Contextos

Reconsiderar la cuestión de las minorías en Siria

Por Tony Badran 

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"Desde el mismo inicio del levantamiento sirio, la Administración Obama se ha valido de la cuestión de las minorías para justificar su fracaso a la hora de luchar por los intereses norteamericanos con su pasividad frente al régimen de Asad. Ha fomentado la idea de que las comunidades minoritarias sirias eran un bloque de espectadores pasivos que esperaba a que la oposición 'se le acercara'""Es cierto que en 2012 el régimen decía a los armenios de Alepo que los turcos estaban enviando a los rebeldes tras ellos, jugando así con antiguos temores y resentimientos. Sin embargo, las decisiones de quienes deciden luchar del lado de Asad, bajo el mando de Hezbolá, no sólo reflejan políticas identitarias, sino asociaciones más amplias""El argumento que emplea la Administración de que lo que hace falta en Siria es que la oposición presente una 'plataforma' que dé confianza a las minorías es hipócrita, como lo es dar prioridad a la cuestión de las minorías pero no a la matanza de suníes"

Un vídeo grabado en Siria, aparecido el lunes de la semana pasada, ha captado la atención de los medios, siquiera por lo chocante que resulta. La grabación muestra a dos pandilleros de Los Ángeles que cubren una posición del régimen sirio, gesticulan frenéticamente y hablan en lo que prácticamente es una caricatura de la ya de por sí ridícula jerga de las bandas angelinas. Resulta de particular interés el hecho de que uno de los dos es armenio. Y, pese a que se trata de un caso extremo, no deja de ser representativo de cómo solemos considerar a las minorías sirias.

Desde el mismo inicio del levantamiento sirio, la Administración Obama se ha valido de la cuestión de las minorías para justificar su fracaso a la hora de luchar por los intereses norteamericanos con su pasividad frente al régimen de Asad. Ha fomentado la idea de que las comunidades minoritarias sirias eran un bloque de espectadores pasivos que esperaba a que la oposición “se le acercara”. Así, ya en diciembre de 2011, la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, sermoneaba a la oposición diciendo que “una transición democrática es algo más que eliminar al régimen de Asad” y la instaba a “ampliar su acercamiento a los sirios de comunidades minoritarias, que temen que el país se precipite a una guerra civil si Asad es derrocado”.

Ese enfoque persiste hasta ahora. Hace dos sábados, durante una conversación que tuvo lugar poco después de dimitir como embajador en Siria, Robert Ford reiteró esa idea. Sostuvo que las minorías abandonarían al régimen de Asad si la oposición se acercara a ellas. “Cuanto antes lo haga la oposición, antes se desmoronará la base que sostiene a Asad”, afirmó. En otras palabras, Estados Unidos está esperando a la oposición. La Casa Blanca no actuará en defensa de los intereses estadounidenses porque, según argumenta, la oposición no puede organizarse y derribar los cimientos que sustentan a Asad convenciendo a las minorías de que se unan a ella.

Resulta difícil no sacar la conclusión de que ésta no es más que otra excusa para que Estados Unidos se mantenga al margen. Y también demuestra que la Administración tiene una comprensión deficiente de los intereses y de los cálculos de las minorías sirias. Si bien las actitudes de esas comunidades varían, algunas no se ven simplemente obligadas a alinearse con el mal menor, sino que deciden activamente ponerse de parte de Asad y de sus aliados. Ciertamente, algunas organizaciones siro-armenias se distanciaron inmediatamente de los miembros de las bandas, y dijeron que éstos no representaban a la comunidad armenia ni tenían ninguna verdadera conexión con ella. Resulta comprensible y previsible. Pero las posturas en el seno de la comunidad armenia, como en el de otras, han sido diversas y han evolucionado a lo largo de los dos últimos años.

Los armenios aparecieron en escena en el levantamiento durante la ofensiva rebelde para tomar Alepo, en el verano de 2012. El régimen trató de reclutar a los armenios de la localidad, ofreciéndose a armarlos y a incluirlos en sus “comités populares”. Las reacciones variaron. En aquel momento, los líderes eclesiásticos armenios de tres denominaciones emitieron una declaración en la que rechazaban participar en la violencia. Pero, pese a esta declaración oficial de neutralidad, algunos activistas reconocieron que muchos armenios de Alepo habían aceptado la oferta del régimen, si bien por iniciativa propia. Otros que tomaron las armas siguieron manifestando su preocupación por ser usados por el régimen y por convertirse en objetivos legítimos para los rebeldes. Tal y como lo expresó un armenio armado, “queremos vivir en paz o irnos. En este país somos una minoría y no podemos enfrentarnos a la mayoría musulmana”.

