Contextos

¿Qué significaría una Presidencia Biden para Israel?

Por Jonathan S. Tobin 

Joe Biden, en la conferencia de AIPAC de 2013.
"La posible salida de Trump entraña desafíos para Israel. Aun así, no sería el fin de la alianza israelo-americana ni el augurio de la destrucción de Israel. Y es fundamental que los israelíes y aquellos que se preocupan por la nación judía lo tengan presente"

Para algunos seguidores del presidente Donald Trump, tanto en Israel como en EEUU, la perspectiva de una Presidencia Biden es un escenario que jamás quisieron considerar. Y aunque el resultado de las elecciones aún no es definitivo, si la tendencia sigue siendo favorable al candidato demócrata, tanto el Gobierno israelí como la comunidad proisrelí habrán de acomodarse a la nueva realidad.

La cuestión no es si lo harán de buena gana, sino si podrán evitar la sobrerreacción ante cualquier cambio en la política norteamericana, a menos –o hasta– que sea necesario.

Hace cuatro años, la mayoría de los israelíes tenían pocas dudas de que cualquiera de los dos candidatos presidenciales representaría una mejora frente a la Administración Obama. Habían sido ocho años de Obama pretendiendo que corriera al aire entre ambas democracias, de discusiones constantes, de creciente presión americana sobre Israel y de tomas de posición de Washington en la cuestión palestina y la amenaza nuclear iraní que socavaron gravemente la alianza israelo-americana.

Para acentuar la pérdida de confianza entre los Gobiernos de Israel y EEUU, en sus últimas boqueadas la Administración Obama optó por no vetar una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que básicamente calificaba de ilegal la presencia judía en Jerusalén.

Todo cambió una vez asumió Donald Trump. Para pasmo y maravilla incluso de algunos de sus seguidores, la política mesoriental norteamericana dio todo un vuelco. Trump se alineó con Israel y un año más tarde dio inicio al traslado de la embajada norteamericana desde Tel Aviv hasta Jerusalén, tras reconocer a la Ciudad Santa como la capital del Estado judío. Pronto siguieron otras decisiones de gran impacto. Así, Trump reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, pidió cuentas a la Autoridad Palestina por financiación del terrorismo y retiró a EEUU del desastroso acuerdo nuclear con Irán de 2015.

Dado que la ambición de Trump de negociar el “acuerdo definitivo” entre Israel y los palestinos chocó con la negativa de estos últimos a hacer la paz, su Administración se dedicó a un empeño más productivo. A diferencia de Obama y su secretario de Estado John Kerry, que en la práctica dieron a los palestinos poder de veto sobre la normalización entre el mundo árabe e Israel, Trump ha contribuido a forjar acuerdos de normalización entre Israel y Emiratos, Baréin y Sudán, a los que quizá sigan otros.

Visto lo visto, no es de extrañar que la mayoría de los israelíes apoyaran la reelección de Trump. Pero si, como parece, apoyaron por el candidato finalmente perdedor, han de saber que la histeria podría ser contraproducente.

Sin duda, es lógico que les preocupe una hipotética Administración Biden. Con toda seguridad, el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional quedarían en manos de discípulos de la Administración Obama o de gente que comparta sus impresiones sobre Oriente Medio. Igualmente, su equipo de política exterior retomaría el acuerdo nuclear con Irán y es probable que tratase de revivir las moribundas relaciones con la Autoridad Palestina, que fueron degradadas debido a la negativa de Ramala a dejar de financiar el terror o a discutir siquiera las ideas de Trump sobre la paz en Oriente Medio.

Pero sigue habiendo una posibilidad de que, como ha insinuado el principal portavoz para política exterior de la campaña de Biden, Anthony Blinken (favorito para ser el consejero de Seguridad Nacional del demócrata), EEUU mantenga las sanciones de Trump contra Irán. Lo cual significa que la más importante misión para Israel y los grupos judíos en los meses venideros no será volver a librar las batallas políticas de 2015. Sí deberían, en cambio, persuadir a Biden de que no caiga en la tentación de acabar con estos cuatro años de progresos para presionar a Irán a fin de renegociar el acuerdo nuclear y desmantelar las cláusulas que ponen a Teherán en un rumbo cierto hacia la satisfacción de sus ambiciones atómicas.

En lo relacionado con la cuestión palestina, sería bueno que el primer ministro Netanyahu y los americanos proisraelíes asumieran, acertadamente o no, que Biden no se consideraría vinculado a las políticas de Obama que sabe resultaron fracasos abismales.

El apoyo de Biden a Israel ha estado siempre condicionado por su insistencia en que él sabe mejor que los líderes del Estado judío qué es lo mejor para éste. Por indignante que eso sea, es igualmente cierto que Biden alberga mejores sentimientos hacia Israel que Obama. Lo mejor sería tener esto en cuenta, en vez de asumir que Biden retrotraerá la política mesoriental de EEUU al penoso momento en que Obana apuñaló a Israel por la espalda en Naciones Unidas justo antes de abandonar la Casa Blanca.

Aun si Biden fuera tan estúpido como para desperdiciar un valioso capital político con políticas basadas en insensatas demandas de que Israel rinda sus derechos y su seguridad, como hizo Obama, o con una nueva ronda de apaciguamiento ante Irán, Israel no ha de que doblegarse ante la presión de EEUU. Como dejó claro Netanyahu durante los escabrosos ocho años de Obama, Israel siempre puede decir ‘no’ a EEUU cuando crea que debe defender sus intereses ante unos policymakers norteamericanos errados.

Las alianzas con los Estados árabes forjadas con la ayuda de Trump serían más fuertes, no más débiles, si Biden se decantase por aquellas políticas que beneficiarían a Irán. Los Estados árabes que han abrazado a Israel no lo han hecho por caridad o por una vinculación emocional con el sionismo, sino para reforzar su seguridad. Si Biden comete los mismos errores que Obama, necesitarán a Israel tanto o más que ahora.

De la misma forma, Israel es  hoy más fuerte económica y militarmente que en 2009, y aunque la amistad con su única superpotencia aliada le sigue resultando necesaria, no trepidará ante Biden como no lo hizo ante Obama. Aún tiene numerosos amigos en la política norteamericana, y puede y debe remitirse a los principios del Plan para la Prosperidad de Trump como único fundamento sólido para una posible resolución del conflicto con los palestinos.

Es prudente prepararse para lo peor, aunque no sea el único resultado posible. Una Administración Biden podría tener suficiente con hacerse cargo de los problemas relativos a la pandemia del coronavirus, la economía, las infraestructuras nacionales y otros asuntos cruciales. Una tozuda negativa de los veteranos de Obama a admitir que se equivocaron con los palestinos la última vez que estuvieron en el poder sería un error no forzado que no haría ningún bien a Biden.

La posible salida de Trump entraña desafíos para Israel. Aun así, no sería el fin de la alianza israelo-americana ni el augurio de la destrucción de Israel. Y es fundamental que los israelíes y aquellos que se preocupan por la nación judía lo tengan presente.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio