Contextos

Religión, poder y caos en Oriente Medio (1)

Por Rafael L. Bardají 

Arabia Saudí e Irán
"Desde los inicios del reino de Arabia Saudí, las relaciones bilaterales de Riad con Teherán han pasado de los intentos de cooperar a la franca desconfianza, especialmente a partir de la revolución islámica iraní de 1979. Desde el nacimiento de la República Islámica de Irán, islamista, revolucionaria y de raíz persa, la relación por defecto ha sido de rivalidad regional. Una serie de factores más recientes acentúan los aspectos más beligerantes de la misma, y lo seguirán haciendo. Entre ellos, el efecto dominó de la Primavera Árabe, la reconciliación entre EEUU –bajo la Administración del presidente Obama– e Irán, las actuales masacres en Siria, la guerra civil en el Yemen y la fluctuación de los precios del petróleo"

Desde los inicios del reino de Arabia Saudí, las relaciones bilaterales de Riad con Teherán han pasado de los intentos de cooperar a la franca desconfianza, especialmente a partir de la revolución islámica iraní de 1979. Desde el nacimiento de la República Islámica de Irán, islamista, revolucionaria y de raíz persa, la relación por defecto ha sido de rivalidad regional. Una serie de factores más recientes acentúan los aspectos más beligerantes de la misma, y lo seguirán haciendo. Entre ellos, el efecto dominó de la Primavera Árabe, la reconciliación entre EEUU –bajo la Administración del presidente Obama– e Irán, las actuales masacres en Siria, la guerra civil en el Yemen y la fluctuación de los precios del petróleo.

El año 2016 comenzó con un acusado conflicto entre Arabia Saudí e Irán que amenazó con volverse incontrolable. El 2 de enero Arabia Saudí anunció la ejecución de 47 reos; uno de ellos era el clérigo chií Nimr al Nimr. Crítico declarado de la familia real, Nimr fue detenido en 2012 y condenado por lucha sectaria y sedición. Inmediatamente después de la muerte de Nimr, el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Hosein Jaberi, dijo: “La ejecución de una figura como el jeque Nimr, que no tenía más recurso que la palabra para defender sus objetivos políticos y religiosos, solo demuestra el grado de imprudencia e irresponsabilidad [de Arabia Saudí]” (Basil et al. 2016).

Huelga decir que esas declaraciones de Teherán provocaron la reacción de Riad: el Ministerio de Exteriores convocó al embajador iraní en el reino, al que se transmitió una protesta oficial y el rechazo de lo que Riad consideró una agresiva injerencia en los asuntos internos saudíes. En Teherán, un grupo de manifestantes se congregó ante la embajada saudí: algunos asaltaron el edificio y le prendieron fuego. Seis países del Golfo Pérsico condenaron la pasividad de los servicios de seguridad iraníes en la protección de la embajada, y el 4 de enero Arabia Saudí cortó lazos diplomáticos con Irán.

A pesar de la multitud de razones para mantener la crisis bajo control, como la del resultado incierto de la misma a la luz del actual equilibrio de fuerzas y del apoyo estratégico a cada parte, muchos temen una escalada irracional que pueda acabar desencadenando un conflicto militar directo entre los dos países. En realidad, Arabia Saudí e Irán ya están inmersos en conflictos militares indirectos en toda la región, desde el Líbano al Yemen, en una apresurada lucha por el poder y la influencia en un momento en que Oriente Medio parece estar derrumbándose.

La región vive una profunda y radical transformación que está produciendo más caos que estabilidad, más violencia que paz, más sectarismo que integración y más miedo que confianza. A causa de ello, la guerra fría entre Arabia Saudí e Irán seguirá ahí durante años debido a una serie de factores puramente geopolíticos, aun si se mantiene dentro de unos límites razonables en términos de confrontación.  

La religión como geopolítica

Es obvio que la división más visible entre Arabia Saudí e Irán es de tipo religioso; una grieta milenaria entre dos credos islámicos contrarios: el suní y el chií. Enraizadas en una irresoluble disputa sobre quién fue el legítimo heredero de Mahoma, hoy las dos ramas del islam tienen también una clara representación geográfica. Tras la revolución islámica de 1979, Irán, liderado por el clérigo chií Jomeini, se transformó en una república islámica basada en principios chiíes. Además, la visión revolucionaria del ayatolá Jomeini situó a Teherán como base de inspiración y movilización de otras comunidades chiíes más allá de las fronteras iraníes. Como respuesta, Arabia Saudí, donde el 90 por ciento de la población es suní, defendió la interpretación puritana del islam suní conocida como wahabismo y se erigió en guardián de los lugares sagrados. Tras la llamada de los líderes de Irán a la eliminación de la familia real saudí, Riad aceleró la propagación global del wahabismo como la verdadera interpretación del islam.

