Contextos

Quién sostiene a Bashar al Asad

Por Jesús M. Pérez 

El dictador sirio, Bashar al Asad.
"Recientemente Tom Cooper, historiador militar especializado en África y Oriente Medio, lanzaba la pregunta: '¿Qué queda del ejército sirio?'. Por su parte, el periodista Julian Röpcke, con no disimulado afán provocador, afirmaba: 'El Gobierno sirio no existe'. Lo que ambos plantean es la debilidad del régimen de Damasco, que ejerce un limitado control sobre el territorio y la población del país y se sostiene gracias a los apoyos externos de Rusia e Irán, así como al flujo de combatientes iraníes, libaneses, iraquíes y afganos"

Recientemente Tom Cooper, historiador militar especializado en África y Oriente Medio, lanzaba la pregunta: “¿Qué queda del ejército sirio?”. Por su parte, el periodista Julian Röpcke, con no disimulado afán provocador, afirmaba: “El Gobierno sirio no existe”. Lo que ambos plantean es la debilidad del régimen de Damasco, que ejerce un limitado control sobre el territorio y la población del país y se sostiene gracias a los apoyos externos de Rusia e Irán, así como al flujo de combatientes iraníes, libaneses, iraquíes y afganos.

Cooper es autor del que probablemente sea el único intento de contar el desarrollo de la guerra civil siria en su dimensión estrictamente militar. En Syrian Conflagration: The Civil War 2011-2013, explica cómo en los dos primeros años de conflicto el ejército sirio se descompuso debido a la rebelión de unidades y personal pasados a las filas del Ejército Sirio Libre, a las deserciones de conscriptos y a las derrotas militares. El régimen de Bashar al Asad quedó sostenido entonces por un número limitado de unidades militares convertidas en algo así como bomberos que se desplazaban por todo el territorio para apagar los conatos de rebelión popular, y por diversas unidades paramilitares y milicias vinculadas a los órganos de seguridad y del partido Baaz. A estas últimas se unieron grupos del crimen organizado dedicados al contrabando con los países vecinos y vinculados a o al menos tolerados por Damasco. Descontando los bombardeos indiscriminados de la fuerza aérea sobre áreas residenciales, las mayores atrocidades contra la población civil las han llevado a cabo esos grupos irregulares. El panorama que describía Tom Cooper recientemente en su artículo ahonda en el retrato de un régimen dependiente de milicias extranjeras y apoyado por fuerzas irregulares y fracturadas, a lo que se suma la aparición de milicias financiadas por hombres de negocios alauitas.

La situación para Damasco se volvió insostenible ya en 2013. Fue en ese momento cuando Bashar al Asad pidió ayuda urgente a Teherán. La solución planteada por los asesores del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, liderados por el general Qasem Suleimani, fue crear una fuerza de milicias ideologizadas, a imagen y semejanza de los Basij iraníes. Pero eso llevaría tiempo. Así que Teherán movilizó a Hezbolá, su peón en la región. La primera intervención del grupo libanés tuvo lugar en abril de 2013 en la batalla por Al Qusair, una localidad cercana a Homs, nudo de comunicaciones crucial en la ruta que conecta la capital con el norte del país y su franja costera. Mientras tanto, los asesores iraníes fueron entrenando a la milicia siria que sería conocida como Fuerza de Defensa Nacional.

La decidida apuesta iraní por sostener el régimen empujó a las petromonarquías árabes, en su particular confrontación geopolítica con Teherán, a implicarse a fondo en la guerra civil siria. A los pocos meses de la intervención iraní comenzaron a aparecer en los campos de batalla sirios armas croatas y chinas. En diciembre de 2013 Estados Unidos autorizó la exportación a Arabia Saudita de 15.000 misiles anticarro TOW, que luego aparecieron en manos de rebeldes sirios en innumerables vídeos de Youtube, lo que probablemente se debiera a una condición impuesta de documentar el uso de las armas entregadas. Sin embargo, las petromonarquías del Consejo de Cooperación del Golfo tenían diferentes agendas regionales, como también sucedería en Libia. Arabia Saudita apoyó tanto a las fuerzas moderadas del Ejército Sirio Libre como al Frente Islámico, mientras que Qatar y numerosos donantes canalizarían fondos a grupos yihadistas radicales.

En el contexto de una creciente internacionalización del conflicto, con la oposición al régimen fracturada, las fuerzas iraníes asumieron el mando del bando gubernamental, desplazando a lo que consideraban una jerarquía local incapaz. La presencia de fuerzas iraníes en Siria fue justificada con la defensa de la tumba de Zainab Bint Alí, nieta de Mahoma, que según la tradición chií se encuentra en las afueras de Damasco. El despliegue de fuerzas iraníes ha sido siempre discreto en la guerra siria, ocupando los iraníes puestos de asesoría en los cuarteles generales y de mando sobre el terreno. El hecho relevante es que el grueso de las tropas aportadas por Irán proviene de terceros países.

Aparte de las fuerzas libanesas de Hezbolá, ya mencionadas, Irán ha reclutado y enviado a combatir a Siria milicias chiíes de Irak, en una prueba más de la extensión de los tentáculos de Teherán por la región. Paradójicamente, las milicias chiíes de Iraq, como las Brigadas del Partido de Dios (Kataib Hezbolá), son la punta de lanza del Gobierno de Bagdad en su particular lucha contra el Estado Islámico. El resultado es que, aunque el régimen sirio se presenta a sí mismo, o al menos así lo hacen sus apologetas en España, como socialista, multiétnico y multiconfesional, en la práctica lo sostienen milicias sectarias que libran allí su particular guerra en la gran fractura suní-chií que recorre el mundo musulmán, de Turquía a Pakistán.

El reclutamiento iraní de voluntarios chiíes para combatir en Siria alcanza también Afganistán, donde agentes iraníes han buscado voluntarios entre miembros de la comunidad hazara, una minoría de origen mongol y fe musulmana chií, que encuentren en el dinero ofrecido por luchar en Siria una salida a la persecución religiosa de los talibán o a su situación en los campos de refugiados en Irán.

Con la conducción de la guerra en manos iraníes, con el régimen apuntalado por milicias chiíes teledirigidas desde Teherán y con unas milicias locales que confían más en los mandos iraníes que en los desprestigiados mandos locales, es fácil de entender que Bashar al Asad pidiera a Moscú una intervención militar. En Damasco se empezaban a cuestionar si se habían convertido en una simple marioneta de Teherán.