Contextos

Se acabó el statu quo

Por Eli Cohen 

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"La población ultraortodoxa ya lleva años, desde que se habló en serio de reformar la ley e igualar en derechos y obligaciones a los ciudadanos israelíes, manifestándose en contra de que se les obligue a servir en el Ejército, llegando a extremos demenciales en sus quejas. La semana pasada, tanto en las calles de Jerusalén como en las de Manhattan, miles y miles de haredim salieron a la calle a protestar""Ben Gurión quería que Israel fuera un Estado reconocido por todos los sectores del judaísmo y, rindiendo homenaje a la patria de los judíos durante dos mil años de nación sin tierra, a la religión, no sólo adelantó el plazo concedido por la ONU para declarar la independencia de Israel para no hacerlo en shabbat; también otorgó a la comunidad haredí una serie de privilegios y competencias que ha provocado cismas y altercados sociales en Israel, sobre todo en los últimos veinte años"

Con motivo del habitual discurso de Netanyahu en la conferencia anual de Aipac, Ari Shavit le daba lo suyo al premier israelí en Haaretz. En un formato casi de carta abierta le decía a Bibi que vivía en su propia realidad, en su burbuja, y que no se percataba de que la mayoría de la judería norteamericana, si bien de intensa tradición proisraelí, se siente progresivamente más alejada del Estado judío actual, debido principalmente a los privilegios y poder de los ultraortodoxos y a la ocupación de los territorios palestinos.

Shavit puede tener razón en lo segundo, pero, desde ahora, en lo primero se equivoca. Bibi, azuzado por todos sus socios de gobierno –ciertamente, él nunca se atrevió porque en sus anteriores coaliciones tenía partidos haredim– ha llevado a la reforma de la Ley Tal, que eximía de hacer el servicio militar obligatorio a los israelíes judíos ultraortodoxos que adujeran que estaban estudiando en una yeshivá (escuela religiosa). Tras la aprobación de la ley, tienen dos opciones: o se alistan, o hacen el denominado servicio nacional, el cual consiste en trabajar en organismos públicos o instituciones privadas con fines sociales durante el lapso de tiempo que dura el servicio militar, tres años para los hombres, dos para las mujeres.

La población ultraortodoxa ya lleva años, desde que se habló en serio de reformar la ley e igualar en derechos y obligaciones a los ciudadanos israelíes, manifestándose en contra de que se les obligue a servir en el Ejército, llegando a extremos demenciales en sus quejas. La semana pasada, tanto en las calles de Jerusalén como en las de Manhattan, miles y miles de haredim salieron a la calle a protestar. Hace dos años, la protesta incurrió en la más profunda de las vergüenzas cuando bloquearon los barrios religiosos de Mea Shearim y Geula vestidos como prisioneros de campos de concentración nazis.

Sin embargo, si alguno de ellos hubiera leído un periódico normal, habría sabido que la batalla ya estaba perdida. El Gabinete liderado por Bibi cuenta con 68 escaños en la Knesset y los sucesores al trono, tanto Avigdor Lieberman como Naftalí Bennet o Yair Lapid, llevaban en sus agendas dar este vuelco histórico. De hecho, esta ley se aprueba a pesar de Bibi, y no gracias a él.

Después de la votación y sin poco más que argumentar, el parlamentario haredí Moshe Gafni advirtió que “ni olvidarán ni perdonarán a Netanyahu” y que Israel ya no es un Estado judío y democrático.

No sólo se ha aprobado la conocida como Draft Law para corregir una situación  injusta, sino también, como ocurre en el noventa por ciento de los casos, por una cuestión económica. El chiste popular que reza: En Israel un tercio trabaja, un tercio paga impuestos y un tercio va al Ejército. Y siempre es el mismo tercio representa un drama social en el país, pero el pasado miércoles comenzó el principio del fin.

Es ciertamente escandaloso que la oposición de izquierdas, los laboristas de Avodá y Meretz, no acudieran a votar en el Parlamento la reforma de la ley. El orgullo, o quizá la impotencia, han hecho que, al no ser ellos los protagonistas de este paso histórico que cambiará el Israel que conocemos hasta hoy, hayan huido en desbandada. Pero es que, si atendemos a la historia, no ha podido ser de otra manera. Primero, era necesario que ningún partido haredí formara parte de la coalición de Gobierno, y segundo, que existiera una legitimidad moral para su aprobación. Un requisito que ha venido de la mano de un partido religioso, Habait Hayehudí (“El Hogar Judío”) de Naftalí Bennet, y de otro partido laico que integra a rabinos en sus listas, Yesh Atid (“Hay Futuro”) de Yair Lapid.

Este problema, al que, ciertamente, aún le queda mucho tiempo para solventarse, lo provocó Ben Gurión con el famoso statu quo. En aquel entonces había sólo un puñado de familias ultraortodoxas; ni siquiera el Viejo, con la altura de miras que le caracterizaba, pudo preveer que los haredim tuvieran un crecimiento demográfico tan exponencial. Ben Gurión quería que Israel fuera un Estado reconocido por todos los sectores del judaísmo y, rindiendo homenaje a la patria de los judíos durante dos mil años de nación sin tierra, a la religión, no sólo adelantó el plazo concedido por la ONU para declarar la independencia de Israel para no hacerlo en shabbat; también otorgó a la comunidad haredí una serie de privilegios y competencias que ha provocado cismas y altercados sociales en Israel, sobre todo en los últimos veinte años.

Durante su historia, la religión judía se ha caracterizado por un gran dinamismo y capacidad de adaptación, hasta que tiró bruscamente del freno de mano en el siglo XIX, con la aparición de la Haskalá (el iluminismo judío). A partir de entonces, la ortodoxia dejó de ostentar el monopolio, y surgieron muchas vertientes religiosas; incluso dentro de la ortodoxia existe un gran enfrentamiento contra los haredim: por ejemplo, Naftalí Bennet es ortodoxo. Desde el pasado miércoles, se abre un nuevo capítulo en la historia de Israel… y del judaísmo.