Contextos

Si Jordania cae...

Por Clifford D. May 

Abdalá de Jordania
"Tanto Bashar al Asad, el dictador sirio respaldado por Irán, como los grupos afiliados a Al Qaeda que forman parte de la coalición que combate contra él consideran a Jordania un enemigo, porque es moderada, porque es aliada de Estados Unidos y porque está en paz con Israel""Entra dentro de lo posible que el pueblo jordano se esté preguntando: '¿Acaso lo que tenemos es tan malo? Si lo echamos abajo, ¿qué lo reemplazará?'""El rey Abdalá, de 51 años, es un devoto musulmán que ha construido junto a su palacio una mezquita con capacidad para 5.500 fieles. Pero, decididamente, no es un islamista: no cree que la misión de los musulmanes del siglo XXI sea resucitar el siglo VII"

Aquí, en el Reino Hachemita de Jordania, hay desplegados militares norteamericanos. Cerca de 5.000 soldadados estadounidenses se unieron a las fuerzas jordanas para la operación Eager Lion, unas maniobras que concluyeron con un gesto solidario: Estados Unidos ha dejado en el país un destacamento de F-16 y un sistema antimisiles Patriot, además de 700 efectivos para manejarlos y 200 expertos que enseñarán a los jordanos qué hacer en caso de ataques con armas químicas.

Lo que preocupa, por supuesto, es que la guerra en la vecina Siria pueda “extenderse”, una forma imprecisa de decir que tanto Bashar al Asad, el dictador sirio respaldado por Irán, como los grupos afiliados a Al Qaeda que forman parte de la coalición que combate contra él consideran a Jordania un enemigo, porque es moderada, porque es aliada de Estados Unidos y porque está en paz con Israel.

Jordania afronta además otros retos: dado que carece de petróleo y de gas natural, gasta una fortuna en importar el 96% de su energía y el 87% de su alimento. Hay escasez crónica de agua. Más de medio millón de refugiados sirios someten a una tensión aún mayor el tejido económico y social del país.

Pese a todo, el visitante en Amán no puede evitar sentirse impresionado por lo normales, incluso relajados, que parecen los jordanos. Los viernes por la noche, cuando concluye el día sagrado para los musulmanes, la gente sale por ahí, a cenar en elegantes restaurantes, a tomar algo en acogedores cafés, a comprar. Mientras paseo, encuentro galerías de arte, una joyería y una calle dedicada a las tiendas de mascotas. Las mujeres de Amán van bien vestidas y son libres de cubrirse o no; algunas de ellas adoptan inteligentes combinaciones, por ejemplo un pañuelo que cubre la cabeza, vaqueros ajustados y tacones altos. En el Taj, un centro comercial completamente moderno, hay salas de oración (separadas para hombres y mujeres), pero también una tienda de Victoria’s Secret.

Sí, puede que esta sea la calma que precede a la terrible tempestad. Pero también es posible que la sociedad jordana sea más fuerte de lo que se cree. Los jordanos miran alrededor y ven a Siria inmersa en una guerra civil que se ha cobrado ya más de 90.000 vidas; el Yemen, sacudido por una rebelión alentada por Irán y en la que luchan combatientes de Al Qaeda; Egipto, con la economía en caída libre por culpa del Gobierno de los Hermanos Musulmanes; Irak, desangrándose en una lucha sectaria que sólo en el mes de mayo se ha cobrado más de mil vidas; que Pakistán los yihadistas atacaron en días pasados un autobús escolar cargado de muchachas y luego el hospital adonde las llevaron para atenderlas; y que Turquía anda convulsa debido al creciente autoritarismo islamista, que ha provocado manifestaciones masivas de protesta. Entra dentro de lo posible que el pueblo jordano se esté preguntando: “¿Acaso lo que tenemos es tan malo? Si lo echamos abajo, ¿qué lo reemplazará?”.

Lo que tienen, por supuesto, es al rey Abdalá II, de cuya coronación se cumplieron 14 años el mes pasado. Se puede argumentar que los monarcas gozan de una legitimidad con la que los dictadores sólo pueden soñar. Pero es más complicado que todo eso: por una parte, los antepasados de Abdalá no nacieron en estas tierras sino en el Heyaz, la franja de Arabia ribereña con el Mar Rojo. Por otra parte, el rey desciende del profeta Mahoma, y fue el clan de los hachemitas, al que pertenece, el que durante un milenio custodió La Meca y Medina, los lugares más sagrados del islam.

