La Librería

Que Marianne no sea Marina. Ni Zahra

Por Mario Noya 

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"Cómo me gustaría saber quién es la heroica joven del velo blanco. Pero desde luego prefiero seguir en ascuas, llamarla simbólicamente Marianne; que los rumores no sean ciertos y siga en libertad y no la condenen a ser ya no Marianne sino una nueva Marina. (O, lo indecible, una nueva Zahra)"

Cómo me gustaría saber quién es la heroica joven del velo blanco. Pero desde luego prefiero seguir en ascuas, llamarla simbólicamente Marianne; que los rumores no sean ciertos y siga en libertad y no la condenen a ser ya no Marianne sino una nueva Marina. (O, lo indecible, una nueva Zahra).

Marina Nemat fue una joven como ella a la que, primeros años 80, le pasó por encima la siniestra revolución clerical que hizo de Persia la República Islámica de Irán (1979); república talibánica donde, “lentamente, casi todo lo que me gustaba se volvió ilegal”, relata Marina en sus estremecedoras memorias: La prisionera de Teherán. Proscribieron “la música, el maquillaje, las fotos de mujeres sin velo y los libros occidentales”, y la ciudad, Teherán –todo el país, todas las ciudades–, se fue quedando “sin color ni alegría. La gente sólo vestía ropas oscuras y miraba hacia abajo cuando caminaba”. Sobre todo no miraba al imponente horizonte del norte, a los majestuosos montes Elburz del tétrico Evin, penal infernal.

Al que Marina fue a parar con sólo 16 años. Entregada por la despreciable fanática de apenas 19 que pusieron a dirigir su escuela. Por pedir a esa bandada de cuervas que adoctrinaran menos y enseñaran más.

En Evin, Marina conoció el espanto. Las presas estaban en manos de psicópatas que las maltrataban, torturaban, violaban.

Tarane me dijo que se había enterado de que, antes de ejecutar a las chicas, los guardias las violaban porque creían que las vírgenes iban al cielo cuando morían.

A Marina, una noche, fueron a fusilarla. “Nadie se merece morir de este modo”, pensó. Y no murió. La salvó uno de sus carceleros, Alí, víctima del Sah y victimario con Jomeini (“parecía un anciano muy malvado”). Una suerte de sosias islamista del Antonio Banderas de Átame que a cambio acabó pidiéndole que se casara con él: “Quiero casarme contigo, Marina, y prometo ser un buen marido y cuidarte bien”; o de lo contrario mandaría detener, torturar a sus padres y por supuesto a su novio Andre. “Prometo hacerte feliz. Aprenderás a amarme”.

Marina devastada, mentalmente escindida se casó con el criminal que pensaba estar haciéndole un favor (“sacudió la cabeza y dijo que yo misma me había causado todo eso por ser tan terca”) y se convirtió (literalmente: Marina era cristiana) en Fátima.

Y con el matrimonio vino su consumación. La violación.

Se desabrochó la camisa y yo, paralizada de terror, cerré los ojos. (…) Abrí los ojos e intenté rechazarlo, pero su peso me inmovilizó contra el colchón. Le imploré que parara y dijo que no podía. (…) Olía a champú y a jabón. (…) Surgieron dentro mi ser ira, miedo y una terrible sensación de humillación (…) Mientras me torturaban, conseguí mantener un sentimiento de autoridad, una rara especie de poder que el tormento físico jamás podría robarme. Pero ahora era suya. Alí me había poseído.

Sólo habían pasado seis meses desde su detención. Marina ya no tenía 16 sino 17 años.

La Marina que era Fátima acabó empezando a convencer a su cruel marido enamorado de que lo que hacía no era el bien sino verdaderamente el Mal, cuánto daño.

Me parecía que había comenzado a darse cuenta de que la violencia carecía de sentido; torturar y ejecutar a adolescentes jamás conduciría a bien alguno ni complacería a Dios en absoluto. Y quizá por eso me había salvado de la muerte y se había casado conmigo; yo era su modo raro y desesperado de rebelarse contra todo lo que sucedía en Evin.

Alí de hecho presentó su renuncia, no quería seguir siendo carcelero en ese lugar demoniaco. Y como renunció lo asesinaron. A la puerta de la casa de sus padres.

A su padre, el señor Musavi, en los estertores le alcanzó a decir: “Entrégasela a su familia”.

El señor Musavi cumplió su palabra y Fátima pudo por fin volver a ser Marina, abrazar a su familia, rezar a Cristo, casarse con Andre. “No te cases con Andre”, le dijo alguien que la quería bien. “Sé que os queréis, pero son tiempos difíciles. Puedes morir por hacerlo. Espera un poco, porque las cosas pueden cambiar. No merece la pena que pierdas la vida”.

Pero es que Marina quería casarse con Andre precisamente para que mereciera la pena vivir la vida.

Me habían encarcelado y torturado (…) Me habían obligado a convertirme al islam y a casarme con un hombre sin conocerlo. Había visto cómo mis amigos sufrían y morían. Ahora lo importante era hacer lo que estaba bien.

A Marina todo esto que ojalá no le pase a Marianne le pasó en sólo dos años, dos meses y doce días.

***

Coda. De la “Nota de la autora” (que reside en Canadá desde 1991):

[La irano-canadiense] Zahra Kazemi murió en Evin el 11 de julio de 2003.

El 23 de junio de 2003 la periodista gráfica había estado haciendo fotos fuera de Evin durante las protestas estudiantiles cuando la detuvieron. Pronto se informó de que estaba en coma.

Durante los días posteriores a su muerte, el presidente iraní, Mohamed Jatamí, ordenó una investigación interna. El hijo de Kazemi y los oficiales del Ministerio canadiense de Asuntos Exteriores exigieron el retorno del cadáver a Canadá. Irán admitió que la habían apaleado hasta causarle la muerte, pero ignoró la presión internacional y la enterró en Irán. No se permitió que ningún médico independiente examinara su cadáver. Las autoridades iraníes detuvieron a unos cuantos agentes de seguridad, a los que consideraron posibles responsables de la muerte de Zahra; pero pronto los dejaron en libertad.

Al final se acusó de su muerte a un interrogador del servicio de espionaje iraní llamado Mohamed Reza Aghdam Ahmadi y se lo llevó a juicio, pero fue absuelto. Los abogados de la familia Kazemi, entre los que se contaba [la ganadora del Premio Nobel de la Paz] Shirin Ebadi, creyeron que Aghdam Ahmadi había sido un cabeza de turco.

El 31 de marzo de 2005 el doctor Shahram Azam, médico de urgencias del hospital Baghiatulah de Teherán, hizo públicos los horribles detalles que le había contado a un oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores canadiense un año antes: Zahra había sido brutalmente violada, (…) tenía dos dedos (…) rotos, la nariz rota, le faltaban tres uñas, tenía fracturado el cráneo, un dedo del pie izquierdo machacado, y le habían flagelado los pies.

Marina Nemat, Prisoner of Tehran: A Memoir, Simon & Schuster, 2008. Versión en español: La prisionera de Teherán, Espasa, 2009.