Contextos

Réquiem por el proceso de paz

Por Lee Smith 

John Kerry.
"En condiciones normales, si el presidente de Estados Unidos te dice que tienes unos meses para solucionar uno de los asuntos más famosos y espinosos en esa región, tú saldrías de la reunión con la idea de que quiere que lo aparques. Lo último que le interesa a Obama es un retorno al proceso de paz que le recuerde al mundo que éste fue uno de los fracasos de su primer mandato, y que tanto aporrear a Israel le ha hecho perder muchos apoyos. En condiciones normales, el secretario de Estado encontraría otro asunto en el que centrar sus energías diplomáticas. Pero esto no es así cuando hablamos de John Kerry, porque en su destino está escrito que llevará a término el proceso de paz"

John Kerry dice que puede lograr un acuerdo de paz israelo-palestino que culmine en un Estado palestino independiente en nueve meses. No cabe duda de que es un proyecto ambicioso, pero el optimismo de Kerry hace plantearse una cuestión clave: con Siria desgarrada por una guerra civil, Egipto en una crisis que puede derivar en otra guerra civil árabe y el programa nuclear iraní como principal amenaza estratégica en la zona, ¿por qué el Secretario de Estado impulsa este proceso de paz?

Quizá John Kerry haya imaginado que, con el resto de la región luchando por importantes intereses o por la mera supervivencia, se le presenta una oportunidad única para llevar a cabo un avance histórico. Con solo algunos intercambios de tierra, conseguirá que la Autoridad Palestina declare que la guerra árabe contra Israel –al que el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, reconocerá como Estado judío– ha acabado para siempre, mientras que todo el mundo en la zona estará demasiado ocupado como para enterarse. Dentro de unos años, Irán, Hamás y Arabia Saudí, entre otros, se sorprenderán al descubrir lo que sucedió durante estos nueve meses de 2013 y 2014, pero será demasiado tarde para que hagan algo al respecto, porque la paz generalizada, justa y duradera de Kerry habrá entrado en los anales de la Historia.

O puede que Kerry insista en avanzar en el proceso de paz por la sencilla razón de que es un presuntuoso. En este momento, ni los palestinos ni los israelíes creen que un acuerdo sea posible, pero Kerry prefiere eludir este pequeño detalle incómodo, porque no se trata ni de los israelíes ni de los palestinos, ni de los intereses vitales de EEUU, que está perdiendo prestigio en todo Oriente Medio mientras sus aliados le imploran que se centre en asuntos más importantes. Si Kerry no es capaz de ver el aspecto que presenta el resto de la región en este momento es porque le encanta ver la imagen que le devuelve el espejo. Como secretario de Estado, ¿por qué no iba a poder tener su propio proceso de paz, como antes lo tuvieron otros diplomáticos? Según The Daily Beast, Kerry ha estado preparándose para el cargo durante años, con “reuniones, conversaciones hasta altas horas, visitas y llamadas telefónicas al primer ministro Benjamín Netanyahu, al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, y a otros líderes de Oriente Medio”. Así que, aunque el telón se esté cerrando, él tiene que recitar su papel. Que para algo se lo ha aprendido.

El proceso de paz siempre ha tenido una parte de puesta en escena y otra de política. En cuanto a la primera, se intentaba demostrar a nuestros aliados árabes que Washington es un intermediario sincero que no iba a favorecer a Israel a sus expensas. En cuanto a la segunda, consistía en mostrar que no somos un intermediario tan sincero, dado que apoyamos a Israel al punto de que la única oportunidad que tendrían los árabes de lograr cualquier concesión habría de venir necesariamente de Washington. Y es precisamente por convertir en punto fuerte lo que los arabistas consideran un pasivo –la relación estratégica con Israel– por lo que Estados Unidos es una potencia con capacidad de mediar en la zona.

En otro orden de cosas, a lo largo de la historia del proceso de paz se puede encontrar una larga lista de altos cargos americanos que, no alcanzando a entender cuál era su propósito estratégico ni cuál la tarea que se les había encomendado, cayeron seducidos por los cantos de sirena de los árabes moderados. Generaciones y generaciones de funcionarios, intelectuales y activistas árabes han insistido en que la solución al conflicto árabe-palestino es la clave para alcanzar la paz en todo Oriente Medio. El general James Mattis, excomandante del Mando Central norteamericano (Centcom), ha retomado recientemente este lugar común en unas declaraciones al periodista de la CNN Wolf Blitzer, en el Aspen Security Forum:

Como comandante de Centcom, cada día pagué un precio en términos de seguridad porque los americanos eran percibidos tendenciosos en defensa de Israel. (…) Y eso [condiciona] a los árabes moderados que quieren estar con nosotros, porque no pueden apoyar en público a gente que no muestra respeto por los árabes palestinos.

No cabe duda de que el general Mattis ha conocido de primera mano la importancia que sus interlocutores árabes conceden a la cuestión palestina. Es incluso posible que se lo haya escuchado al propio Abdalá II de Jordania, que, al igual que antes había hecho su padre, el rey Husein, lleva años repitiendo que la ventana de la paz se está cerrando y que lo más recomendable es conseguir un acuerdo ahora, antes de que Oriente Medio arda por los cuatro costados. Sorprendentemente, y a pesar de varias décadas de presagios y advertencias de los monarcas hachemíes, Oriente Medio sigue estando en su sitio.

