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Seguimos viviendo con el mayor error de Eisenhower (1)

Por Michael J. Totten 

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"Los presidentes de EEUU cometen los mismos errores en política exterior una y otra vez. Intervienen cuando no deben. Se quedan al margen cuando es la peor de las opciones. Basurean a amigos y aliados mientras confían en enemigos arteros. Si, como dijo Karl Marx, la Historia se repite primero como tragedia y después como farsa, ¿qué se supone que tenemos que decir cuando la Historia se repite década tras década, 'ad infinitum'?"

Los presidentes de EEUU cometen los mismos errores en política exterior una y otra vez. Intervienen cuando no deben. Se quedan al margen cuando es la peor de las opciones. Basurean a amigos y aliados mientras confían en enemigos arteros. Si, como dijo Karl Marx, la Historia se repite primero como tragedia y después como farsa, ¿qué se supone que tenemos que decir cuando la Historia se repite década tras década, ad infinitum?

Corresponde a los historiadores la tarea de salvarnos de la maldición de George Santayana, por la que aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo; pero los historiadores sólo pueden salvar a quienes se toman el tiempo de estudiar los registros históricos; e incluso entonces sólo funciona si los registros históricos son correctos.

Así que demos gracias por el valiente intento de Michael Doran, investigador del Hudson Institute, de salvarnos de la ignorancia y la mala historiografía en su tonificante Ike’s Gamble: America’s Rise to Dominance in the Middle East (“La apuesta de Ike: el ascenso de Estados Unidos a la predominancia en Oriente Medio”). Doran nos guía con destreza a través de la crisis de Suez de 1956, con sus terribles consecuencias, cuando el presidente republicano Dwight Ike Eisenhower aprendió por las malas que Israel –no Egipto ni cualquier otro Estado árabe– debía ser la base de la estructura de seguridad de Estados Unidos en la región.

Cuando Eisenhower inició su primera legislatura, en 1953, la Guerra Fría sólo tenía seis años. No todos los países habían elegido bando. Oriente Medio y el norte de África eran en su mayor parte neutrales, y Eisenhower esperaba llevar el mundo árabe a la órbita norteamericana.

Gran Bretaña y Francia seguían siendo las potencias occidentales predominantes en la región, pero soplaba un viento nacionalista y anticolonialista, especialmente en Egipto, donde los sedicentes Oficiales Libres, liderados por Mohamed Naguib y el carismático joven Gamal Abdel Naser, habían derrocado al rey Faruk el año anterior. En aquel momento, Naser y otros nacionalistas del mundo árabe parecían ir a la vanguardia de toda la región, y si Eisenhower quería que los árabes se alinearan con Washington y contra Moscú tenía que entrarles por el lado bueno.

Sin embargo, Ike estaba en una posición difícil, ya que los aliados tradicionales de Estados Unidos seguían siendo potencias coloniales. Gran Bretaña y Francia habían trazado la mayoría de las fronteras de Oriente Medio tras la caída del Imperio Otomano en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, e instalaron y respaldaron varios regímenes en esa parte del mundo. En Egipto, Gran Bretaña había acuartelado soldados en el Canal de Suez; además, la Compañía del Canal de Suez era propiedad de inversores británicos y franceses, que se quedaban casi todos los beneficios que dejaban los barcos que transitaban hacia y desde el Mediterráneo y el Mar Rojo. La hostilidad hacia el nuevo Estado de Israel también era generalizada, desde Bagdad hasta Rabat, especialmente en los países fronterizos con Israel, como el propio Egipto.

De modo que Ike y su equipo de política exterior sintieron la necesidad de distanciarse de Gran Bretaña, Francia e Israel para evitar que los Estados árabes se alinearan con la Unión Soviética. Naser se estaba convirtiendo rápidamente en el líder de la política árabe regional, y quería todo lo que quedaba del imperio británico, aparte de Egipto. Eisenhower y su secretario de Estado, John Foster Dulles –ambos antiimperialistas natos–, decidieron actuar como honrados mediadores, como decían ellos, entre El Cairo, Londres, París y Jerusalén.

