Revista de Prensa

¿Se ha hartado Trump de los saudíes? – El Líbano ha muerto; toca resucitarlo – Con Erdogan, Turquía no tiene remedio

 

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El analista británico John R. Bradley llama la atención sobre una decisión reciente del presidente norteamericano que puede provocar un auténtico vuelco en el tablero estratégico mesoriental.

En un movimiento llamativo incluso para sus propios patrones mercuriales, Donald Trump ha autorizado la retirada de dos sistemas de misiles Patriot que custodian instalaciones petrolíferas en Arabia Saudí, así como la de los centenares de militares norteamericanos que los manejan. (…)

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¿Estamos asistiendo al principio del fin de un pacto de ‘seguridad por petróleo’ entre EEUU y Arabia Saudí que ha sido clave en la implicación norteamericana en la región durante 75 años, pero sobre todo desde la revolución iraní de 1979? (…)

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(…) a nadie debería caberle la menor duda de que Trump está furioso con [el gobernante de facto de Arabia Saudí, Mohamed] ben Salman por haber destruido la industria del fracking norteamericana con su temeraria guerra de precios petroleros con Rusia. (…)

(…) ciertos asesores del Pentágono dicen que Teherán “ya no representa una amenaza inmediata para los intereses estratégicos norteamericanos”. En otras palabras: si Irán lanza otro ataque misilístico, los saudíes se las tendrán que apañar solos. He aquí un reconocimiento extraordinario de que, dado el nuevo enfoque que considera a China el enemigo número 1, Trump ya no da prioridad a contener a Irán.

(…) En realidad, [Trump] está retomando su aversión instintiva a los monarcas saudíes (como candidato republicano, se pasó la mayor parte del tiempo tachando a Arabia Saudí de no ser un aliado de fiar y de patrocinar el terrorismo) y a los interminables conflictos de Oriente Medio. Así las cosas, a nadie debería sorprender que en los próximos meses y semanas se produzca un relajamiento de las posiciones de la Administración sobre el acuerdo nuclear con Irán.

Alberto M. Fernández, presidente de Middle East Broadcasting Networks, sentencia a un Líbano comido por el sectarismo, la incompetencia y las penurias económicas y llama a su ciudadanía a trabajar por, sobre las ruinas actuales, levantar un país más pequeño en términos simbólicos (para los mundos árabe e islamista) pero mucho más grande en términos civilizatorios y de calidad de vida. 

El Líbano afronta una de las peores crisis que haya sufrido jamás; el colapso económico y el hambre acechan por doquier. Décadas de vivir por encima de sus posibilidades, la corrupción endémica y la incompetencia gubernamental se están cobrando su mortífera cuota. (…)

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(…) Cuanto más se asimila el Líbano al resto del mundo árabe, cuanta menos diversidad alberga, se hace más intolerante, deja menos espacio para la crítica de las élites y los poderosos y ofrece menos alicientes para recibir apoyo de Occidente. Si sigue la senda que sus gobernantes le han trazado, su futuro es ser una suerte de Gaza, pero con montañas y unos cuantos cristianos más. (…)

El auténtico futuro del Líbano se encuentra justo en el sentido opuesto al que ha tomado. Un Líbano diverso y tolerante sería marcadamente distinto de otros países del ‘mundo árabe’, sería algo único y muy valioso, digno de atención. Ese Pequeño Líbano podría evitarse guerras y conflictos regionales, como la cercana Chipre, y trazarse su propio rumbo, en vez de servir temerariamente como una base misilística iraní de avanzada para la próxima guerra contra Israel. No sería más pequeño de lo que es hoy día, lo de ‘pequeño’ alude a que miraría exclusivamente por sus intereses y a que fomentaría aquello que le distingue y separa [del resto del mundo árabe]. Se alejaría de las ideologías arabistas e islamistas y de los asfixiantes callejones sin salida a los que conducen. Un Líbano así concedería unos niveles de libertad personal y de expresión inauditos en otros países arabófonos.

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Que el Pequeño Líbano emerja es tan probable como la restauración de los Habsburgo o el retorno del Sah. (…) el ‘statu quo’ es inaceptable para nosotros (…) y hemos de encaminarnos hacia un futuro diferente. En el Líbano, puede que sea demasiado tarde para resucitar al moribundo, pero no es demasiado pronto para empezar a trabajar en su resurrección. 

Michael Rubin, del American Enterprise Institute, da por perdida a Turquía como aliada de EEUU y de Occidente y arroja un jarro de agua fría sobre los optimistas que piensan que la derrota del caudillo islamista en las principales ciudades del país en las elecciones municipales del año pasado puede ser el principio del fin del reinado del anti-Ataturk.

Ya no hay la menor duda de que Recep Tayyip Erdogan es un autócrata y un islamista. Su objetivo es monopolizar el poder, acumular riqueza para su familia y cambiar los principios sobre los que opera la sociedad turca.

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El comportamiento turco lleva décadas siendo inexcusable: ha apoyado a afiliados de Al Qaeda y al Estado Islámico, emprendido campañas de limpieza étnica contra los kurdos en Siria (…), sustraído recursos recursos naturales de la zona exclusiva económica de Chipre, ayudado a Irán a sortear sanciones internacionales, incrementado sus vínculos defensivos con Rusia, practicado la incitación antiamericana y librado una guerra a gran escala contra la libertad de prensa y pensamiento. (…)

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(…) Tras 17 años en el poder, 30 millones de turcos se han formado bajo el régimen del dictador, y prácticamente todos los militares en activo le deben su carrera.

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Quizá los optimistas confíen en que la derrota de Erdogan en Estambul el año pasado sean un indicio de que los turcos pueden recuperar su país y de que la democracia puede aún domeñar el afán de poder vitalicio de Erdogan (…) Pero parece que la lección que ha aprendido Erdogan no es la de que hay que escuchar al pueblo, sino la de que debe castigar a Estambul y ser aún más despiadado con la oposición, real o imaginaria.