Revista de Prensa

Prueba de fuego para Turquía en Siria

 

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El avispero sirio provoca fuertes contradicciones en Occidente, dado el gran número de actores e intereses de todo tipo presentes en el mismo. El analista turco Murat Yetkin pone el acento en este artículo en el papel de Turquía, que hasta el momento viene manteniendo tratos tanto con Rusia como con EEUU, lo que supone una auténtica prueba de fuego para su diplomacia.

La política de Turquía en Siria encierra varias contradicciones e inconsistencias, pero ¿quién en Occidente ha mantenido una política consistente y responsable sobre Siria? Turquía ha entrado en peligrosas relaciones con grupos islamistas de la oposición siria, provocando horribles consecuencias tales como grandes oleadas de terrorismo. Pero EEUU, un aliado de la OTAN, ha asumido riesgos en sus relaciones con el proscrito Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) contra el Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL), después de obviar la emergencia del ISIL durante años.

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Turquía está tratando de encontrar la forma de alcanzar sus objetivos, que se han reducido desde el derrocamiento de Bashar al Asad y parar al PYD [aliado sirio del PKK] a tener pleno control sobre los 910 kilómetros de frontera con Siria.

Con mayores incertidumbres en el futuro por la llegada de la Administración Donald Trump en EEUU, a Ankara no le importa si alcanza esos objetivos con EEUU o con Rusia.

La estrategia de apoyo a las facciones moderadas de la política iraní frente al ala conservadora lleva fracasando desde el triunfo de la Revolución Islámica, en 1979. Ray Takeyh, del Council on Foreign Relations, sugiere en este artículo la necesidad de que Donald Trump aprenda de los errores de sus antecesores en la Casa Blanca.

Irán debe ser tratado como un Estado-nación unitario y no como una colección de partidarios de la línea dura y moderados que la política americana puede manipular en su propio beneficio. La entera noción de la división en facciones debe reconsiderarse tras las revueltas de 2009, cuando el Estado teocrático purgó a los reformistas (…)

La Administración de George W. Bush proporciona un buen caso de estudio sobre lo que funciona y lo que no. El triunfo militar momentáneo de América al desplazar a los talibanes y a Sadam Husein desestabilizó al régimen clerical, e Irán rápidamente suspendió su programa nuclear en 2003. Las contundentes denuncias de Bush contra los Estados que patrocinan el terrorismo y tratan de obtener armas de destrucción masiva fueron muy tenidas en cuenta en Teherán. Y sin embargo, la Administración cayó pronto en el cenagal de las negociaciones. Para 2005, América había dejado a un lado su postura de fuerza y trataba de involucrar a Irán en la estabilización de Irak y en la solución de la cuestión nuclear. Una República Islámica acorde con su recuperado destino respondió acelerando sus actividades nucleares y castigando a las fuerzas americanas en Irak con sus letales milicias chiíes.

La siguiente lección es que la República Islámica no está interesada en normalizar las relaciones con EEUU. Durante las pasadas cuatro décadas, los presidentes americanos han confiado en que las ofertas de diálogo y la posibilidad de restaurar relaciones atrajeran a Irán a la moderación. (…) La cuestión que muchos en la Casa Blanca han obviado es que la República Islámica es un Estado revolucionario, cuya completa identidad se basa en su hostilidad hacia Occidente. Para los clérigos dirigentes, restaurar relaciones con América es, por sí misma, una amenaza existencial.

La corrupción y la ineficacia de la burocracia saudí es una lacra que dificulta los planes reformistas del reino. El analista saudí Jaled Almaina hace un llamamiento a la modernización de la Administración para conseguir los objetivos del programa Visión 2030.

La Visión Saudí 2030 es clara. Sin embargo, lo que se necesita es un presupuesto equilibrado, responsabilidad fiscal, poner fin al despilfarro y un adecuado cálculo del coste de los proyectos. Deben aplicarse los estándares internacionales. Más aún, mientras en el pasado los grandes conglomerados tenían el control, el marco para los negocios debe cambiar permitiendo a las pequeñas y medianas empresas participar en la economía nacional.

Permitan que marquemos el inicio de una atmósfera positiva modernizando nuestros ministerios y convirtiendo la Visión 2030 en un objetivo y una realidad. La Historia no nos perdonará si no lo hacemos.