Estados Unidos fue el anfitrión de las negociaciones entre los británicos y los egipcios sobre el estatus de la base militar británica en el Canal, y los estadounidenses se pusieron del lado de Egipto y forzaron a Gran Bretaña a firmar un acuerdo que ordenaba la retirada de todos sus soldados en un plazo de veinte meses. Con una victoria en el bolsillo, Naser fue a por la siguiente. Nacionalizó la Compañía del Canal de Suez, aunque se suponía que no iba a estar bajo control egipcio hasta 1968, según el acuerdo, y cerró los Estrechos de Tirán a la navegación israelí.

El 29 de octubre de 1956, Gran Bretaña, Francia e Israel invadieron Egipto simultáneamente y dejaron a Eisenhower en la estacada. Ike pensaba que la acción militar era la peor respuesta posible, pero al mismo tiempo esperaba una rápida victoria de Occidente, y le exasperaba la tardanza e incompetencia de Gran Bretaña. Aun así, se alineó a regañadientes con Egipto e impuso paralizantes sanciones económicas cuyo efecto fue el privar a Europa de energía importada. “Los que comenzaron esta operación”, dijo a sus ayudantes, “deberían arreglárselas solos para resolver sus problemas de petróleo; que se frían en su propio petróleo, por así decirlo”.

Gran Bretaña no tenía más alternativa que retirarse, seguida de Francia e Israel.

Ike no se sentía cómodo haciendo nada de eso. Gran Bretaña y Francia eran, al fin y al cabo, aliados de Estados Unidos, aunque hubiesen actuado con imprudencia. Simplemente, le parecía que no tenía muchas opciones. “¿Cómo vamos a apoyar a Gran Bretaña y a Francia si al hacerlo perdemos a todo el mundo árabe?”, dijo.

Pero Naser había engañado a Eisenhower, y lo había hecho de manera magistral.

Si conocen un poco la historia de la región, ya sabrán que Naser, de todos modos, alineó Egipto con la Unión Soviética y espoleó al mundo árabe con un frenesí antiamericano. Ike perdió su apuesta. El corazón de Naser siempre había estado con Moscú. Utilizó astutamente a Eisenhower como herramienta para sus propias ambiciones y tenía previsto apuñalar de frente a Estados Unidos desde el principio.

Uno de los engaños de Naser debería resultar conocido a cualquiera que haya seguido los dolorosos pormenores del chapucero proceso de paz árabe-israelí. Una y otra vez, Naser utilizó una estrategia que Doran llama “ofrecer y retrasar”. Una y otra vez ofrecía a ojos de Eisenhower la seductora idea de la paz entre Egipto e Israel, para luego demorar cualquier paso adelante por una u otra razón espuria. Nunca tuvo la intención de hacer la paz con Israel, o de participar siquiera en negociaciones serias.

Naser, sin embargo, sí participó en unas teatrales negociaciones armamentísticas con Washington que sabía no iban a ninguna parte.

Eisenhower quería equipar al Ejército egipcio. Pero Naser no era estúpido. Sabía que Ike pondría condiciones. Los soldados egipcios necesitarían recibir entrenamiento de los americanos, y dependerían de Estados Unidos para obtener piezas y recambios. Naser, en realidad, quería que lo armara la Unión Soviética y atarse a ella, pero tenía que fingir lo contrario, no fuera que Eisenhower se alineara con Gran Bretaña, Francia e Israel. Así que Naser saboteó poco a poco las negociaciones con Estados Unidos de forma que Washington pareciese poco razonable. De esa manera, cuando recurriera a la Unión Soviética para obtener armas podría decir de forma medianamente verosímil que no le había quedado más remedio.

Naser fingió con tanta habilidad ser proamericano que convenció a Estados Unidos para que le diera un canal de radiodifusión de alcance mundial que le permitió hablar a todo el mundo árabe por radio. Washington esperaba que utilizara sus discursos radiofónicos para arengar al mundo árabe a favor de EEUU y contra los rusos. En su lugar, los utilizó para atacar a EEUU con virulenta propaganda antiamericana y debilitar a los aliados árabes de Occidente. “Naser fue el primer líder revolucionario en el Oriente Medio de posguerra que aprovechó la tecnología para pasar por encima de la cabeza de los monarcas y llegar directamente a la gente de a pie”, escribe Doran. “De repente, la monarquía hachemí [en Irak y Jordania] se vio sentada encima de volcanes”.

© Versión original (en inglés): The Tower
© Versión en español: Revista El Medio

Michael Doran, Ike’s Gamble: America’s Rise to Dominance in the Middle East, Free Press, 2016.