Contextos

¿Qué dirá la Historia de Netanyahu?

Por Jonathan S. Tobin 

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel.
"Los historiadores ecuánimes, no contaminados por sesgos políticos izquierdistas, reconocerán que su manejo de Israel ha sido en gran medida ejemplar. Merece ser recordado no tanto por la duración de su mandato como por la habilidad con que ha cumplido con sus obligaciones"

Las cifras son impactantes, da igual cómo uno las cuente. Tanto si hablas de 13 años y 128 días o de 4.876 días, el caso es que el pasado sábado Benjamín Netanyahu se convirtió en el más duradero primer ministro de Israel. Se trata de un logro extraordinario; sin embargo, la fecha histórica en que superó el récord de David ben Gurión sirvió más como excusa para una orgía de críticas en su contra, por parte de analistas nacionales y extranjeros, que para mostrar cualquier aprecio real por su legado o su lugar en la historia de Israel.

Parte del problema es que la obsesión por la duración del mandato de Netanyahu ha dado pie a una comparación con el primero de los primeros ministros de Israel que resulta un reproche implícito a aquél. Aunque la idea de una competencia entre ambos es absurda, entender la evolución desde el pobre y agobiado país que Ben Gurión condujo a la independencia y la supervivencia hasta la superpotencia económica y militar que Netanyahu gobierna hoy resulta útil para comprender los logros de este último.

No es un secreto que la mayor parte de los opinólogos de Israel y de la mayoría de los países occidentales, tanto judíos como no judíos, desprecian a Netanyahu. Así que no sorprende demasiado que la mayor parte de los comentarios sobre su récord hayan consistido sobre todo en una letanía de sus pecados. 

Según esos críticos, Netanyahu es un tipo arrogante, corrupto y megalómano, preocupado sólo por el poder. Se le acusa de obstruir la paz, de acabar con el apoyo bipartidista a Israel en Estados Unidos, de alienarse a los judíos estadounidenses y de asaltar la democracia israelí. 

De esas acusaciones, probablemente sólo sea culpable de un obsesivo afán de poder.

La idea de que es un antidemócrata es una completa ridiculez, y se debe en gran medida al resentimiento de sus críticos ante sus victorias electorales. Su empeño en que no lo echen del Gobierno por unas acusaciones sobre corrupción que la mayoría de los israelíes consideran insustanciales no es más indicio de autoritarismo que sus desvelos por meter en vereda a un Poder Judicial israelí que está fuera de control.

Netanyahu ha dominado la política israelí desde que en 2009 volvió a ser primer ministro, después de que su primera legislatura, de 1996 a 1999, concluyera con una derrota electoral que parecía poner fin a su carrera política. Su regreso se debió en parte a la suerte, por el constante rechazo de los palestinos a las ofertas de paz –que incluían un Estado independiente–, lo que hizo que la izquierda israelí quedara desacreditada. El enfoque de Netanyahu sobre el conflicto, más realista, era la única opción creíble que se ofrecía a los israelíes. 

Ahora bien, aunque su camino de vuelta al poder lo asfaltaron las malas decisiones de sus rivales y de los enemigos de Israel, también da cuenta de su talento político. Y lo mismo cabe decir de su habilidad para mantenerse en el poder y ganar una elección tras otra.

Dicho esto, el largo reinado de Netanyahu es también una suerte de argumento a favor de la limitación de mandatos. A fin de mantener su primacía, el primer ministro se ha deshecho de cualquier posible sucesor en su propio partido. Y aunque las acusaciones de corrupción a las que se está enfrentando no son tan graves como afirman sus enemigos, y son principalmente de naturaleza política, no dejan de ser el inevitable fruto de una Administración que se mantiene durante demasiado tiempo.

Pero si una pluralidad de israelíes sigue pensando que Netanyahu es el hombre indispensable de su país es porque ha sido un primer ministro excelente. 

Bajo su mandato, la economía nacional ha prosperado, y su brillante diplomacia ha ayudado a romper el aislamiento que previamente padecía Israel en el Tercer Mundo y en gran parte de Europa. Bajo cualquier baremo normal de liderazgo, los logros de Netanyahu son extraordinarios. Ninguno de sus oponentes lo habría hecho igual de bien, ya que carecen de su experiencia económica y diplomática y de su enfoque precavido y pragmático respecto a las cuestiones de seguridad.

¿Por qué, entonces, sigue siendo tan despreciado por tantos?

Buena parte de esa animadversión proviene de que muchos izquierdistas nunca han perdonado al pueblo israelí que en las últimas décadas haya abrazado la coalición de derechas que comanda Netanyahu, mientras el movimiento sionista laborista que dirigiera Ben Gurión acababa siendo marginado. 

También son muchos los que no perdonan a Netanyahu que se haya negado en redondo a aceptar la socorrida idea de que Israel tiene en su mano firmar la paz con los palestinos. Y aquí –no en el catálogo de faltas de las que se le acusa– está el meollo de las críticas que se le hacen. 

Aunque bastantes analistas censuran el lujoso tren de vida que lleva Netanyahu, en contraste con el ascetismo de Ben Gurión, su actitud hacia el proceso de paz se sostiene sobre el mismo pesimismo sobrio que signó las políticas del primer jefe de Gobierno de Israel. 

Para inmensa frustración del establishment del mundo de la política exterior, Netanyahu entiende que la cultura política de los palestinos imposibilita la paz en el futuro previsible. Su objetivo, como el de Ben Gurión, es gestionar el conflicto, en vez de hacer esfuerzos inútiles y peligrosos por resolverlo.

Netanyahu merece un enorme crédito por haber tenido el coraje de decir “no” a los intentos del presidente Barack Obama de obligarlo a hacer concesiones que habrían debilitado a Israel. Lo mismo puede decirse de que dijera que el acuerdo nuclear con Irán de 2015 era un ejemplo de apaciguamiento temerario que rendía los intereses de seguridad de Israel y del resto de Occidente.

Si los judíos estadounidenses y los afines al Partido Demócrata le guardan rencor por esas posiciones, o por su incapacidad para hacer mágicamente la paz mientras los palestinos siguen negándose a poner fin a su guerra contra el sionismo, el problema es de ellos, no de él.

Puede que la era Netanyahu haya durado demasiado, y que de hecho se acerque a su fin, aun cuando los posibles sucesores no estén a la altura de Bibi. Pero los historiadores ecuánimes, no contaminados por sesgos políticos izquierdistas, reconocerán que su manejo de Israel ha sido en gran medida ejemplar. Merece ser recordado no tanto por la duración de su mandato como por la habilidad con que ha cumplido con sus obligaciones.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio