Contextos

¿Resuelve algo la solución del Estado único?

Por Einat Wilf 

Banderas de Palestina e Israel.
"Cuando los supremacistas religiosos judíos defienden la solución del Estado único, excluyendo convenientemente a los palestinos de Gaza y la diáspora, y ofrecen respuestas enrevesadas a las preguntas de si habrá igualdad civil para todos, los árabes pueden alegar de manera convincente que dicha solución no se promueve de buena fe, y que los árabes palestinos no pueden esperar ser tratados con justicia e igualdad en tal Estado. En sentido inverso ocurre lo mismo: cuando los árabes palestinos, o los intelectuales de izquierdas que dicen defender la causa de los árabes palestinos, promueven la solución del Estado único (aunque sea sólo como consigna), en la que, como resultado de la inmigración y las tasas de crecimiento, los árabes se convirtieran rápidamente en la mayoría y los judíos vivieran como minoría, la carga de la prueba recaería directamente sobre los árabes""Una vez que ambas reconozcan la igualdad de derechos de la otra respecto al territorio, tanto en el plano individual como en el colectivo, y acepten que ninguna puede tenerlo todo, podrán entonces averiguar la mejor manera de organizar sus vidas de un modo que maximice sus propias esperanzas y sueños dejando espacio a los de la otra parte. Después de todo, esta es una condición igual de necesaria para el éxito de la solución de los dos Estados y para la del Estado único, si es que es una solución"

La idea de que la fallida solución de los dos Estados al conflicto en Oriente Medio entre los judíos y los árabes deba reemplazarse por la solución del Estado único está ganando aceptabilidad, especialmente en círculos académicos e intelectuales. Pero ¿podría la solución del Estado único resolver algo que no haya podido resolver la de los dos Estados? Al fin y al cabo, a fin de que los judíos y los árabes coexistan pacíficamente y alcancen la justicia en el marco de un único Estado democrático, es una condición necesaria que ambos pueblos acepten la igualdad del otro, tanto en el plano individual como en el colectivo. El mismo tipo de condición se necesita para el éxito de la solución de los dos Estados. Así que si la solución de los dos Estados no es posible, tampoco lo es la del Estado único.

Si los judíos y los árabes fuesen a preparar el borrador de una Constitución que fuera algo más que un trozo de papel inútil y asegurara su convivencia, tendrían que reconocerse unos a otros como demandantes iguales del territorio y como pueblos con igual valor, al margen de sus diferencias. Ese acuerdo es necesario porque ambos pueblos estarían renunciando a su derecho universal a la autodeterminación en su propio Estado nación, a fin de vivir juntos en un solo Estado. Ambos tendrían que tener garantías más allá de toda duda razonable de que sus derechos, tanto en el plano individual como en el colectivo, estarían asegurados en un único Estado.

Si los judíos o los árabes de un territorio con un único marco actuaran bajo la creencia de que los del otro pueblo, en el plano individual, no son sus iguales, y, en el colectivo, no poseen el mismo derecho a estar en el territorio, utilizarían simplemente los mecanismos del Estado, así como la violencia, para oprimirlo e intentar expulsarlo. La convivencia pacífica y democrática no sería posible.

El argumento intelectual para la solución del Estado único se desmorona si una de las partes puede demostrar que tiene buenos motivos para creer que el marco del Estado único le negaría la justicia y la igualdad. Cuando los supremacistas religiosos judíos defienden la solución del Estado único, excluyendo convenientemente a los palestinos de Gaza y la diáspora, y ofrecen respuestas enrevesadas a las preguntas de si habrá igualdad civil para todos, los árabes pueden alegar de manera convincente que dicha solución no se promueve de buena fe, y que los árabes palestinos no pueden esperar ser tratados con justicia e igualdad en tal Estado.

Eso es más que suficiente para rechazar cualquiera de esos planteamientos.

En sentido inverso ocurre lo mismo: cuando los árabes palestinos, o los intelectuales de izquierdas que dicen defender la causa de los árabes palestinos, promueven la solución del Estado único (aunque sea sólo como consigna), en la que, como resultado de la inmigración y las tasas de crecimiento, los árabes se convirtieran rápidamente en la mayoría y los judíos vivieran como minoría, la carga de la prueba recaería directamente sobre los árabes. Los judíos tienen todo el derecho a preguntarse si serían tratados con justicia e igualdad en un Estado único donde los árabes fueran mayoría. Corresponde a los árabes presentar un argumento convincente, más allá de toda duda razonable, de que los derechos de los judíos, tanto en lo particular como en lo colectivo, estarían plenamente protegidos.

¿Pueden asegurar de manera convincente que se puede confiar en que tratarán con igualdad a los judíos en un Estado único donde los árabes fueran mayoría? No.