De hecho, miles de armenios se han ido: algunos al Líbano y otros, diez mil o más, a Armenia. Pero otros, por pocos que sean, no compartieron esa prudencia y eligieron tomar las armas y luchar. El pandillero del vídeo, identificado como Nerses Kilajian, pese a ser un caso aislado, representa al extremo del espectro. Como muestra la página de Facebook de Kilajian (que ahora parece haber sido clausurada), tiene parientes en Siria. Así que no es precisamente alguien ajeno, por chocante que resulte su caso. Además, ha publicado una foto de un póster por un combatiente armenio caído -no un pandillero- que indica que dichos elementos siguen existiendo, aunque no esté claro su número.

Más aún, estos cuerpos auxiliares paramilitares operan directamente con y/o bajo el mando de oficiales de Hezbolá. Las fotografías del Facebook de Kilajian lo muestran acompañado de miembros del Partido de Dios, llevando un uniforme y parafernalia de la organización. Destaca una foto, publicada por Kilajian, en la que aparece un combatiente que lleva una bufanda de Hezbolá y está pisando una bandera turca. Es cierto que en 2012 el régimen decía a los armenios de Alepo que los turcos estaban enviando a los rebeldes tras ellos, jugando así con antiguos temores y resentimientos. Sin embargo, las decisiones de quienes deciden luchar del lado de Asad, bajo el mando de Hezbolá, no sólo reflejan políticas identitarias, sino asociaciones más amplias.

Por ejemplo, no es ninguna novedad que gran parte de cristianos del Líbano, incluido el principal partido armenio, están alineados con Hezbolá y con partidos favorables a Asad. Estas elecciones, aunque guiadas principalmente por consideraciones domésticas, pueden también tener ramificaciones más amplias. Por ejemplo, Armenia se ha aliado con Irán frente a Turquía y Azerbaiyán, con quien sostiene un largo conflicto por la región de Nagorno-Karabaj. Como parte de la relación armenio-iraní, Ereván ha ayudado a Teherán a eludir sanciones.

Por supuesto, nada de esto tiene como finalidad discriminar a los armenios -ni a ningún grupo minoritario sirio- ni confundirlos con matones. Más bien se pretende mostrar que no se puede considerar a las minorías como bloques monolíticos y pasivos. Sus miembros adoptan decisiones de manera activa; a veces, decisiones desagradables que los ponen en contra de los intereses estadounidenses. En Washington ha habido un peligroso punto de vista que considera el tema de las minorías -concretamente, la de los cristianos- y la cuestión de si Estados Unidos debería apoyar a la oposición para derribar a Asad en base a un sentimiento de identidad sectaria. Esta postura vincularía la política estadounidense a las preferencias de los cristianos de Oriente Medio, por el hecho de ser cristianos. Esta aproximación, que encajaría con cómo ha utilizado la Administración la cuestión de las minorías, perturba el juicio estratégico.

Una Siria laica e incluyente es lo ideal, pero no es el principal interés para Estados Unidos. Análogamente, un grupo minoritario, cristiano o no, no implica una identificación automática con los intereses norteamericanos en la región; ni siquiera con los valores norteamericanos. Las confusiones a este respecto podrían conducir a situaciones embarazosas, como sucedió con la reciente delegación de clérigos cristianos sirios que fue a Washington y presionó a legisladores para que no se ayudara a la oposición. Y mientras que protestaron contra los adversarios regionales del régimen, no dijeron una sola palabra en contra de Asad. Como informó mi compañero de NOW Michael Weiss, había miembros de la delegación que, en un pasado no muy remoto, habían manifestado su apoyo a Hezbolá.

El argumento que emplea la Administración de que lo que hace falta en Siria es que la oposición presente una “plataforma” que dé confianza a las minorías es hipócrita, como lo es dar prioridad a la cuestión de las minorías pero no a la matanza de suníes. Desde luego, las deficiencias de la oposición son reales, pero la Administración tan solo se escuda en ellas para evitar defender los intereses estadounidenses.

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