Contextos

Sin cambio de régimen, y puede que sin ataque

Por Lee Smith 

Barack Obama.
"Obama considera la cuestión con estrechez de miras, como si Siria no fuera una preocupación fundamental para nuestros socios en la región, como si Damasco no hubiera tomado parte durante la última década en una guerra contra el orden norteamericano en Oriente Medio, la cual pone en peligro a nuestros aliados de Turquía, Jordania, Israel y de los Estados del Golfo""Si Obama contempla un cuadro más amplio en este caso, lo que le preocupa es que incluso una breve campaña contra Asad pueda impedir que Irán se siente a la mesa de negociaciones para llegar a un acuerdo respecto al programa nuclear, justo cuando las cosas pintaban tan bien con la elección de Hasán Ruhaní""El motivo por el que Obama es incapaz de comprender a Siria en términos estratégicos es que cree que hay piezas del puzzle que compone el cuadro completo de la región en lugares equivocados""Toda la estrategia de la Casa Blanca respecto a Oriente Medio no se basaba en adecuar los medios a los fines, en el equilibrio de poder, o en emplear fuerza contra los enemigos, sino, simplemente, en el poder de las palabras: las palabras de Obama"

Esta semana comenzó con la Casa Blanca decidida, al parecer, a castigar al presidente sirio Bashar al Asad por su uso de armas químicas, pero el miércoles Obama desinfló el globo. Esa noche, en el programa de la PBS Newshour, explicó que aún podría decidir no apretar el gatillo. “No he tomado una decisión”, dijo. “Los militares me han dado opciones y he debatido ampliamente con mi equipo de seguridad nacional”.

Algunos culpan del retraso a los británicos, que el miércoles anunciaron que estaban esperando al informe de los inspectores de sustancias químicas de Naciones Unidas, previsto para este fin de semana (suponiendo que el equipo de investigadores en Siria no vuelva a ser atacado por tiradores del régimen). De acuerdo a la lógica política de la Administración Obama, tiene todo el sentido achacar el retraso a Londres. Sometida a la presión doméstica de decidir si entra o sale, la Casa Blanca puede argumentar:

Bueno, incluso George W. Bush acudió a la ONU cuando Tony Blair lo exigió antes de comprometerse con la catástrofe iraquí; desde luego, este presidente va a escuchar a nuestros aliados en una cuestión tan seria como darle un tirón de orejas a un asesino de masas.

Mientras que Obama da la impresión de que, pese a todas las filtraciones aparecidas en la prensa a comienzos de esta semana, que le hacían parecer decidido y viril, está reconsiderando la cuestión, los desafiantes aliados y partidarios de Asad se están agrupando en torno al régimen y sacando pecho. El Líder Supremo de Irán, Alí Jamenei, amenazó con represalias contra Israel, una fanfarronada que se repitió en reductos partidarios de Hezbolá en el Líbano. En una página de Facebook favorable al régimen aparece una caricatura de un musculoso soldado sirio que le dice a un tembloroso Tío Sam: “Parece que te has olvidado de lo que es el Ejército Árabe Sirio”.

En absoluto, ¿cómo podríamos olvidarnos del poderoso Ejército sirio? Desde marzo de 2011 ha hecho la guerra a su propio pueblo, sin distinguir entre rebeldes armados y los civiles a los que estos orgullosos militares árabes han acribillado con fuerza aérea, artillería y, ahora, armas químicas. Durante dos años, incluso nuestros expertos militares, así como el Pentágono, nos han dicho que las defensas aéreas sirias son prácticamente impenetrables… excepto en las ocasiones en las que Israel las ha evitado o desbaratado. Lo cierto es que, tras soportar tal vez miles de víctimas y muchas más deserciones, el Ejército sirio, al que los rebeldes se refieren despectivamente como “el ejército de las sandalias”, es poco más que una milicia sectaria que debe depender de los refuerzos de la Guardia Revolucionaria iraní, de los combatientes iraquíes respaldados por Irán y, por supuesto, del brazo de la República Islámica en el Líbano: Hezbolá.

Al haber invertido tanto en la supervivencia de Asad, Jamenei ha dejado claro que Siria es una pieza clave en el proyecto iraní de expansión regional. Por otra parte, Obama considera la cuestión con estrechez de miras, como si Siria no fuera una preocupación fundamental para nuestros socios en la región, como si Damasco no hubiera tomado parte durante la última década en una guerra contra el orden norteamericano en Oriente Medio que pone en peligro a nuestros aliados de Turquía, Jordania, Israel y los Estados del Golfo. Para Obama, se trata sólo de que Asad le pone en una posición difícil al gasear a su propio pueblo. El presidente no está enfadado con el sirio: sólo decepcionado. Así, puede que tenga que castigarlo, lo que, desde su punto de vista, probablemente le vaya a doler a él más que a Asad. De hecho, puede que a éste no le duela en absoluto, porque, al anunciar que pretende atacar a las Fuerzas Armadas, Obama le ha dado tiempo de sobra para que traslade equipos y personal lejos del peligro y para que proteja objetivos potenciales con escudos humanos. El presidente de Estados Unidos está ansioso de que Asad sepa que todo esto no es por un cambio de régimen y, en realidad, ni siquiera por las armas químicas o por gasear niños mientras duermen: es por Obama, que, sin duda, desearía haber mantenido la boca cerrada el pasado agosto, cuando dijo que el uso de armas químicas cambiaría sus cálculos.