Para ser justos, incluso hoy hay pocos Estados que puedan plantearlo de manera convincente. (Esa es precisamente la razón por la que los judíos insisten en materializar su derecho universal a la autodeterminación). Incluso los pocos países que podrían demostrar su capacidad para tratar a los judíos como iguales y defender sus derechos sólo lo han hecho de manera plena en las últimas décadas, y, de entre esos países, son aún menos los que parecen estar considerablemente asegurados ante el peligro de que se revierta esa igualdad de trato a los judíos. De hecho, los pocos países de esa lista son los únicos en los que viven y prosperan cifras elevadas de judíos.

No hay ningún país árabe en esa lista. Los judíos, como individuos, nunca han sido tratados como iguales a los árabes en ningún país de mayoría árabe. Los judíos, como colectivo, nunca han sido aceptados como un pueblo igual; igual a los árabes en su reclamación de su tierra ancestral, igual en su reclamación de cualquier parte del descompuesto imperio otomano, donde ambos vivían. La sociedad árabe ha seguido negando la idea de que los judíos sean sus iguales como individuos, y desde luego ha negado vehementemente la idea de que los judíos sean un pueblo y una nación, en pie de igualdad con la gran nación árabe o las distintas naciones árabes.

Impera cierta mitología en algunos círculos, promulgada a veces por los propios árabes, de que los judíos y los musulmanes vivieron durante siglos en armonía en los territorios árabes. Eso implicaría que, de no haber sido por el sionismo, habría continuado siendo así. Esto es similar al mito promulgado por Margaret Mitchell sobre la armonía de los negros y los blancos en Lo que el viento se llevó. En la medida en que exista cualquier armonía parecida entre los judíos y los musulmanes en el mundo árabe, está surgirá de que los judíos reconozcan y acepten su estatus subordinado de dimmíes, tolerados y protegidos por los musulmanes como “gentes del Libro” (en vez de ser asesinados o convertidos a la fuerza como infieles). Mientras los judíos aceptaran su estatus como “pueblo protegido y subordinado” a los musulmanes árabes, y estuviera claro quién era el amo y quién tomaba las decisiones, podían vivir en relativa armonía. Se trata de una armonía que sólo podía perdurar siempre que los considerados inferiores no tuvieran las agallas de reclamar la igualdad.

El mundo árabe musulmán puede demostrar sin duda que durante periodos prolongados trató a los judíos mejor que los europeos cristianos, y puede enorgullecerse de no haber perpetrado un genocidio industrial contra los judíos –aunque era un listón muy bajo–, pero no puede afirmar que haya visto o tratado alguna vez a los judíos como auténticos iguales.

La supuesta armonía entre subordinados y superiores se vino abajo cuando los judíos, primero bajo el régimen colonial, que introdujo el concepto de emancipación, y después con el auge del sionismo, se atrevieron a reclamar la igualdad. La extravagante exigencia judía de igualdad con los musulmanes en los territorios árabes dio lugar a una escalada de la violencia, libelos de sangre y pogromos contra los judíos, y culminó con la limpieza étnica, la confiscación de los bienes de los judíos y su expulsión de los territorios árabes –un millón, algunos en comunidades preexistentes al islam–, en venganza por la mayor transgresión de todas: la insistencia judía en que son un pueblo y una nación tanto como los árabes. Y es más: que tienen derecho a un Estado soberano propio en un pequeño rincón del desintegrado imperio otomano, que resulta que es también su patria ancestral, pero que los árabes han considerado suya desde que la conquistaron en el siglo VII.

Desde entonces, la sociedad árabe ha seguido negando que el pueblo judío sea su igual como pueblo, aceptándolo únicamente como miembro de una religión, y negando sus derechos colectivos en su tierra, alegando que los judíos no son un pueblo de la tierra sino extranjeros sin conexión con ella. El sionismo no fue el origen de la actitud de los árabes musulmanes hacia los judíos, sino que sólo reforzó esa actitud en una intensa creencia.

La partición de 1947, y todas las subsiguientes ofertas y oportunidades para dividir el territorio entre un Estado judío y uno árabe, fue rechazada, no porque fuese una división no equitativa, sino porque un Estado judío en cualquier parte del territorio –fuese del 1 o del 99 por ciento– se consideraba una afrenta. La reclamación judía de igualdad ante los árabes como pueblo ha sido la fuente del persistente rechazo de los líderes árabes y palestinos a aceptar cualquier solución de dos Estados, fuese en 1947, en 1967, en 2000 o en 2008.

