Revista de Prensa

¿Se unirá Putin a la lucha contra el Estado Islámico?

 

Vladímir Putin.

En este artículo para la CNN, Alexander Nekrassov explica la relación que a su juicio existe entre el problema de Ucrania y el de Siria. Nekrassov dice que, de hecho, Ucrania y Siria comparten frontera, por las implicaciones geopolíticas que la situación de los dos países tienen de cara al equilibrio de fuerzas de las grandes potencias mundiales. Según el autor, Putin podría embarcarse en la coalición contra el Estado Islámico ahormada por EEUU a cambio de dejarle las manos libres en las provincias del Este de Ucrania de cara a pacificar una zona altamente sensible para la seguridad de Rusia.

¿Qué va a pedir Putin a cambio de ayudar a derrotar al Estado Islámico? Esa es la pregunta que probablemente están rumiando en la Casa Blanca mientras usted lee esto. Bien, da la casualidad de que la solución del lío en el Este de Ucrania es un proyecto personal de Putin –como Siria lo fue el año pasado. El presidente ruso querrá algún tipo de garantía de que Kiev aceptará el nuevo acuerdo respecto al estatus especial de Donetsk y Lugansk que mantendría las cosas en calma en las provincias orientales, al menos hasta la próxima primavera. Ese es un acuerdo que el Kremlin podría considerar que vale la pena.

Lo más gracioso de todo es es que la “amplia coalición” que Obama propuso puede que nuca vea la luz y, en ese momento, los únicos países que realmente van a ser capaces de ayudar a EEUU a combatir al EI serán Irak, Irán, Siria y Rusia, con este último proporcionando armamento a los sirios. Lo que no es realmente sorprendente  si consideramos hasta qué punto Ucrania y Siria están conectadas.

Julio María Sanguineti escribe para el diario argentino La Nación esta pieza en la que especula con la hipótesis de que el Ejército israelí sea derrotado. Las consecuencias, sostiene Sanguineti, no se limitarían a Oriente Medio sino que tendrían un efecto inmediato en los ambientes de radicalismo islamista de los países europeos (principalmente Francia y Gran Bretaña) y de EEUU. Los jóvenes extremistas diseminados por las zonas de conflicto en Oriente Medio podrían volver sus miradas a sus países de adopción y desatar una guerra global contra Occidente.

La conclusión de esta molesta hipótesis que planteamos es que la lucha de Israel para defender su sobrevivencia, tantas veces cuestionada, debiera mirarse como un conflicto que largamente excede el marco del Medio Oriente y representa el interés de todo el mundo occidental. Del mismo modo que los procesos de integración inmigratoria en las potencias de Occidente requieren una política compleja e inteligente, que no puede ser simplemente represiva ni tampoco ingenua. Es un equilibrio difícil, porque a diferencia de las inmigraciones históricas, que luchaban por integrarse, la fundamentalista es a la inversa: pretende imponer sus valores, aun en contra de los de aquellos que las reciben. Hay allí un complejo escenario que se desarrolla en entidades religiosas, educativas y sociales, donde construir puentes no es sencillo, pero resulta cada día más imprescindible.

La tregua entre Israel y Hamas no ha cancelado el conflicto sirio, el egipcio ni el iraquí, donde los cristianos están pagando un tributo de sangre, ni ha desarmado la bomba de tiempo que encierra Europa. El desafío está en encontrar el esquivo camino para desarmar el detonador. Es claro que no es un tema sólo militar ni exclusivamente de Estados Unidos e Israel. Es de todo Occidente y se encara así, global y comprometidamente, o el incendio continuará propagando sus llamas.

Adam Baron, analista político londinense con amplia experiencia en Yemen, explica en este artículo para Al Yazira las claves de la situación política del país del Golfo tras el éxito de la revuelta huzi, grupo chií liderado en la actualidad por Abdulamele al Huzi, hermano pequeño del fundador Husein.  La llegada de los huzis a la capital, Saná, culmina una escalada de hechos sangrientos, con miles de víctimas desde su inicio en 2011 al socaire de las revoluciones de la llamada Primavera Árabe, de los que la prensa internacional no suele hacerse eco. La presencia de los huzis en el nuevo Gobierno de coalición, como explica Baron, no garantiza una paz duradera y la reconciliación nacional, dadas las reservas del grupo chií que ha decidido mantener activo su brazo armado. La corrupción y el descontento popular con los últimos gobiernos suníes añade confusión a un conflicto en el que lo religioso, lo político y lo económico se mezclan en un caos que puede desembocar en una guerra civil.

Sobre el papel, el acuerdo de paz es un buen acuerdo- una reescritura del alcanzado con la mediación del Consejo de Cooperación del Golfo- que proporciona una mayor inclusión y, con suerte, allanará el camino hacia un Gobierno más funcional en Yemen. El problema, como suele ser habitual, es su aplicación.

Los huzis dicen que están comprometidos con la paz. El líder del grupo, Abdulmalek al Huzi, dio un discurso magnánimo y nacionalista el pasado 24 de septiembre, llamando a la inclusión y a la unión de todos los yemeníes para construir juntos el país. Pero muchos siguen temiendo que la retórica no sea más que un caballo de Troya, dado que los huzis rechazaron la firma de un anexo en el que se acordaba la retirada de sus tropas, mientras los combatientes del grupo apuntan hacia las casas de sus adversarios en Saná.

La mayor parte del resto del país está también en el filo de la espada. Queda por ver si los separatistas del sur aprovechan el tumulto del norte para romper finalmente con Saná.

La mayoría de los huzis y sus simpatizantes, todavía emocionados por la victoria, hablan con optimismo sobre el futuro; incluso muchos yemeníes no alineados con el grupo ven con esperanza que los huzis podrán traer al menos una calma relativa.

Sin embargo, el país permanece en el filo de la navaja e incluso el presidente Hadi ha advertido que el Yemen está en riesgo de una guerra civil o de su disolución.

Jean Aziz explica en este artículo los motivos por los que el grupo terrorista chií libanés está alarmado ante la llegada de combatientes extremistas suníes procedentes de Siria. La zona sur del Líbano, donde Hezbolá tiene su bastión, está recibiendo numerosos grupos de terroristas suníes aprovechándose de la permeabilidad fronteriza con Siria. También en el norte, en la zona de Arsal, se está produciendo ese mismo fenómeno, lo que podría envolver a Hezbolá en medio de dos fuegos. Al mismo tiempo, la proximidad de la frontera con Israel en el sur añade un elemento adicional de tensión, ante la posibilidad de que determinadas acciones terroristas de los combatientes sirios contra el Estado hebreo desate una respuesta global contra las organizaciones armadas presentes en la zona, incluida Hezbolá.

La infiltración de militantes sirios no sólo amenaza con desencadenar un choque potencial con Israel, sino también incitar a una lucha entre suníes y chiíes en áreas libanesas muy críticas, primero por ser adyacentes a Israel y segundo por constituir un bastión estratégico para Hezbolá. Todo ello puede estar detrás del aumento de la infiltración, especialmente a la vista de lo que está ocurriendo en siria, desde Quneitra hasta los Altos del Golán.