Contextos

‘Sam’ y el gato ‘sabra’

Por Lee Smith 

gatito

Ya está cerca el aniversario del inicio de la última guerra entre Israel y el Líbano, el próximo viernes, y eso me hace preguntarme cómo le irá a Israel. No al país, por supuesto: siete años después de combatir a Hezbolá en su frontera norte durante 34 días, prospera. Me refiero al gato Israel.

Una noche, un par de meses antes de que estallara la guerra, iba yo de camino a mi casa de Beirut tras pasar la velada con unos amigos cuando oí maullar a una gata. Miré a mi alrededor y vi cómo se asomaba desde detrás de la rueda de un coche aparcado. Aún era una gatita, mucho más pequeña de lo que su maullido hacía suponer, y parecía hambrienta. Mientras decidía si ir a buscarle una lata de atún antes de dejarla a su suerte, ella tomó la decisión por mí. Trepó por mis vaqueros y mi americana, usando las garras, y se acomodó en mi hombro. En cuanto contempló la hermosa vista de la ciudad y del Mediterráneo desde el balcón de mi apartamento, decidió quedarse.

La gata, moteada en blanco, negro y tonos rojizos, a la que llamé Sam, procedía del gran clan felino que vive en el campus de la Universidad Americana de Beirut, al que los estudiantes alimentan y cuidan. Eso forma parte de la ambivalente relación que los libaneses que crecieron durante los quince años de guerra civil tienen con los gatos y perros callejeros.

En su maravilloso Diario de un gato, la novelista libanesa Emily Nasrala explica que uno de los aspectos de esa guerra en los que menos hincapié se hace es en el gran número de mascotas a las que la violencia arrojó a las calles. Nasrala cuenta la guerra a través de los ojos de una gata y de la niña que la acoge.

La triste ironía del libro es que la guerra también dejó a muchos jóvenes libaneses con terror a los animales. “Los padres solían decirles a sus hijos que si no se portaban bien, los perros y los gatos salvajes de la calle vendrían a por ellos”, me dijo mi amigo Fawaz. A uno de mis vecinos libaneses, Sam le repelía y fascinaba a la vez; quería tocarla, pero luego se ocultaba detrás de mí en cuanto se le acercaba demasiado.

Lo mismo les pasaba con los perros. Fawaz y yo paseábamos por el centro con su golden retriever blanco, y libaneses elegantes y sofisticados se apartaban por miedo. Pese a que muchos musulmanes se mantienen alejados de los perros, a menudo eran turistas de los países del Golfo, incluidas chicas vestidas de negro de la cabeza a los pies, los que solían detenerse a acariciar al retriever de Fawaz y a jugar con él.

Antes de que transcurriera mucho tiempo, me llegó el turno de huir de la violencia, y mi gata moteada se vino conmigo. Dejamos Beirut una semana después de concluida la guerra de 2006, pusimos rumbo a Damasco, luego a Jordania y finalmente a Jerusalén, donde alquilé un apartamento en un sótano de la calle Emek Refaim. Como Sam era una gata callejera, resultaba difícil mantenerla en casa. Empujaba el panel suelto de la ventana de la cocina y desaparecía durante todo el día. Por la noche se sentaba en lo alto del árbol que había delante de nuestro edificio, esperaba a que yo volviera a casa después de cenar con amigos y bajaba para darme la bienvenida.

Entre unas cosas y otras, no tuve ocasión de castrar a Sam antes de que comenzara la guerra y nos embarcáramos en nuestra despreocupada vida de refugiados. Cuando el verano dio paso al otoño y me preparaba para regresar a Estados Unidos, yo permanecía ajeno a la realidad de que es muy probable que una gata que pasa fuera la mayor parte del tiempo acabe preñada. También se me escapaba el hecho de que muchos gatos macho solían merodear en torno al apartamento.

Cuando dejamos Israel, las chicas de la frontera, con sus uniformes verdes y sus sandalias, estaban locas con Sam, pero ninguna tanto como Alex, un enorme chico ruso-israelí cuya unidad había luchado en el Líbano dos meses antes. “¡Un gato libanés!”, exclamó. “Tengo que conseguir uno”. Si lo hubiera sabido entonces, le podría haber proporcionado dos, de linaje israelí por parte de padre.

Los dos gatitos de Sam, ambos machos, nacieron en Washington. Sé quién es su padre, me dije mientras veía cómo se despegaban sus orejitas en las primeras semanas: uno de los bribones de Emek Refaim, un robusto y duro gato blanco y negro, con ojos tan viejos como los de un general israelí, un auténtico sabra, un sionista.

Así que cuando llegó el momento de dar a los gatitos, la web de Craigslist se llenó de conversaciones sobre los dos “gatitos de la paz”, medio libaneses y medio israelíes: Líbano, blanco y negro, y su hermano marrón y blanco, Israel.

The Weekly Standard