Contextos

Rehenes: victoria de Irán

Por Michael J. Totten 

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"Irán es como Polonia bajo el Pacto de Varsovia: se trata de un país potencialmente amigo ocupado y gobernado por un régimen hostil. Lo de las buenas relaciones tendrá que esperar hasta que el régimen sea derrocado, o reformado sin ningún tipo de reconocimiento, como ha sucedido en Vietnam, cuyo régimen de comunista solo tiene el nombre"

El domingo, durante el primer debate de los candidatos demócratas, el senador Bernie Sanders afirmó que había llegado el momento de sacar a Teherán del congelador. «Creo que lo que debemos hacer es normalizar lo más rápido posible las relaciones con Irán», dijo.

Si Irán tuviera un Gobierno representativo, y si no hubiese estado gobernado por el ayatolá Jomeini, su siniestro Consejo de Guardianes y los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, Estados Unidos e Irán podrían restablecer unas relaciones normales casi de manera natural.

Irán podría, con toda probabilidad, adoptar su lugar pertinente como principal aliado de Estados Unidos en Oriente Medio, junto a los kurdos y los israelíes. El extremo y muchas veces fantástico antiamericanismo, tan endémico en el mundo árabe, es mucho más débil entre los persas, los azeríes y los kurdos que conforman la nación iraní.

Irán es como Polonia bajo el Pacto de Varsovia: se trata de un país potencialmente amigo ocupado y gobernado por un régimen hostil. Lo de las buenas relaciones tendrá que esperar hasta que el régimen sea derrocado, o reformado sin ningún tipo de reconocimiento, como ha sucedido en Vietnam, cuyo régimen de comunista solo tiene el nombre.

La exsecretaria de Estado Hillary Clinton adopta una línea más dura que Sanders, naturalmente. «Solo hemos tenido un día bueno en más de 36 años, y creo que necesitamos más días buenos antes de precipitarnos hacia cualquier tipo de normalización».

Se refería a la liberación de tres ciudadanos estadounidenses –el periodista Jason Rezaian, el pastor cristiano Said Abedini y el exmarine Amir Hekmati– que los iraníes mantuvieron como rehenes hasta hace un par de días. No está nada claro que su liberación se considere un buen día. Es maravilloso para los prisioneros liberados, obviamente, y casi tan maravilloso para sus amigos, familiares y compañeros, pero el precio del rescate fue demencialmente alto.

En primer lugar, Estados Unidos tuvo que dejar libres a siete criminales iraníes que fueron condenados por un sistema judicial que funciona correctamente. Segundo, Washington tuvo que suprimir el nombre de 14 iraníes de la lista de vigilancia de Interpol. Y tercero, Estados Unidos está retornando al Gobierno iraní 100.000 millones de dólares en activos congelados.

Lo justo habría sido intercambiar tres prisioneros inocentes por tres prisioneros inocentes, pero Estados Unidos no va atrapando a cualquier ciudadano extranjero por la calle para utilizarlo como moneda de cambio, así que esa opción ni se planteó.

Si el Gobierno iraní hubiese dejado libres a inocentes precisamente porque lo eran, como se supone debería haber hecho, entonces sí, podríamos decir que hemos tenido un buen día. Pero no es eso lo que ha pasado. Ni se acerca.

Podría haber sido peor, no obstante. El secretario de Estado, John Kerry, dijo que creía haber asegurado la liberación de esas personas hace unos meses, pero que el acuerdo se rompió porque Teherán quería que Estados Unidos liberase a asesinos convictos.

Esa exigencia no debería sorprender a nadie. El satélite de Irán en el Líbano, Hezbolá, convenció a los israelíes de que liberaran a asesinos convictos como el conocido Samir Kuntar, a cambio de los cuerpos de unos soldados secuestrados que ya ni siquiera estaban vivos, y que además Hezbolá había mutilado.

Así es como funcionan Irán y sus secuaces, pero Estados Unidos no ceden como los israelíes.

Al menos, Estados Unidos ganó algo con el acuerdo. Al menos, los nuestros estarán entre los vivos cuando regresen a casa. Jason Rezaian es un colega. No lo conozco personalmente, pero aún así será genial tenerle de vuelta. Tiene la doble nacionalidad iraní-estadounidense, pero nació en el área de la Bahía de San Francisco y era el director de la oficina en Teherán del Washington Post cuando los iraníes lo detuvieron hace 18 meses, acusado falsamente de espionaje.

A casi todo el mundo le pareció obvio enseguida que no lo habían detenido porque fuese una especie de espía. Fue simplemente el último rehén que tomó un Gobierno que se ha labrado un nombre en la escena mundial a base de tomar rehenes. Sin duda, Rezaian escribirá algunos artículos muy interesantes, y tal vez un libro, una vez esté instalado y recuperado.

Anthony Bourdain le entrevistó en Teherán poco antes de que él y su mujer fuesen enviados a la prisión de Evin. (Posteriormente, ella fue excarcelada).

«Echo de menos algunas cosas de casa», dijo. «Echo de menos a mis amigos, y los burritos». Se rio y añadió: «Echo de menos un determinado tipo de bebidas con mis amigos, y los burritos en un determinado tipo de establecimientos».

Dicho de otro modo, echaba de menos las copas y los bares, ambos prohibidos en Irán desde la revolución de 1979. (Al revés de lo que se cree comúnmente, Irán es uno de los pocos países musulmanes que prohíbe efectivamente el alcohol).

«Lo amo y lo odio [a Irán], pero es mi casa», dijo. «Se ha convertido en mi casa».

Ha dejado de ser su casa. Eso por descontado. Está volviendo a su verdadera casa en Estados Unidos, donde nació.

Irán cometió tres actos criminales contra ciudadanos estadounidenses y no pagó ningún precio por ello. En este país encarcelamos a los secuestradores durante mucho tiempo; sin embargo, el régimen iraní fue recompensado.

¿Qué le va impedir hacerlo otra vez? Nada. ¿Por qué debería detenerse el régimen iraní? Tomar rehenes y pedir un rescate por ellos le funciona. Y ya se está preparando para hacerlo otra vez.

En octubre del año pasado detuvieron a Siamak Namazi, uno de los fundadores del Consejo Nacional Irano-Americano (NIAC, por sus siglas en inglés). Sigue cautivo, pese al intercambio de prisioneros.

El NIAC presionó mucho para que Washington y Teherán firmaran el acuerdo nuclear. Su presidente y principal fundador, Trita Parsi, llevaba aún más tiempo luchando –desde 1997– por el levantamiento de las sanciones contra Irán.

Uno de estos chicos sigue preso de Teherán. No un fantasma de la CIA. No un revolucionario con ínfulas. Ni siquiera un periodista con causa. No. Este rehén del régimen iraní es un hombre que ha trabajado durante años para normalizar las relaciones con Irán.

Bernie Sanders quiere seguir donde se quedó Namazi. No le irá mejor.

© Versión original (en inglés): World Affairs Journal
© Versión en español: Revista El Medio