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Sí, hay que acabar con el Estado Islámico

 

Si el otro día nos hacíamos eco del artículo de Efraim Inbar, director del Begin-Sadat Center for Strategic Studies (BESA), en el que advertía de que la destrucción del EI sería un “error estratégico”, hoy nos fijamos en la réplica que ha publicado, también en BESA, el doctor Eran Lerman, coronel de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) en la reserva que se ha trabajado en la Oficina del Primer Ministro de su país en ámbitos relacionados con las relaciones exteriores y la seguridad nacional.

Estado Islámico

Cartel del Estado Islámico.

A diferencia de Inbar, Lerman cree que la supervivencia del EI, aun en precarias condiciones, supone no un problema sino una ventaja extraordinaria para la República Islámica de Irán, que ambos coinciden en considerar una amenaza mucho más grave que la representada por la organización del califa Bagdadi.

Inbar está en lo cierto al sostener que Irán que un Estado poderoso con ambiciones nucleares, una gran base industrial y una seria aspiración a la hegemonía regional y al desbaratamiento del orden global existente. Por el contrario, los hombres de Bagdadi –pese a su pornografía de la muerte y su influjo sobre los ‘lobos solitarios’ que operan en Occidente– no tienen nada de eso.

Aun así, una estrategia que deje al EI maltrecho pero vivo podría acarrear graves peligros.

En primer lugar, la de que el terrorismo no ha de ser tolerado es una norma muy valiosa. (…) Dado el legado del 11-S, [la de la contención del terrorismo] ya no es una realidad aceptable.

[Por otro lado,] (…) si bien es cierto que la tradición chií santifica a los derrotados en el campo de batalla, los suníes no lo hacen. Una derrota total (…) podría llevar al colapso total de las ideas que enarbola el EI.

En cuanto a Irán, la pervivencia del EI y sus horrores es un regalo para [el ‘líder supremo’ de la República Islámica, Alí] Jamenei. Se sirve de ello para tentar a Turquía, cargar contra Arabia Saudí y justificar los desmanes infligidos a los suníes de Siria e Irak por parte de los peones de Irán.

Lerman también considera pertinente y, sobre todo, justo librar a kurdos y yazidíes de tan tremebundo enemigo, y afirma que en esta ocasión la moralidad y el realismo no tienen por qué entrar en conflicto. Y en el tramo final de su réplica trae a colación dos ejemplos especialmente enjundiosos:

Hemos de evitar posiciones que socaven nuestros principios morales. Eso fue lo que llevó al presidente Ronald Reagan al acuerdo Irán-Contra, su gran error. Eso fue lo que nubló el juicio de quienes vieron en Yaser Arafat, el hombre que estuvo detrás de la criminal profanación de los JJOO de 1972, un socio confiable.