Pero resulta que los árabes moderados no suelen contar a los funcionarios y periodistas norteamericanos las cosas más interesantes sobre la cuestión palestina. Por ejemplo, si Israel se retirase de la Margen Occidental, Hamás trituraría a la Autoridad Palestina en cuestión de meses y dejaría al rey Abdalá con un grupo islamista en su frontera occidental. Todo ello en medio de unas convulsiones en la región que ya duran tres años y que se han llevado por delante a no pocos gobernantes árabes moderados. Lo que ahora mismo mantiene a Abdalá despierto por la noche es la pesadilla recurrente de que Kerry logre lo que es casi imposible y alcance un acuerdo para la erección de un Estado palestino fallido

Es obvio que los árabes moderados que pasaron por el despacho de Mattis le recriminaron la actitud de Estados Unidos con los palestinos, pero ¿qué hay de la información que realmente afecta a la seguridad del país? Esta advertencia podría haber sido útil:

Por supuesto, general, que el conflicto con Israel es un problema. Pero lo que realmente podría ser una catástrofe es que esta guerra que enfrenta desde hace 1.400 años a suníes y chiíes se recrudezca. Especialmente si llega al centro geográfico de la zona; es decir, a Siria.

Habida cuenta de que Obama ha dado la espalda a Oriente Medio, sería beneficioso que, en lugar de un proceso de paz, los funcionarios americanos dedicasen su tiempo a revaluar lo que han aprendido sobre la zona y se lo trasladasen a la opinión pública norteamericana, que desde la invasión de Irak de 2003 reconoce con buen criterio que la clave no es que los americanos no fuercen a los israelíes a hacer las paces con los árabes, sino que los árabes no pueden hacer las paces consigo mismos.

El proceso de paz ha entrado en su fase manierista; no es sino una serie de formalismos tan elegantes como vacuos. ¿Necesita Martin Indyk, el nuevo enviado especial de Kerry para las negociaciones israelo-palestinas, añadir una segunda parte a sus memorias sobre el proceso de paz? ¿Innocent Abroad, seguna parte? Esta es una de las iniciativas más cínicas de la historia de la diplomacia americana, ya que Kerry busca un proceso de paz que contraviene los deseos de la Casa Blanca, para la que trabaja. Tal y como AP publicaba el mes pasado, “algunos funcionarios estadounidenses se burlan porque consideran que Kerry no va a llegar a ninguna parte [con su proceso de paz en Oriente Medio], a pesar de que la Casa Blanca le haya dado hasta septiembre aproximadamente para conseguir reanudar las negociaciones”. En otros términos: el Gobierno ha puesto a Kerry una fecha límite, y si para entonces no lo ha logrado, tendrá que abandonar su proceso de paz y dedicarse a otra cuestión.

En condiciones normales, si el presidente de Estados Unidos te dice que tienes unos meses para solucionar uno de los asuntos más famosos y espinosos en esa región, tú saldrías de la reunión con la idea de que quiere que lo aparques. Lo último que le interesa a Obama es un retorno al proceso de paz que le recuerde al mundo que éste fue uno de los fracasos de su primer mandato, y que tanto aporrear a Israel le ha hecho perder muchos apoyos. En condiciones normales, el secretario de Estado encontraría otro asunto en el que centrar sus energías diplomáticas. Pero esto no es así cuando hablamos de John Kerry, porque en su destino está escrito que llevará a término el proceso de paz.

Para lograr que la Autoridad Palestina se sentase en la mesa de negociaciones, Kerry tuvo que conseguir que Israel accediese a liberar a 104 prisioneros responsables de la muerte de 55 civiles, 15 soldados, una turista y docenas de palestinos que podrían haber sido colaboradores de Israel. Elliot Abrams escribió al respecto:

Mi pregunta es por qué Estados Unidos pide a un aliado que haga algo que él no haría: liberar a un terrorista. Israel ha accedido a ello en otras ocasiones, por ejemplo cuando liberó a un millar de hombres para rescatar a Guilad Shalit, un soldado que había sido secuestrado. Pero esa fue su propia decisión y la tomó de manera soberana, y tras un intenso debate nacional. Sin embargo, en este caso los estamos presionando para que liberen prisioneros.

Y mientras vemos cómo Kerry disfruta de su minuto de gloria, es interesante recordar a las víctimas de algunos de esos crímenes. Por ejemplo, la madre y el hermano de Adi Moses fueron asesinados en 1987 por uno de estos presos recién liberados, que lanzó una bomba incendiaria contra su coche familiar. Hace unos días, ella escribió un artículo suplicando a las autoridades israelíes y a sus aliados norteamericanos que mantuvieran encerrado a su verdugo.

Tenía 8 años cuando sucedió. Mientras mi padre me hacía rodar sobre la arena para apagar mi cuerpo en llamas, miré hacia nuestro coche y vi con mis propios ojos a mi madre quemada. (…) Con su decisión de liberar a su asesino, escupen sobre su tumba y sobre la de mi hermano Tal. Borran esta historia de las páginas de la historia del Estado de Israel. ¿Y a cambio de qué?

The Weekly Standard