Contextos

Relaciones EEUU-Israel: lo de Trump no es para tomárselo a broma

Por Jordan Chandler Hirsch 

Donald Trump.
"Los impulsos de Trump indican que abandonaría Oriente Medio tan abruptamente como lo hicieron los británicos tras la Segunda Guerra Mundial, dejando la región sin la presencia de una gran potencia occidental por primera vez en un siglo. Esto es aún más alarmante dada su posición sobre las relaciones EEUU-Israel en materia de defensa. Justo antes de su discurso en Aipac dijo que haría pagar a Jerusalén por la ayuda en defensa. 'Creo que Israel puede pagar como los grandes países', dijo. Eso podría incluir la renegociación o la cancelación del Memorando de Entendimiento, que cubre el grueso de la ayuda de EEUU a Israel, o desligar a EEUU de su compromiso con la ventaja militar cualitativa de Israel sobre sus rivales. Incluso una ligera marcha atrás en la alianza defensiva dejaría a Israel expuesto, en un momento de gran agitación en Oriente Medio, y sería una invitación a sus adversarios para que intensificaran la presión. Significaría nada menos que romper la alianza"

Oriente Medio está sumido en la anarquía, y en algunos aspectos Israel no se ha enfrentado nunca a un peligro regional mayor. Es probable que, como presidente, Donald Trump trate de derribar los pilares de la alianza EEUU-Israel.

Dijo lo contrario en marzo, en la Conferencia Política de Aipac, en la que se refirió a Israel como “nuestro aliado estratégico” y “hermano cultural”. Su discurso representaba sin duda un paso atrás respecto de su verdadera posición. Su aparición en Aipac fue extraña, no solo porque tiró de teleprompter, también porque debate tras debate ha dejado perfectamente clara su verdadera postura sobre el papel de EEUU en la región.  

Aunque ha jurado mandar al infierno al ISIS, lo cierto es que el candidato republicano es un beligerante aislacionista de los de “América primero”. Ha prometido que “no volveremos a ser estafados” por países “tremendamente ricos” que viven de nuestra fuerza militar. La OTAN está “obsoleta”, dice; y se ha preguntado “qué demonios nos importa” que Rusia esté de vuelta en Oriente Medio. Es hora de que “cuidemos de nosotros mismos”, sostiene. Estas nociones representan algo parecido a unos principios. Ya en 1990 declaró a Playboy que Estados Unidos era “el hazmerreír en todo el mundo” por “defender a países ricos a cambio de nada” mientras que nuestros aliados ganaban “miles de millones jodiéndonos”.

Cuando Trump enumera a los culpables de esa estafa –Alemania, Japón, Arabia Saudí–, excluye principalmente a Israel. Pero, tratándose del mayor receptor de ayuda militar estadounidense, Jerusalén no se iría de rositas. Cualquier tentativa de respaldar a Israel tendría que superar las inclinaciones que Trump ha mostrado durante décadas, e iría contra una de sus posiciones más constantes. Los comentarios viscerales de Trump –la mejor guía para saber qué haría como presidente– indican que el Estado judío encajaría con demasiada perfección en su lista de gorrones como para dejarlo pasar.

Trump podría dirigir en primer lugar su atención hacia el moribundo proceso de paz israelo-palestino, sobre el cual jura que “no haría otra cosa” que no fuese alcanzar un acuerdo. Menciona esta aspiración con tanta frecuencia que es probable que siga una tradición presidencial que valdría la pena romper: la de intentar aprovecharse del conflicto para asegurarse un legado. Israel ya conoce ese camino que conduce a las concesiones unilaterales y a más guerra. Siendo un “tipo neutral”, Trump lo haría aún más peligroso. Si Washington asumiera esa posición, Jerusalén no tendría ninguna gran potencia detrás, aunque los palestinos hicieran uso del mundo islámico y de la creciente troupe europea. Y si las negociaciones se trabaran, probablemente culparía a Israel. “Tendrá mucho que ver con Israel y con si Israel quiere o no lograr el acuerdo”, dijo el año pasado; “con si Israel está o no dispuesto a sacrificar ciertas cosas”. Cualquier dificultad en lograr el preciado acuerdo podría suponer que un Trump rabioso castigara a Israel. Las represalias de Trump podrían dar lugar a una campaña global de sanciones que podría paralizar la economía israelí o afectar a los acuerdos en materia de seguridad, lo que podría dejar la Margen Occidental en manos de los extremistas y a Jerusalén con poca fuerza para responder.

En general, los puntos de vista de Trump sobre la región no son muy tranquilizadores. Se pregunta por qué debería importarnos que Rusia resucite como gran potencia en Oriente Medio, y habla con destructivo fanatismo sobre el islam. Sus frustraciones por la suerte de Estados Unidos en esa región son comprensibles. Pero abandonar el terreno a favor de Moscú y perder a los socios locales sólo favorecería el caos que amenaza ahora a Europa y África, haciendo las fronteras de Israel menos estables que nunca. Y, lo que es más peligroso para Israel, reforzaría a Irán. Trump ha insinuado repetidas veces que mantendría el acuerdo nuclear (pese a ser terrible) y se ha quejado de que Teherán no puede utilizar el relajamiento de las sanciones garantizado por Obama para comprar misiles y aviones estadounidenses. Si se le diera más margen, y el apoyo tácito de EEUU, la República Islámica redoblaría su guerra contra las potencias suníes y se enfrentaría a las defensas israelíes con más osadía. Y eso haría avanzar su programa nuclear hasta el punto de la plena inmunidad y la irreversibilidad.

Los impulsos de Trump indican que abandonaría Oriente Medio tan abruptamente como lo hicieron los británicos tras la Segunda Guerra Mundial, dejando la región sin la presencia de una gran potencia occidental por primera vez en un siglo. Esto es aún más alarmante dada su posición sobre las relaciones EEUU-Israel en materia de defensa. Justo antes de su discurso en Aipac dijo que haría pagar a Jerusalén por la ayuda en defensa. “Creo que Israel puede pagar como los grandes países”, dijo. Eso podría incluir la renegociación o la cancelación del Memorando de Entendimiento, que cubre el grueso de la ayuda de EEUU a Israel, o desligar a EEUU de su compromiso con la ventaja militar cualitativa de Israel sobre sus rivales. Incluso una ligera marcha atrás en la alianza defensiva dejaría a Israel expuesto, en un momento de gran agitación en Oriente Medio, y sería una invitación a sus adversarios para que intensificaran la presión. Significaría nada menos que romper la alianza.

Trump podría no cumplir nada de lo que dice; siempre existe la posibilidad de que le orienten, contra sus irritantes gestos de chiflado, hacia una política sensata. Sin embargo, la principal amenaza para Israel de una presidencia de Trump es básicamente la misma que plantea para los propios Estados Unidos. Israel no sólo necesita armas y misiles, sino la coraza global del liderazgo estadounidense. Un mundo en el que Estados Unidos traicione sus alianzas básicas, que apacigüe a los enemigos y levante sus puentes levadizos es un mundo en el que el Estado judío tendrá que luchar por sobrevivir.

© Versión original (inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio