Contextos

¿Qué pensaría Menájem Beguin de las elecciones israelíes de mañana?

Por Jonathan S. Tobin 

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"Para comprender la trascendencia de Beguin, hemos de dejar a un lado la política y las comparaciones facilonas. Fue una figura compleja que comprendió que las decisiones que había de tomar el pueblo judío eran igualmente complejas. No fue tanto un producto de la generación del Holocausto y del nacimiento de Israel como la encarnación de la asunción de la obligación moral de defender al pueblo judío y de proteger su patria, así como de un porfiado rechazo a doblegarse a la presión exterior"

El reconocimiento siempre tarda en llegar cuando se trata de gobernantes conservadores. En EEUU, esto ha llevado a una dinámica en la que políticos demonizados durante toda su carrera por la izquierda son considerados décadas después dechados de virtud por la propia izquierda para atacar a sus sucesores. He ahí el ejemplo de Ronald Reagan, vilipendiado mientras fue presidente pero que ahora es ensalzado para hacer de menos a los líderes republicanos que vinieron después.

Lo mismo parece estar pasando con la contraparte de Reagan en Israel: Menájem Beguin. Objeto de un intenso odio por parte de sus oponentes políticos durante su larga carrera, ahora se le considera miembro de pleno derecho de la generación fundacional del país. Lamentablemente, los motivos por los que algunos le homenajean tienen menos que ver con la justicia histórica que con el empeño en tachar al actual liderazgo del Likud como indigno de seguir sus pasos.

Que Beguin sea ensalzado por la misma casta izquierdista que le acusó falsamente de fascista, agitador y enemigo de la democracia sería simplemente irónico si no formara parte de una campaña similar para vilipendiar al primer ministro Benjamín Netanyahu.

Beguin ha pasado de ser un icono de la derecha judía a una figura cuya importancia histórica y grandeza imperecedera se han convertido en parte del legado de todo Israel, no sólo de un partido o un movimiento ideológico. Bien está, aunque lo que más se esté percibiendo es su utilización como garrote con el que sacudir a Netanyahu.

El principal oponente de Netanyahu, Benny Gantz, del partido Azul y Blanco, dice que Beguin habría expulsado del Likud al actual primer ministro. Más aún: asegura que Beguin no sería bienvenido en el actual Likud; que alguien con sus ideas sería considerado ahí un “enemigo de Israel”.

Incluso el partido de extrema izquierda Meretz anda apropiándose del legado de Beguin por su acuerdo de paz con Egipto, aunque éste sea un asunto bien diferente del de la paz con los palestinos.

La izquierda está también tratando de utilizar la reputación de Beguin, con su escrupuloso respeto por la legalidad y su sobrio estilo de vida, para sostener que Netanyahu no está a su altura. El hombre que fue condenado por las castas política, mediática y artística como un fanático ultraderechista es ahora una figura que la izquierda antepone a Netanyahu.

Aunque Beguin merece el reconocimiento que tan tardíamente está recibiendo, los esfuerzos por presentarle como el anti-Netanyahu, así como la noción de que el Likud de los 70 y los 80 rechazaría al de hoy en día, no se sostienen.

Comparar a alguien del Israel actual con los que lucharon por la creación del Estado judío corre siempre en detrimento de aquél. Pero hablar de que Beguin no encajaría en el Likud actual es tan absurdo como decir que los republicanos de hoy no aceptarían a Reagan. Ambos fueron productos de su tiempo y adoptaron posiciones en función de cómo se planteaban los asuntos en ese momento. Las valoraciones de Netanyahu sobre la política israelí o sobre el lugar de su país en el mundo están en función de los desafíos y del contexto actuales, no de los de 1977.

Pese a que hay claras diferencias entre ambas personalidades que no hacen quedar bien a Netanyahu, no todas ellas benefician a Beguin. Con todo su coraje, lo cierto es que Beguin apenas dominaba las cuestiones financieras, aunque lo mismo cabe decir de la mayoría de los políticos israelíes de su tiempo o del nuestro. La comprensión de Netanyahu de las cuestiones económicas es una de las razones por las que Israel se ha convertido en una economía del Primer Mundo y disfruta de una relativa prosperidad. (Para ser justos, tener una titulación de la escuela de negocios del MIT ayuda).

La noción de que Beguin habría estado en desacuerdo con el empeño de Netanyahu en contener a Irán, evitar que se fuerce a Israel a hacer peligrosas concesiones a los palestinos y a renunciar al derecho al asentamiento judío en cualquier parte de la Tierra de Israel, o incluso en lo relacionado con la Ley del Estado-Nación, es absurda.

Lo mismo cabe decir a propósito de la retórica de campaña, dado que Beguin jamás trepidó a la hora de arremeter contra sus oponentes de maneras no siempre perfectamente cívicas. La mayoría de las cosas que se dicen hoy de Netanyahu en relación a la paz o el respeto a la democracia se dijeron en su día de Beguin, aun cuando sus sensibilidades fueran bien distintas.

Beguin creyó que sus esfuerzos como líder del Irgún durante la lucha por la independencia de Israel –contribuyó a forzar la salida de los británicos y evitó una guerra civil entre los judíos de derechas y los de izquierdas– eclipsaron su desempeño como primer ministro en asunto de importancia. En este punto, nada que pueda hacer Netanyahu –con independencia del tiempo que sea primer ministro o de cuáles vayan a ser sus logros– podrá compararse al legado de Beguin.

Para comprender la trascendencia de Beguin, hemos de dejar a un lado la política y las comparaciones facilonas y reconocer que lo que el mundo judío actual añora más de él no es tanto su ascético estilo de vida, o su puntillosismo de abogado en punto a procedimiento parlamentario, como los valores que encarnó.

Menájem Beguin fue una figura compleja que comprendió que las decisiones que había de tomar el pueblo judío eran igualmente complejas. No fue tanto un producto de la generación del Holocausto y del nacimiento de Israel como la encarnación de la asunción de la obligación moral de defender al pueblo judío y de proteger su patria, así como de un porfiado rechazo a doblegarse a la presión exterior.

Los crueles desafíos históricos que contribuyeron a forjar su personalidad son, afortunadamente, cosa del pasado. Si las generaciones venideras quieren aprender algo de él, deberían recordar que incardinó sus decisiones en el contexto de la historia judía, no de los ciclos electorales. Esto es algo que los políticos israelíes de esta hora no deberían olvidar.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio