Revista de Prensa

Por qué Israel

 

Bandera de Israel en llamas.

Brendan O’Neill analiza en esta columna los ataques que el Estado judío recibe de gran parte de la opinión pública occidental por su derecho a defenderse de los ataques de grupos terroristas palestinos.

Israel pretende proteger a su población, como haría cualquier otro Gobierno minimamente consciente de su responsabilidad. Pero las operaciones militares de las potencias occidentales lejos de sus fronteras no desatan, ni de lejos, la ira que se vierte contra Israel, al que se llega a tachar de genocida. 

¿Por qué los progresistas occidentales siempre se muestran más ofendidos por el militarismo israelí que por cualquier otro? Es extraordinario. Francia puede invadir Malí y no habrá fuertes protestas ni algaradas por parte de los pacifistas en París. David Cameron, respaldado por la friolera de 557 miembros del Parlamento, puede ordenar ataques aéreos contra Libia y los izquierdistas británicos no publicarán en sus cuentas de Twitter las fotografías espantosas de los civiles libios muertos. El presidente Obama puede reanudar sus ataques con aviones no tripulados en Pakistán, matando a 13 personas en una huelga el mes pasado, y Washington no será asediado por la gente contraria a la guerra exigiendo que saque sus manos de Pakistán. Ahora bien, en el minuto en que Israel dispara un cohete en Gaza, o en el segundo en que los políticos israelíes dicen que están en guerra de nuevo con Hamás, los radicales en todas estas naciones occidentales saldrán a las calles con pancartas hiperbólicas y fulminarán Twitter publicando fotos de niños palestinos muertos, así como los nombres y edades de todas las personas con la leyenda «ASESINADOS POR ISRAEL».

Cualquier persona poseída de un espíritu crítico debe en algún momento preguntarse por qué hay tal doble rasero con el militarismo israelí. ¿Por qué los misiles disparados por el Estado judío son aparentemente más dignos de condena que los misiles disparados por Washington, Londres, París, los turcos, Asad o cualquier otra persona en el mundo?

(…) Aquí es donde podemos ver lo que el nuevo antisionismo tiene en común con el viejo antisemitismo: ambos buscan una cosa en el mundo, ya sea un Estado malvado o un pueblo deforme, contra los que el resto podrá bramar y a los que podrá culpar de todos los problemas políticos del planeta.

Lejos de servir para dotar de herramientas de conocimiento y capacitación profesional a los palestinos, de cara a su integración en las sociedades árabes o israelí, la UNRWA se ha perpetuado como un mecanismo que los líderes árabes utilizan en su lucha contra Israel, denuncia en este artículo Asaf Romirowski.

Con la reciente aprobación del mandato de la UNRWA por otros tres años, vale la pena preguntarse: ¿desde cuándo sabían los responsables políticos occidentales que esta agencia es una herramienta para que los Estados árabes perpetúen la ‘crisis de los refugiados’, y que los palestinos nunca aceptarán otra cosa que la repatriación a Israel, actitud que garantiza las hostilidades a perpetuidad? La respuesta es: desde el principio. Por eso, después de más de sesenta años, los documentos diplomáticos británicos sobre la agencia y los palestinos siguen siendo material clasificado.

En lugar de admitir que la UNRWA fue un fracaso y afrontar públicamente una situación sin precedentes históricos (un grupo de refugiados que se niega a ser reubicado y los países de acogida que se niegan a permitir su reasentamiento), Occidente simplemente ha aceptado la conversión de la UNRWA en un vasto y costoso mecanismo de asistencia social. Un papel que la agencia ha acogido con entusiasmo.   

Majid Rafizadé, politólogo con doble nacionalidad norteamericano-iraní e investigador de la Universidad de Harvard, sugiere que el verdadero motivo del respaldo iraní al grupo terrorista que domina la Franja de Gaza tiene que ver con el afán de Teherán de convertirse en el gran poder regional. 

¿Por qué la República Islámica trata de proyectar la imagen de que Irán es el único país que apoya la causa palestina? ¿Por qué los medios de comunicación iraníes y sus funcionarios sugieren repetidamente que otros países de la región no son sensibles a la difícil situación de los palestinos y afirman que Irán es el único lo suficientemente valiente como para apoyar a los palestinos en público con un consenso total?

La razón principal, creo yo, es la aspiración iraní a la hegemonía regional y no las afirmaciones de los líderes iraníes referidas a factores humanitarios o de ayuda a los palestinos oprimidos.

Irán apoya e influye en Hamás para utilizarlo luego (…) como herramienta para proyectar su poder e influencia en el mundo árabe. El mensaje que los líderes iraníes están enviando a otros países musulmanes es que Teherán no sólo tiene influencia en Siria, Irak y el Líbano, sino en otros territorios árabes.

Michael J. Totten explica en World Affairs por qué todos los análisis previos sobre las consecuencias de las revoluciones en los países árabes de finales de 2010 estuvieron equivocados. Considerar al mundo musulmán un bloque monolítico que comenzaba a resquebrajarse, tal y como ocurrió con la antigua URSS, desplazaba el foco sobre el hecho de que cada país tiene unas características que lo hacen diferente del resto, por más que compartan aspectos esenciales en el plano social y religioso.

Así pues, mientras que Túnez ha desembocado finalmente en un régimen liberal con una de las constituciones más avanzadas del mundo árabe, en Egipto el resultado ha sido distinto, y eso después de sortear el peligro de que quedara definitivamente en manos de las fuerzas radicales islamistas encabezadas por los Hermanos Musulmanes. 

Poco después de que la primavera árabe estallara, a finales de 2010, dos narrativas imperaron en Occidente. Los optimistas saludaron el nacimiento de la democracia en toda la región, como si el Oriente Medio y el norte de África estuvieran siguiendo el camino de Europa del Este durante las revoluciones anticomunistas de 1989. Los pesimistas, en cambio, creyeron que el mundo árabe estaba siguiendo el ejemplo de Irán en 1979 y sustituyendo a tiranos seculares por regímenes islamistas aún más represivos.

Ambas teorías resultaron ser erróneas, y no sólo porque sus fieles estaban equivocados sino porque cualquier narrativa superpuesta a esta serie de acontecimientos estaba condenada al fracaso.

La primavera árabe no es unívoca. Muchos países de Oriente Medio y el Norte de África están experimentando un cambio desgarrador, pero, al contrario que en Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín, cada país se mueve en direcciones diferentes y, a veces, también opuestas. Cada uno tiene su propia historia, su propia narrativa.

Túnez, donde todo comenzó, demostró que los pesimistas estaban equivocados, y Egipto, que siguió rápidamente a Túnez, certificó que ni los optimistas ni los pesimistas tenían razón.