivo a Morsi supondría, en último término, prolongar una cruenta lucha"

Pocos pueden haberse sorprendido de que el pasado sábado un tribunal egipcio condenara a muerte a Mohamed Morsi, expresidente del país. Pero el anuncio de la sentencia suscitó las críticas de la mayor parte de Occidente, entre ellas una del Departamento de Estado norteamericano. Estados Unidos afirmó que la sentencia era injusta y minaba la confianza en el imperio de la ley. Dado lo arbitrario tanto del juicio como de la sentencia, resulta difícil discutir esa afirmación. El anuncio no fue más que la culminación de un proceso que en poco se pareció a una búsqueda de hacer justicia. Pero quienes pretenden emplear la sentencia como motivo para interrumpir la ayuda estadounidense a Egipto se equivocan igualmente. Por muy duros que hayan sido los métodos del Gobierno, parece que éste es consciente de algo que muchos de sus críticos en el extranjero, así como la Administración Obama, suelen olvidar: está atrapado en una lucha a vida o muerte con los Hermanos Musulmanes en la que sólo puede haber dos resultados: permitir que éstos vuelvan a intentar transformar Egipto en una tiranía islamista o seguir con el régimen militar. Está claro que esto último es el menor de los dos males, aunque los métodos empleados por los militares sean deplorables.

La condena a muerte no es más que la última señal de que el Gobierno militar, encabezado por el exgeneral Abdel Fatah al Sisi, está decidido a erradicar cualquier vestigio de resistencia por parte de los partidarios del régimen de los Hermanos Musulmanes que presidió Morsi. Éste es sólo uno de tantos personajes sometidos a juicio exprés con el resultado decidido de antemano. Estas sentencias no harán que Sisi gane muchos amigos en el extranjero, ni que los musulmanes radicales acepten su Gobierno, porque matar a Morsi no hará más que proporcionarles otro mártir. Pero aunque su muerte no beneficie mucho a El Cairo, Sisi no quiere medias tintas con la Hermandad ni con sus aliados de Hamás en Gaza. En un Juego de tronos de la vida real, el exgeneral parece creer que dejar vivo a Morsi supondría, en último término, prolongar una cruenta lucha.

Pese a que el juicio fue una parodia de justicia, lo que resultó interesante fue que entre los condenados por el asalto que sacó de la cárcel a Morsi en 2011 durante el levantamiento contra Hosni Mubarak había 70 palestinos. Al parecer, eran miembros de Hamás llegados a Egipto desde Gaza a través de los túneles de contrabando, y estaban decididos a ayudar a que sus primos de la Hermandad se hicieran con el poder. Lograron derrocar a Mubarak y luego ayudaron a que Morsi fuera elegido en lo que, al menos superficialmente, fueron unas elecciones democráticas. Estos detalles muestran tanto lo estrecho del vínculo entre los Hermanos Musulmanes (que durante su intento de hacerse con el poder trataron de engañar a Occidente con una supuesta moderación) y sus compañeros terroristas islamistas, como por qué los militares han sido tan inflexibles desde entonces en el aislamiento de Gaza.

Lo que vino a continuación fue un año de pesadilla, en el que los Hermanos Musulmanes trataron de consolidarse en el poder y evitar cualquier intento de reemplazarlos por medios democráticos. Ello provocó un levantamiento masivo que sacó a decenas de millones de egipcios a la calle en contra de Morsi, lo que desencadenó el golpe militar que llevó a Sisi al poder. Los críticos del actual presidente aciertan al llamarlo autócrata y al decir que su Gobierno es represor. Pero también parece contar con la aceptación, cuando no con el apoyo, de la mayoría de los egipcios, porque se dan cuanta de que la única alternativa a los militares no sería la democracia liberal, sino una nueva tiranía islamista.

Si el presidente Obama no hubiera perdido la confianza de la mayoría de los egipcios podría estar en posición de salvar a Morsi. Pero tras torpedear a Mubarak y luego apoyar al Gobierno de los Hermanos Musulmanes, condenar el golpe y amenazar con cortar las ayudas, en Egipto quedan pocos que estén interesados en su opinión, y Sisi menos todavía. Si los egipcios no hacen caso a lo que están diciendo los norteamericanos sobre violaciones de derechos humanos es porque consideran que semejantes defensores son unos hipócritas que estaban perfectamente dispuestos a permitir que Morsi siguiera en el poder y sumiera Egipto en el abismo de un régimen islamista.

Aunque sería sensato no convertir a Morsi en un mártir sería sensato, quienes abogan por aislar al Gobierno de Sisi para obligarlo a mostrar clemencia no están ayudando a Egipto ni a la causa de los derechos humanos. La única esperanza de poder liberalizar la sociedad egipcia es aplastar de tal forma a los Hermanos Musulmanes que no haya posibilidad alguna de que intenten hacerse de nuevo con el poder. Hasta entonces, los militares proseguirán con sus medidas draconianas, y probablemente tengan a la mayoría de los egipcios de su parte.

© Versión original (inglés): Commentary 
© Versión en español: Revista El Medio