Contextos

Qué ha pasado en Turquía

Por Jesús M. Pérez 

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"Habrá que ver si de aquí a la fecha de entrada en vigor de las reformas constitucionales el Gobierno consigue neutralizar a la Turquía que todavía aspira a ser un país moderno y plenamente democrático. O si, por el contrario, como se leía en las redes sociales tras conocerse el resultado del referéndum, los jóvenes de esa Turquía asumen con resignación que su futuro está en el extranjero"

El pasado domingo Turquía celebró un referéndum sobre un paquete de reformas constitucionales en el que, fundamentalmente, se decidió si transformar el país en una república presidencialista. Con más del 99% de los votos escrutados, ganó el con un 51,37%. Un resultado muy ajustado para una reforma muy polémica y que otorga al presidente, Recep Tayyip Erdogan, muchos más poderes.

La reforma aprobada modifica dieciocho artículos de la Constitución turca y entrará en vigor en 2019. Así, desaparece la figura del primer ministro para confiar el poder ejecutivo a un presidente con extensos poderes. Por ejemplo, ahora designará doce de los quince magistrados del Tribunal Constitucional, podrá decretar el estado de emergencia y elaborará el presupuesto para su aprobación por el Parlamento. Este último crece hasta los 600 diputados, pero con las reformas introducidas tiene menos instrumentos para fiscalizar la acción del Gobierno (desaparecen las preguntas parlamentarias al Ejecutivo, sin ir más lejos). Con la reforma, el presidente que disfrute de mayoría parlamentaria contará con pocos contrapesos a su poder.

El contexto y las circunstancias del referéndum han sido, cuanto menos, peculiares. El presidente Erdogan y el primer ministro, Binali Yildirim, hicieron campaña por el desde sus cargos públicos, con toda la maquinaria del Estado a su servicio. La voz de los partidos opuestos a la reforma constitucional apenas se ha escuchado en los medios. Pero, sobre todo, la propia celebración del referéndum se dio en unas circunstancias excepcionales, dado que el país vive aún las secuelas del fallido golpe de Estado del 15 de julio de 2016.

Tras la referida intentona, el Gobierno se lanzó a una purga profunda en las Fuerzas Armadas, los cuerpos de seguridad y la Administración del Estado. Se cerraron medios de comunicación y se encarceló a periodistas y académicos entre acusaciones de que el partido en el poder estaba aprovechando la coyuntura para perseguir a las voces críticas y no a los cómplices de la intentona. La convulsión a la que ha sido sometida la sociedad turca por el Gobierno es tan grande, que hasta los árbitros de fútbol han sido sometidos a purga.

Para colmo, Turquía fue golpeada en 2016 por una cadena de ataques terroristas que provocó cerca de 300 muertos. Además, el país atraviesa un período de violencia abierto tras la ruptura de la tregua entre el Gobierno y los grupos insurgentes kurdos, entre los que se cuenta el PKK. Tras el fallido golpe del 15 de julio se declaró el estado de emergencia, que ha sido renovado periódicamente desde entonces. Esta misma semana el viceprimer ministro dio a entender que podría prorrogarse una vez más. Precisamente este contexto fue usado por los partidarios del para defender que Erdogan se convierta en un presidente con un poder fuerte.

A pesar de la suma de un Gobierno con poderes excepcionales, unos medios de comunicación al servicio del oficialismo y unos opositores sometidos a asedio, llama la atención el estrecho margen de la victoria del , después de una campaña que fue apabullante y llegó a extremos ridículos. Se retiraron folletos y carteles en lugares públicos que incluían la palabra no en un lugar prominente. La plataforma digital  Digitürk incluso retiró la película chilena No, que narra la campaña del referéndum que convocó y perdió el general Augusto Pinochet en 1988.

El mapa con el voto por provincias muestra un país dividido en dos polos fácilmente identificables. El rechazo a la reforma constitucional ganó en las tres mayores ciudades del país (Ankara, Estambul y Esmirna), en el territorio europeo del país, en las regiones orientales de mayoría kurda y en las regiones turísticas de las costas egea y mediterránea. El apoyo a la reforma ganó, en cambio, en las zonas rurales y conservadoras del centro de Anatolia y en las regiones costeras del Mar Negro.

Todo parecía predispuesto para una victoria contundente del que no se ha producido. Desde la oposición se ha hablado de irregularidades y se ha pedido la impugnación del 37% de las urnas. La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa envió una delegación a Turquía para supervisar la celebración del referéndum. Según recoge la agencia Europa Press, el jefe de la delegación, Cezar Florin Preda, afirmó que la consulta “no cumplió con los estándares” del Consejo de Europa y que no fue desarrollada con un marco legal adecuado para llevar a cabo “un proceso genuinamente democrático”. La Organización de Seguridad y Cooperación de Europa (OSCE) envió también una misión de observación. La misma noticia de Europa Press recoge el testimonio de la jefa de la misma, Tana de Zulueta, que afirmó que en el contexto político turco limitaba las “libertades fundamentales esenciales para un proceso genuinamente democrático” y que los bandos en liza “no tenían las mismas oportunidades para exponer su visión ante los electores”.

La falta de debate público convirtió el referéndum en un plebiscito sobre la figura de Erdogan. El consenso entre los especialistas es que se ha confirmado y consolidado la deriva autoritaria que el país ha vivido en los últimos años bajo la presidencia del sultán Erdogan (véase “Turquía ya no es el país del futuro”). Pero, frente la idea de que la reforma constitucional constituye una ruptura con el orden político vigente y profundiza el autoritarismo, Roy Gutman considera que el referéndum “sólo formaliza lo que ya ha conseguido” en estos años.

El margen tan ajustado de la victoria del –dando por válidas las cifras oficiales– retrata una Turquía donde Erdogan y su partido islamista no tienen una mayoritaria electoral para imponer cambios rupturistas. Sin embargo, la situación de excepcionalidad que vive el país desde el fallido golpe del 15 de julio de 2016 ha permitido al Gobierno perseguir a voces, medios y personalidades que ven extremadamente difícil ejercer su labor de oposición.

Habrá que ver si de aquí a la fecha de entrada en vigor de las reformas constitucionales el Gobierno consigue neutralizar a la Turquía que todavía aspira a ser un país moderno y plenamente democrático. O si, por el contrario, como se leía en las redes sociales tras conocerse el resultado del referéndum, los jóvenes de esa Turquía asumen con resignación que su futuro está en el extranjero.