Revista de Prensa

¿Puede EEUU confiar en Turquía?

 

Bandera de Turquía.

James Jeffrey, exembajador estadounidense en Irak y Turquía, recopila las ventajas mutuas de la colaboración turca con Occidente. Erdogan, sostiene, ha convertido su país en un agente poco fiable, pero EEUU necesita una Turquía fuerte por su situación estratégica.

Si bien la influencia diplomática es clave, Ankara tiene otra ventaja: Turquía ocupa un territorio estratégico. Su dominio de los Dardanelos como garante de la Convención de Montreux –un acuerdo posterior a la II Guerra Mundial que dio a Turquía el control sobre los Dardanelos y el Estrecho del Bósforo– limita, en cierta medida, las salidas del Mar Negro de la Armada rusa, mientras permite a la OTAN penetrar en él. La capacidad rusa para reforzar [el régimen que detenta el poder en] Siria está también obstaculizada por el control turco del espacio aéreo al sur del Mar Negro. (…) ese espacio permite a EEUU acceder a Irak, el Cáucaso e incluso Afganistán.

(…)

Sencillamente, no hay alternativa para que Occidente proyecte su poder en la región sin Turquía. Esa es la ventaja definitiva de Ankara sobre Washington. Pero no hay paz ni prosperidad para Turquía sin Occidente, y eso limita el uso de esa ventaja.

París defiende la resolución de la Unesco que otorga la soberanía del Monte del Templo a los palestinos. El profesor Shlomo Slonim cree que es parte de una operación de mayor calado, que culminaría con el reconocimiento de un Estado palestino por parte del Consejo de Seguridad de la ONU.

Que el Consejo de Seguridad no está facultado para ‘establecer’ Estados es algo completamente ignorado por los promotores de esta estrategia. (…)

Peor que esa flagrante violación de las leyes de la ONU y del Derecho internacional, sin embargo, serían las consecuencias sobre el terreno, que inevitablemente desembocarían en un conflicto. Israel, probablemente, se vería llevado a anexionarse los territorios que considere esenciales para mantener unas “fronteras seguras y reconocidas”. Los palestinos, incluidos los de Gaza, se verían animados a tratar de implantar su autoridad ‘soberana’ en áreas que Israel considera parte de su soberanía nacional. Los choques se multiplicarían y elementos extranjeros, cuya asistencia solicitarían los palestinos, podrían sentirse legitimados para intervenir bajo el paraguas de una especie de autorización del Consejo de Seguridad, con el fin de ayudar a proteger al Estado árabe.

En resumen, toda la estrategia es un diseño para el fomento de la guerra, no de la paz.

Dicha confesión protestante ha inaugurado una exposición en Londres en la que se imita un puesto de control israelí en Cisjordania. El analista británico Tom Wilson, que creció como metodista, pone de relieve las causas que explican ese odio a los judíos.

En 2010, los metodistas señalaron a Israel con acciones de boicot (… ) la reverenda Nicola Jones, que propuso la moción, justificó su llamamiento aventurándose en una discusión acerca de los judíos como pueblo elegido (nunca es buena señal) antes de pasar a promover la idea supersecesionista de un “nuevo pacto”. Entonces completó su discurso señalando que “Dios no es un Dios racista, con favoritos”. La implicación era clara: los judíos y su religión son racistas, creen en un Dios racista y por eso deberían ser castigados con boicots. Fue el antiguo fundamento para la peor forma del antisemitismo cristiano, ahora revisitado.

No hay forma de obviar el hecho de que John Wesley, el fundador del metodismo, era un antisemita declarado. (…) Durante la ocupación alemana de las Islas del Canal, un ministro metodista llamado John Leale colaboró de manera entusiasta con los nazis para desvelar los nombres de los habitantes judíos de las islas. Dada esa historia, podríamos pensar que los metodistas mostraran más humildad en este asunto.