Durante la pasada semana, una serie de políticos y expertos en Oriente Medio estadounidenses (entre ellos, Elliott Abrams, Eliot Cohen o Michael Doran) han instado a la Administración a que piense en términos estratégicos en lo referido a ataque contra Siria. ¿Cuál es el paso siguiente tras los ataques aéreos? ¿Derrocar al régimen? ¿Cómo queremos influir en el resultado? ¿De qué forma mejora esto la posición norteamericana en Oriente Medio, en un momento en el que incluso nuestros aliados dicen que estamos perdiendo la capacidad de proyectar poder? Nada de esto preocupa a Obama. Si hay ataques sobre objetivos del régimen, eso será todo: “Aproximaciones limitadas y a medida”, dijo en Newshour, “nada de quedarse empantanados en un largo conflicto, ninguna repetición de, ya saben, Irak”.

Si Obama contempla un cuadro más amplio en este caso, lo que le preocupa es que incluso una breve campaña contra Asad pueda impedir que Irán se siente a la mesa de negociaciones para llegar a un acuerdo respecto al programa nuclear, justo cuando las cosas pintaban tan bien con la elección de Hasán Ruhaní, ¡un moderado! Puede que alguien, en la Casa Blanca, le esté diciendo al Comandante en Jefe que la mejor forma de hacer que Irán se siente a conversar es mostrarle que Estados Unidos es serio y peligroso, que tiene la voluntad y los medios para someter a sus enemigos. Señor presidente, sólo si le damos a alguien un puñetazo en la nariz podremos conseguir convencer a Irán de que verdaderamente hemos mantenido la opción militar sobre el tablero.

Obama tuvo la oportunidad de demostrarle a Teherán que iba en serio hace dos años, cuando la oposición siria se alzó por primera vez para defenderse. Pero en vez de respaldar a una fuerza intermedia para romper el eslabón más débil del bloque de resistencia iraní, la Casa Blanca indicó que aceptaba a Irán como macho alfa. La República Islámica seguro que entiende que Obama se daría por satisfecho con un pedazo de papel que le permitiera pasarle la cuestión nuclear a la siguiente Administración. El problema es que podría no conseguirlo: el último informe del Instituto de Ciencia y Seguridad Internacional muestra que Irán estará listo para alcanzar capacidad nuclear a mediados de 2014, o antes.

El motivo por el que Obama es incapaz de comprender a Siria en términos estratégicos es que cree que hay piezas del puzzle que compone el cuadro completo de la región en lugares equivocados. Sí, Asad está alineado con Irán y apoya a Hezbolá, que amenaza a Israel, un aliado fundamental de Norteamérica. Pero las relaciones del presidente sirio son puramente tácticas, medios para alcanzar un fin. Es un error considerarla una relación estratégica, basada en unos principios comunes –sobre todo, la oposición a la influencia norteamericana en la región–, porque Asad, a fin de cuentas, es un hombre práctico. Sí, ha librado una guerra contra Estados Unidos, que comenzó con la invasión estadounidense de Irak en 2003, pero, de todas formas, fue la guerra equivocada. La verdad es que no se le puede reprochar al líder sirio, porque, para empezar, América no debería haber estado allí.

Es cierto que el aeropuerto internacional de Damasco se convirtió en el centro de tránsito preferido de los combatientes extranjeros, quienes luego iban en autobús hasta la frontera iraquí, que cruzaban para combatir a las tropas estadounidenses. En 2005 hubo una serie de enfrentamientos entre éstas y soldados sirios, incluido un tiroteo en el verano que se saldó con varios muertos sirios, cuando unos rangers trataron de cerrar la frontera a los combatientes extranjeros. En 2007 el Pentágono descubrió que el 90% de los terroristas suicidas de Irak habían entrado a través de la frontera siria. Washington solicitó insistentemente al Gobierno de Damasco que entregara al subalterno de Abu Musab al Zarqawi, Abu Gadiyeh, y, finalmente, en 2008, envió fuerzas norteamericanas para que cruzaran la frontera y lo mataran. Pero ¿por qué culpar a Asad por tratar de frustrar el proyecto estadounidense en Irak, que habría situado a otro aliado de Washington en sus fronteras, junto a Turquía, Jordania e Israel? ¿Y si la violencia que exportó a Irak tenía como finalidad mostrar a los sirios que la denominada democracia de los americanos no era más que libertad para que los árabes se mataran unos a otros? Resulta desafortunado que Asad escribiera su pequeño drama dentro del drama con sangre de soldados norteamericanos, pero, objetivamente, simplemente estaba apuntalando su propio régimen.

La guerra de Bush en Irak puso a Asad en una situación difícil, pero Obama le iba a brindar un nuevo comienzo: entablaría relaciones con el régimen, cubriría el puesto de embajador, vacante desde 2005, y levantaría sanciones. Cualquier cosa que hubiera hecho Asad previamente pasaría a ser cosa de la Administración anterior: sí, apoyó a Hamás, respaldó a Hezbolá, probablemente ordenó el asesinato del primer ministro libanés Rafik Hariri, libró una sangrienta campaña contra figuras contrarias al régimen sirio en el Líbano, construyó una fábrica de armas nucleares secreta en el desierto… pero todo eso era irrelevante. El senador John Kerry, en las audiciones que protagonizó para hacerse con el papel de secretario de Estado, le dijo que habría un acuerdo con Damasco, que se podría apartarlo de Irán si se le presentaban incentivos suficientes. Y eso conduciría a un acuerdo aún mayor con Irán.

Hablar. Toda la estrategia de la Casa Blanca respecto a Oriente Medio no se basaba en adecuar los medios a los fines, en el equilibrio de poder, o en emplear fuerza contra los enemigos, sino, simplemente, en el poder de las palabras: las palabras de Obama. Quién iba a pensar que hablar iba a meter al presidente en este atolladero, que la advertencia de que sus cálculos podían cambiar le colocaría en una situación en la que se vería obligado a mostrar si verdaderamente era capaz de cambiarlos.

The Weekly Standard