Revista de Prensa

Sisi mete el dedo en el ojo a Erdogan

 

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Oren Kessler, de la Foundation for Defense of Democracies, trae a colación el boicot de El Cairo a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU de apoyo al Gobierno turco para constatar que las relaciones turco-egipcias no atraviesan su mejor momento.

Egipto bloqueó una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU (…) de apoyo al Gobierno turco tras el intento de golpe de Estado en su contra (…) El movimiento de El Cairo es la última y más grosera indicación (…) de que tiene pocas intenciones de reconciliarse con Ankara (…).

(…)

Egipto se ve atrapado en una batalla existencial con la Hermandad y su calaña islamista, y no está (…) impresionado por las payasadas de Erdogan. Dada la mejora de su posición diplomática –con la bienvenida dada a su ministro de Exteriores en Jerusalén (…) y en Washington (…)–, El Cairo está aún menos dispuesto a enterrar el hacha de guerra con Ankara.

Hace cinco años, en el apogeo de la Primavera Árabe, Erdogan hizo una visita triunfal a la capital egipcia, donde fue acogido por una multitud de ciudadanos y su imagen lucía en carteles a lo largo de la carretera desde el aeropuerto. [Ahora,] en la ONU, los egipcios le han mostrado que no tienen previsto repetir esa escena a corto plazo.

En el décimo aniversario de la II Guerra del Líbano, Ruthie Blum, editora de The Algemeiner, cree que el fin del conflicto no se saldó con una victoria de Israel, como sostienen tantos políticos e historiadores: sólo hay que ver –apunta– cómo estaba Hezbolá en 2006 y cómo está ahora.

Como señalaba William Booth en ‘The Washington Post’ el pasado sábado, “hace diez años, Hezbolá lanzó 4.000 cohetes de corto alcance y relativamente primitivos contra Israel, alrededor de cien al día, matando a unos 50 civiles. Hoy, el grupo tiene 100.000 cohetes, incluidos miles de medio alcance, más certeros, con cabezas explosivas capaces de golpear en cualquier parte de Israel, incluidas Jerusalén y Tel Aviv, de acuerdo con los comandantes del Ejército israelí y los analistas militares en Israel y el Líbano”.

De hecho, [anota Booth], “Hezbolá es ahora una potencia militar regional, una fuerza de ataque transfronteriza, con miles de soldados curtidos en cuatros años de lucha en los campos de batalla sirios en nombre del presidente Bashar al Asad (…) Las tropas de Hezbolá han sido adiestradas por comandantes iraníes y financiadas por Teherán, y han aprendido a usar en combate algunos de las armas más sofisticadas”.

Steven Heydemann, del Center for Middle East Policy, aboga por que la colaboración entre las dos superpotencias en el conflicto sirio no se limite a la lucha contra el terrorismo, sino que vaya más allá para garantizar la estabilidad futura del país.

(…) una solución duradera a la guerra civil siria seguirá siendo difícil –y la estabilidad del Levante árabe seguirá en precario– a menos que la Administración estadounidense y la rusa acepten la necesidad de una estrategia global. Dicha estrategia debe ocuparse no sólo del Estado Islámico y el Frente al Nusra, sino de desafíos mucho más complicados, asociados con la transformación de un régimen de Asad que está cada vez más confiado en la inevitabilidad de su victoria militar y es cada vez más belicoso en su rechazo a una transición negociada.