Posteriormente, a comienzos del siglo pasado, los saudíes, un feroz clan guerrero aliado de los wahabíes, una secta fundamentalista religiosa, depusieron a los hachemitas. Los británicos, que se habían hecho cargo del antiguo territorio otomano de Palestina, les encontraron un nuevo hogar al este del río Jordán que en 1921 recibió el nombre de Emirato de Transjordania; en 1946 se convirtió en el Reino de Transjordania, y en 1949 adoptó su nombre actual, Reino Hachemita de Jordania.

El rey Abdalá, de 51 años, es un devoto musulmán que ha construido junto a su palacio una mezquita con capacidad para 5.500 fieles. Pero, decididamente, no es un islamista: no cree que la misión de los musulmanes del siglo XXI sea resucitar el siglo VII, época en la que una religión nacida en Arabia dio lugar a la creación de ejércitos que, con asombrosa rapidez, conquistaron y colonizaron territorios cristianos y politeístas y llegaron a dominar el mundo durante más de mil años.

Los restos de ese imperio –desde Marruecos a Indonesia, pasando por Albania o Bangladesh– constituyen lo que hoy en día denominamos “el mundo musulmán”: más de 50 países, la mayoría de ellos no libres, y menos que tolerantes con sus poblaciones minoritarias supervivientes.

El rey se considera un reformista, alguien que cree en la monarquía constitucional, en la democracia representativa y en la meritocracia. Creo que los hechos apoyan esa pretensión. Pero también entiende que las instituciones y los hábitos democráticos deben ser producto de una evolución, no pueden imponerse de la noche a la mañana en culturas donde la fuerza de ancestrales lealtades tribales supera a la de las nuevas ideas.

En cualquier caso, la guerra civil en la vecina Siria es lo que más preocupa actualmente a Jordania. Amán dice que no está tomando partido. Ha desmentido informaciones según las cuales la CIA y fuerzas especiales estadounidenses estarían entrenando a rebeldes sirios en suelo jordano. Asad no se lo cree. Un día, mientras me encontraba reunido con miembros de la Administración jordana, estalló la polémica a causa del embajador sirio, Bahiat Suleimán, que había utilizado su página de Facebook para llamar a Basam Manasir, un destacado parlamentario jordano, “servidor de los enemigos de Siria y de Jordania” (pueden adivinar a quiénes se estaba refiriendo). Como respuesta, Manasir exigió la expulsión del embajador.

Sea cual sea el desenlace de la crisis siria, resultará problemático para Jordania. Si Asad sobrevive, estará más en deuda que nunca con Irán y con su agente, Hezbolá. Según una nueva encuesta del Centro de Investigaciones Pew, al 81% de los jordanos no le gusta el régimen iraní. Por otra parte, si los rebeldes logran derrocar al dictador –hace unos días, el presidente Obama se comprometió a ayudar a las facciones nacionalistas–, Jordania podría acabar enzarzada con grupos afines a Ben Laden, que están siendo las fuerzas más efectivas en la lucha contra Asad.

La yihad no parece estar extendiéndose a Jordania, pero el reino no es inmune al virus. Recordemos que fue un jordano, Abu Musab al Zarqawi, quien dirigió la filial de Al Qaeda en Irak tras la caída de Sadam Husein y quien envió numerosos terroristas suicidas contra objetivos chiíes y norteamericanos. Fue también Zarqawi el responsable de una serie de atentados contra hoteles de lujo en Amán en 2005, en los que murieron 60 personas. Logró lo que para él suponía el martirio al año siguiente, cuando fuerzas estadounidenses lanzaron una bomba de 225 kilos sobre lo que él consideraba una casa segura.

También tenemos el caso del agente triple Humam Jalil al Balawi, médico y yihadista online, reclutado por la inteligencia de Jordania para actuar como topo dentro de Al Qaeda. En diciembre de 2009 se colocó un chaleco-bomba de casi 15 kilos y lo hizo estallar en una base de la CIA en Afganistán. Murieron siete agentes y Alí ben Zeid, su contacto jordano, miembro de la familia real.

El mundo musulmán no es monolítico. Pero podría serlo si los norteamericanos, hartos por la fatiga y la frustración, dejaran el Reino Hachemita de Jordania a merced de yihadistas e islamistas, términos que los asesores del monarca no evitan emplear, a diferencia de tantos funcionarios norteamericanos y europeos políticamente correctos. Los jordanos ven con sus propios ojos que la marea bélica no está retrocediendo sino todo lo contrario. Sin el continuo apoyo norteamericano, ellos y otros musulmanes moderados se encuentran en peligro de ser inundados por las aguas invasoras del terrorismo y el imperialismo teocráticos, por muy resistentes que sean.

Foundation for Defense of Democracies