El hipotético supuesto de que los líderes árabes palestinos hayan aceptado en algún momento la solución de los dos Estados (es decir, uno judío y otro árabe) e Israel haya tenido la culpa de liquidar esa opción mediante la construcción de asentamientos ignora convenientemente el hecho de que los árabes jamás han aceptado la solución de los dos Estados para los dos pueblos, o cualquier acuerdo para la creación de un Estado palestino si dicho acuerdo suponía la aceptación definitiva de que el territorio sería compartido con un Estado judío. Al menos en 1947 los Estados árabes tuvieron la integridad de admitir públicamente que su rechazo a la división se basaba en la convicción de que cualquier Estado judío, de cualquier tamaño, era un insulto intolerable.

¿Acaso los judíos deberían ignorar toda esta historia y mirar el presente con optimismo?

Por desgracia, hay poco en el mundo árabe actual que inspire confianza en que los árabes estén superando su pasado y estén más abiertos a la inclusión y la protección de las minorías. La brutal realidad es que hoy la violencia está sepultando al mundo árabe y conduciendo a la limpieza étnica y el genocidio de las minorías consideradas inferiores (por los suníes) a los árabes musulmanes. Los pueblos y sectas cristianos de la antigüedad están siendo expulsados y asesinados, y las únicas minorías capaces de evitar este destino son las que poseen armas.

Así que si nadie puede señalar un momento de la historia en que los judíos hayan sido tratados como iguales por los árabes, como individuos o como colectivo, y el presente parece aún peor que el pasado, ¿en qué se fundamenta lo de que los judíos deban ser urgidos a “confiar en la amabilidad de los desconocidos” y dejar su destino en manos de quienes se niegan a reconocerles como pueblo con un derecho legítimo al territorio, así como individuos en pie de igualdad con ellos?

En nada.

Los defensores de la llamada solución del Estado único no son capaces de ver la condición necesaria para que los dos pueblos convivan pacíficamente en un Estado único: la aceptación de la mutua igualdad colectiva e individual. Puesto que no se da esa condición necesaria, el marco del Estado único sólo serviría para cambiar el nombre del conflicto israelí-palestino por el de la guerra civil judía-árabe. No resolvería nada.

Básicamente, hay dos pueblos, tribus y naciones en este territorio. Sea cual sea el argumento que plantee cada parte sobre la naturaleza inventada de la otra, está claro que, como mínimo, cada parte se ve como distinta y diferenciada de la otra. Ambas creen que tienen un derecho legal, emocional, histórico y justo a la totalidad del territorio. Salvo unas pocas, raras y valientes excepciones, los árabes creen que los judíos no tienen un derecho legítimo al territorio. Los judíos se dividen respecto al asunto de la legitimidad de la reclamación árabe. Esto no dice nada sobre sus respectivas naturalezas morales, sólo sobre sus distintas realidades regionales. Los judíos son perfectamente conscientes de su estatus de minoría en la región, y difícilmente pueden permitirse ignorar a los árabes. Los árabes palestinos, que viven en una región de predominio árabe, creen que pueden seguir imaginando a los judíos como extranjeros y cruzados que no perdurarán.

La justicia y la paz sólo pueden cumplirse cuando ambas partes reconozcan el derecho igual y legítimo de la otra al territorio y su igualdad, tanto colectiva como individualmente. Ambas partes tendrán que aceptar que ninguna puede tenerlo todo, y que su derecho al territorio está limitado por la existencia de otro pueblo con ese mismo derecho. Esto sucederá algún día, pero no antes de que cada parte haya renunciado al delirio de que algún día se habrá hecho desaparecer, de algún modo, a la otra.

Una vez que ambas reconozcan la igualdad de derechos de la otra respecto al territorio, tanto en el plano individual como en el colectivo, y acepten que ninguna puede tenerlo todo, podrán entonces averiguar la mejor manera de organizar sus vidas de un modo que maximice sus propias esperanzas y sueños dejando espacio a los de la otra parte. Después de todo, esta es una condición igual de necesaria para el éxito de la solución de los dos Estados y para la del Estado único, si es que es una solución. De modo que si la mejor manera de organizar las vidas de los judíos y los árabes en el territorio es mediante dos Estados, un Estado, una confederación, una federación, una unión económica o cualquier otra idea imaginada, esos son detalles que sólo pueden y deben averiguar ambas partes. Al igual que los judíos deben tener en cuenta la cuestión de la igualdad, es hora de exigir que los árabes también demuestren que están dispuestos a tratar a los judíos como iguales y legítimos demandantes del territorio, y como individuos en pie de igualdad con ellos. De ello depende algo más que el destino de los pueblos de Israel y Palestina: el destino de todo el mundo árabe. Su libertad y su prosperidad dependen de que los árabes en general, y los árabes musulmanes suníes en particular, puedan aceptar tener entre ellos a otros que son diferentes, tanto colectiva como individualmente, y tratarlos como sus iguales.