Contextos

Relaciones Israel-mundo árabe: algo está cambiando

Por Evelyn Gordon 

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"Por primera vez en los 37 años transcurridos desde la firma del tratado de paz con Israel, los libros de texto egipcios han empezado a considerarlo un acontecimiento positivo que brinda a Egipto numerosos beneficios""Llevará décadas, cuando no generaciones, lograr que esas ideas calen en el público árabe en general. Pero durante la mayor parte de las siete décadas transcurridas desde la creación del Estado de Israel no ha surgido ninguna iniciativa para modificar la opinión pública; incluso los grandes acontecimientos, como los tratados de paz con Egipto y Jordania, fueron cuestiones exclusivamente intergubernamentales que no contemplaban medida alguna para cambiar la percepción pública de Israel como enemigo aborrecible"

Cada vez que manifiesto mi optimismo ante la mejoría de las relaciones entre Israel y el mundo árabe me preguntan lo mismo: cómo puedo ser optimista respecto a las relaciones con unos países cuya población, mayoritariamente, desprecia a Israel y suele ser antisemita hasta la médula; unos países cuyos regímenes propagan de forma activa esos sentimientos a través de los planes de estudio y de los medios gubernamentales mientras actúan contra Israel en cualquier foro internacional. Mi respuesta es que nada de eso es una novedad; sí lo es el número cada vez mayor de personas del mundo árabe dispuestas a desafiar públicamente esas actitudes. De hecho, en las últimas semanas prácticamente no ha habido día en que no surgiera un nuevo caso.

Puede que el más destacable sea un efecto colateral del acuerdo firmado el pasado fin de semana entre Egipto y Arabia Saudí, conforme al cual los egipcios cederán dos islas del Mar Rojo a los saudíes. Esas islas pueden bloquear el acceso al puerto israelí de Eilat; de hecho, un bloqueo semejante fue la causa inmediata de la Guerra de los Seis Días en 1967, durante la que Israel tomó esas islas. De acuerdo al tratado de paz de 1979, Israel las devolvió a Egipto a cambio de la promesa de libre navegación en el Mar Rojo, promesa que se ve amenazada por el paso de las islas a control saudí; por tanto, se trata de un cambio en el tratado de paz que exigiría la aprobación israelí.

Israel la concedió porque Riad se comprometió por escrito a respetar los términos del acuerdo israelo-egipcio. Además, el ministro de Exteriores saudí, Adel al Yubeir, reiteró dicho compromiso públicamente en una entrevista concedida a medios árabes:

Los compromisos aprobados por Egipto [en el tratado de paz] también son nuestros, incluido el establecimiento de una fuerza internacional en las islas (…) Estamos comprometidos a lo mismo a lo que se comprometió Egipto ante la comunidad internacional.

Es un cambio asombroso para un país que se opuso tan contundentemente al tratado de paz que cortó sus relaciones diplomáticas con Egipto por haber osado firmarlo, y que sigue sin tener relaciones con Israel: Arabia Saudí se ha comprometido a un acuerdo de paz con un país al que ni siquiera reconoce oficialmente.

Pocos días después llegó a Israel un exdiplomático iraquí como huésped oficial y muy público del Ministerio de Exteriores. Hamad al Sharifi sirvió en las embajadas de su país en Kuwait y Jordania como asesor del Ministerio de Defensa. Antes de su llegada, declaró: “Me considero amigo de Israel. En estos momentos, los árabes deben comprender que no existe conflicto alguno entre Israel y los Estados árabes, sino un conflicto palestino-israelí”. Una vez en Israel, dijo a las autoridades que deberían dejar de permitir las visitas secretas de representantes árabes, porque “para que las barreras se rompan las visitas deberían ser totalmente públicas”.