Durante años, la división religiosa no fue un factor determinante en la relación entre los dos países, pese a que en los últimos dos o tres lustros la fractura entre suníes y chiíes se ha agudizado y se ha vuelto más divisiva y abiertamente violenta. De hecho, hoy no hay un solo conflicto abierto en Oriente Medio que no incluya un aspecto de esta división religiosa, desde Siria al Yemen.

Desde la perspectiva saudí, los grupos chiíes controlados o financiados directamente por Irán han logrado importantes progresos y victorias dentro del mundo árabe. Por ejemplo, el derrocamiento en 2003 de Sadam Husein, tradicional enemigo de Irán, abrió paso a un Gobierno chií en Bagdad, y a la alarmante y creciente influencia de Teherán en Irak. También con la ayuda de Irán, Hezbolá, el brazo militar de Teherán en el Líbano, se ha convertido en el actor más importante en ese país dividido política y militarmente. Además, sin las intervenciones directas de Irán, Bashar al Asad, el líder de la minoría alauí, no podría haber sobrevivido a la rebelión que estalló en 2011 en Siria, país con una clara mayoría suní. Y, por último, en marzo de 2015, los huzis –un grupo de chiíes yemeníes vinculados a y utilizados por Irán– lanzaron una ofensiva para derrocar al Gobierno del presidente Abd Rabuh Mansur Hadi a favor del depuesto Alí Abdulah Saleh, revirtiendo la transición política tan arduamente elaborada por Riad desde 2013.

El “resurgimiento chií”, como lo definió el analista Vali Nasr, no es el único factor que ha alimentado la percepción entre los líderes de Arabia Saudí de que el equilibrio de poder en la región se está inclinando en detrimento de los intereses saudíes. Tras años de imponer sanciones internacionales a Irán por su programa nuclear ilegal, en noviembre de 2013 el P5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania), en representación de la comunidad internacional, firmó un acuerdo interino, el llamado Plan de Acción Conjunto, como primera fase y marco de trabajo para un acuerdo final e integral sobre la situación nuclear de Irán. El acuerdo integral se alcanzó en julio de 2015, y a pesar de la polémica en torno a sus contenidos e implicaciones fue adoptado y entró en fase de aplicación el 16 de enero de 2016.

Para los saudíes, el acuerdo significa dos cosas. Desde su perspectiva, no resuelve el problema de que Irán se convierta en una potencia militar nuclear, solo lo pospone durante unos años, mientras que a corto plazo, una vez se levanten las sanciones, los líderes de Teherán empezarán a recibir miles de millones de dólares, lo que les permitirá perseguir con mayor vigor sus ambiciones regionales. Por otro lado, al margen del contenido del acuerdo, la política de brazos abiertos a Irán de la Administración estadounidense, sumada a los intereses comerciales de los países europeos, acelerará la normalización diplomática y comercial del Irán chií, alterando el equilibrio de poder en la región a favor de Teherán y en detrimento de Riad.

Cuanto más dispuesto se mostró el presidente Obama a hacer concesiones a Irán a fin de cerrar el acuerdo, más alzaron la voz los líderes de Arabia Saudí contra el acuerdo, hasta el punto de que, en mayo de 2015, el rey Salman faltó a una cumbre organizada por la Casa Blanca para abordar el asunto con los países del Golfo. A pesar de que durante una visita oficial a EEUU el rey Salman expresó su satisfacción por el acuerdo, en vista de las garantías de seguridad que el presidente Obama ofreció al reino, en la práctica las políticas llevadas a cabo por Riad han demostrado desde entonces que con Washington había más retórica diplomática que una genuina convergencia estratégica.

Por último, hay otra cuestión no relacionada con la religión que afecta y seguirá afectando a la relación entre Arabia Saudí e Irán: el precio del petróleo. El Ministerio del Petróleo iraní ha declarado el apoyo de Teherán a la intención de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y Rusia de congelar la producción de crudo en sus niveles actuales para facilitar la recuperación del precio. Las autoridades saudíes, por su parte, siguen fieles a su compromiso de mantener sus niveles actuales de producción e incluso de aumentarlos, como hicieron durante 2015, rechazando una postura común colectiva y una posible reducción de la producción. A pesar del menguante margen de ingreso por barril, a Riad parecen preocuparle más las cuotas de mercado. Algunos analistas piensan también que la política de petróleo barato está orientada a dos objetivos paralelos: perjudicar a la industria del esquisto en EEUU y penalizar económicamente a Rusia por intervenir decisivamente en favor de Bashar al Asad en Siria.

© Versión original (en inglés): European View
© Versión en español: Revista El Medio