Contextos

¿Por qué ha ganado Bibi? Realismo, no racismo

Por Jonathan S. Tobin 

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel.
"Puede que incluso algunos amigos estadounidenses de Israel estén preguntándose cómo es posible que los votantes del Estado judío den la mayoría a partidos que difícilmente acepten una solución de dos Estados en el conflicto con los palestinos. La respuesta es que, a diferencia de la mayoría de los americanos, los electores israelíes han prestado atención a la historia de los últimos veinte años y saben que Herzog no está más cerca de crear un Estado palestino que Netanyahu"

Cuando se anunciaron los resultados de las encuestas a pie de urna, algunos críticos del primer ministro israelí, Bibi Netanyahu, dijeron que su probable victoria en las elecciones legislativas sería fruto de un llamamamiento de carácter racista a los votantes. La justificación para tal acusación era un discurso de Netanyahu, aireado sólo en las redes sociales debido a las restricciones que pesan sobre los medios en materia de propaganda electoral, en el que Netanyahu decía que grupos izquierdistas financiados con fondos extranjeros estaban llevando a las urnas a los votantes árabes para que eligieran un Gobierno de izquierdas liderado por su rival de la Unión Sionista, Isaac Herzog. Los opositores a Netanyahu interpretaron eso como un llamamiento racista. La declaración fue desafortunada porque parecía que el primer ministro ve a los votantes árabes como sujetos en alguna manera deslegitimados. Pero los votantes seguramente lo vieron bajo una luz distinta. La perspectiva de un Gobierno izquierdista dependiente de la Lista Árabe Unida fue siempre improbable. Pero una masa crítica de electores la contemplaron con alarma no por racismo sino porque un Gobierno que descansara en los votos de unos antisionistas que apoyan la disolución de Israel es algo que consideran un peligro para el futuro de su país.

Pese a a las expectativas de que el descontento acabaría con su carrera, Netanyahu parece haber sobrevivido y probablemente sobrepase a David ben Gurión como el primer ministro que más tiempo ha desempeñado el cargo. Hace sólo unos días esto era considerado improbable porque las encuestas daban al partido laborista de Herzog una sólida ventaja de cuatro escaños. Pero, así como en 2009 y 2013 la extendida creencia de que no iba a perder perjudicó a Netanyahu, ahora la de que estaba acabado ha surtido el efecto contrario. Un número significativo de votantes de otros partidos de derecha, como el Hogar Judío de Naftalí Bennett, se volvieron al Likud en los últimos días para impedir una victoria de la izquierda.

Lo que deben entender todos los que se aventuran a opinar sobre las elecciones es que, pese a las esperanzas de la izquierda israelí y sus seguidores extranjeros (incluido el ese fan especial que tiene en la Casa Blanca), el alineamiento político del país sigue siendo el mismo. El centroderecha y los partidos religiosos conservan una clara mayoría frente a los partidos de izquierdas. Los aliados naturales de Likud sobrepasan a los de la izquierda. La única manera de que Herzog fuera primer ministro pasaría por que armara una improbable coalición de izquierdistas, laicos y ultraortodoxos. Incluso así, necesitaría el apoyo de la lista árabe antisionista, integrada por comunistas, islamistas y nacionalistas árabes radicales.

Frente a las implicaciones de la declaración de Netanyahu, el aumento de la participación de los votantes árabes es bueno para el país. Los árabes israelíes deben involucrarse en su país y beneficiarse de su sistema democrático. Pero las magras ganacias de la Lista Árabe Unida –que parece haberse hecho con 13 escaños, dos más de los que tenían previamente sus componentes– no supondrán mucha diferencia porque seguirán en la minoría. Es casi seguro que sus tres facciones se separen en cuanto el polvo del proceso electoral se asiente.

Puede que incluso algunos amigos estadounidenses de Israel estén preguntándose cómo es posible que los votantes del Estado judío den la mayoría a partidos que difícilmente acepten una solución de dos Estados en el conflicto con los palestinos. La respuesta es que, a diferencia de la mayoría de los americanos, los electores israelíes han prestado atención a la historia de los últimos veinte años y saben que Herzog no está más cerca de crear un Estado palestino que Netanyahu. Tampoco es justo tachar de racista a Netanyahu, que no ha cargado contra el derecho de los árabes al voto. No hay comparación entre los esfuerzos de las minorías por votar en las democracias de Occidente o en EEUU y el deseo de los partidos árabes de destruir Israel. En cuanto al liderazgo palestino, dividido entre Hamás y Fatah, ha rechazado constantemente las ofertas para la independencia que se le han ofrecido. La mayoría de los israelíes querría una solución de dos Estados, pero sabe que en las actuales circunstancias cualquier retirada de la Margen Occidental puede hacer que se repita el desastre derivado de la retirada de Gaza en 2005. Aunque los periodistas occidentales se mofasen de Netanyahu por sus comentarios sobre la emergencia de un «Hamastán» en la Margen Occidental, que habría que evitar, los votantes israelíes se han mostrado ampliamente de acuerdo con él.

Eso no les hace racistas ni extremistas. Eso significa que, como la mayoría de los americanos, son realistas. Puede que no les guste Netanyahu, pero los resultados de anoche demuestran que hay poco apoyo a un Gobierno que hiciera las concesiones a los palestinos que le gustarían a Obama. Con toda la razón creen que, incluso si Israel hiciera más concesiones, eso no conduciría a la paz sino a más violencia. Tanto los amigos como los críticos extranjeros de Israel deben comprender que, al final, han sido estas convicciones lo que han llevado a la reelección de Netanyahu.

© Versión original (inglés): Commentary
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