Y la semana pasada un diario libanés informaba de la iniciativa sin precedentes de un grupo de maestros del país: quieren que el currículo escolar nacional sea revisado para eliminar de la lista de objetivos “la animosidad hacia la entidad sionista opresora”. No quieren “educar a nuestros hijos para que odien”, explican. Y, además, es una tontería centrarse sólo en Israel cuando hay otras imperiosas prioridades , como “la lucha contra el extremismo religioso que amenaza a los Estados árabes”.

Mientras que el Líbano sólo está debatiendo el cambio de su currículo, otro país árabe llevó ese cambio a la práctica a comienzos de año: por primera vez en los 37 años transcurridos desde la firma del tratado de paz con Israel, los libros de texto egipcios han empezado a considerarlo un acontecimiento positivo que brinda a Egipto numerosos beneficios, por ejemplo “mantener la estabilidad interna de los países árabes”, “acelerar el desarrollo socioeconómico y mejorar las infraestructuras estatales”, “incentivar la inversión de capitales árabes y del resto del mundo en Egipto y en otros Estados árabes” y aumentar el turismo. También por primera vez, los libros de texto señalan que el tratado instaba a establecer “relaciones de amistad” con Israel, y no simplemente unas normales.

Este mes ha habido más pruebas de que la relación se está descongelando: uno de los principales bancos egipcios, propiedad del Estado, publicó por primera vez el tipo de cambio entre la libra egipcia y el shekel israelí.

Está claro que cada paso hacia la normalización provoca una reacción contraria, y no resulta sorprendente que a veces esa reacción dé resultado. Por ejemplo, el mes pasado un jefe de seguridad de Dubái suscitó una controversia al lanzar en Twitter una campaña a favor de unas relaciones amistosas con Israel –entre otros países- en la que instaba a “una coalición con los judíos en contra de los enemigos de Oriente Medio” y exhortaba a sus seguidores a “no tratar a los judíos como enemigos, sino como a primos con los que hay un conflicto por unas tierras heredadas”. Pero pronto volvió a la tradicional dieta árabe de tuits antisemitas y antiisraelíes.

Lo sorprendente es lo a menudo que quienes proponen un cambio se niegan a dejarse intimidar. Por ejemplo, en febrero escribí sobre Tawfiq Okasha, el diputado egipcio que se reunió públicamente con el embajador israelí y propuso que Israel mediara en la disputa entre Egipto y Etiopía por las aguas del Nilo. Poco después, sus colegas parlamentarios votaron abrumadoramente a favor de expulsarlo durante el resto de legislatura por el delito de violar su política antinormalización. Cabría pensar que eso bastaría para intimidar a cualquiera que compartiera los puntos de vista de Okasha. Pero un mes después otro diputado egipcio, Sayid Faraj, anunció su deseo de organizar una delegación parlamentaria para visitar la Knéset y “aprender del desarrollo económico de Israel y, en general, de su experiencia”.

Evidentemente, todo lo anterior no son más que los primeros pasos de un camino muy largo. Llevará décadas, cuando no generaciones, lograr que esas ideas calen en el público árabe en general. Pero durante la mayor parte de las siete décadas transcurridas desde la creación del Estado de Israel no ha surgido ninguna iniciativa para modificar la opinión pública; incluso los grandes acontecimientos, como los tratados de paz con Egipto y Jordania, fueron cuestiones exclusivamente intergubernamentales que no contemplaban medida alguna para cambiar la percepción pública de Israel como enemigo aborrecible. El tratamiento que los libros de texto egipcios daban al tratado constituye un perfecto ejemplo al respecto, lo mismo que el hecho de que décadas después de la firma del tratado las Fuerzas Armadas egipcias siguieran adiestrándose principalmente para la guerra contra Israel.

Así pues, el hecho de que los propios árabes se estén enfrentando al fin a estas actitudes es verdaderamente significativo. En la práctica no producirá cambios en las relaciones árabe-israelíes hasta dentro de mucho tiempo, pero es un primer paso necesario para que se produzca ese cambio, y, por tanto, supone un genuino motivo de optimismo.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio