Contextos

¿Pierden terreno los enemigos de Israel en las relaciones públicas?

Por Tom Wilson 

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"Hamás y sus defensores se están viendo sometidos a verdaderas críticas, a diferencia de lo sucedido en los dos conflictos anteriores con Gaza. Es posible que quienes demonizan a Israel estén empezando a aparecer como lo que son, y con ello llega la posibilidad de que ese movimiento se marginalice cada vez más""Desde hace mucho se ha sostenido, y no sin justificación, que los medios tienen gran parte de responsabilidad por provocar en buena medida estos sentimientos antiisraelíes""Si estos autores pueden llegar a ver la campaña contra Israel por lo que es, entonces cualquier persona razonable, enfrentada a la realidad de este fenómeno, debería ser capaz de ver los prejuicios y discriminación inherentes a este movimiento promotor de odio"

Hay algo diferente en la reacción al último conflicto entre Israel y Gaza. El nivel de ira, la cantidad de odio, la furia dirigida contra Israel por los manifestantes parece más desquiciada, más feroz y, uno se siente tentado a decir, más desproporcionada que nunca. Pero puede que, por eso, esté ocurriendo algo más. Da la impresión de que cada vez más comentaristas y observadores ven a los detractores de Israel con nuevos ojos. Hamás y sus defensores se están viendo sometidos a verdaderas críticas, a diferencia de lo sucedido en los dos conflictos anteriores con Gaza. Es posible que quienes demonizan a Israel estén empezando a aparecer como lo que son, y con ello llega la posibilidad de que ese movimiento se marginalice cada vez más.

La oleada antiisraelí ha sido casi incomprensible. Los asistentes a una manifestación proisraelí en Los Ángeles fueron violentamente agredidos por partidarios armados de los palestinos, lo que hizo que un agente de Policía disparar su arma, al parecer para poder recuperar el control de la situación. En Boston, un activista proisraelí fue atacado por una mujer que gritaba “¡Judíos, iros al infierno!” En Londres se congregó una turba ante la embajada israelí, con pancartas en las que se afirmaba que se estaba produciendo un “holocausto palestino” y se acusaba al primer ministro israelí de ser “un clon de Hitler”. A la mañana siguiente, una vivienda judía de la ciudad fue cubierta con pintadas de esvásticas, y días después una mujer judía fue atacada, al azar, por manifestantes. De manera análoga, en diversas ciudades alemanas y en Amberes se produjeron violentas manifestaciones, en las que la multitud gritaba abiertamente “masacrad a los judíos”. Pero las escenas más impactantes se produjeron en París, donde fue incendiada una sinagoga, mientras que otra fue asediada por una turba furiosa que atrapó a los fieles judíos en su interior durante varias horas.

Lo que ha hecho que estos acontecimientos resulten más indignantes es la completa desproporción entre el nivel de ira mostrado y los sucesos reales a los que los activistas antiisraelíes atribuyen su ira. No sólo es Hamás el que forzó este conflicto con un bombardeo no provocado contra civiles israelíes, y no sólo ha ignorado todos los intentos por establecer un alto el fuego, sino que la cifra de víctimas de Gaza sigue siendo radicalmente más baja que la de la primera guerra contra Israel, en 2009, y también es bastante más baja que las de todos los conflictos similares. Debería estar claro para cualquier observador honrado que, pese al uso de escudos humanos por parte del movimiento islamista, Israel está haciendo lo imposible por evitar a los civiles allí donde puede. Por otra parte, Hamás está atacando indiscriminadamente a civiles israelíes con un enorme arsenal, altamente sofisticado, proporcionado por Irán. El 70% de la población israelí está dentro del radio de acción de los misiles de largo alcance Fajr 5 de la organización terrorista, que además cuenta con morteros antitanque e, incluso, con drones no tripulados.

Lo que resulta más mortificante es que espectadores que nunca han parecido preocuparse por conflictos mucho más terribles en la región, y que nunca habrían protestado por las cifras de víctimas causadas por las intervenciones militares de sus propios Gobiernos, se han dedicado a condenar obsesivamente a Israel en cada ocasión. Y el discurso de quienes condenan se ha vuelto ferozmente visceral, con comparaciones atroces entre el Estado judío y la Alemania nazi, unidas al igualmente enfermizo hashtag #HitlerWasRight (“#HitlerTeniaRazon”).

Pero un comportamiento así de radical no puede pasar desapercibido para siempre. Desde hace mucho se ha sostenido, y no sin justificación, que los medios tienen gran parte de responsabilidad por provocar en buena medida estos sentimientos antiisraelíes. Los medios británicos han sido particularmente sospechosos en el pasado, y, de hecho, mucha de la información sobre esta ronda de hostilidades ha sido igual de engañosa. Sin embargo, junto a esta información deshonesta ha habido un coro creciente de voces opuestas al sentimiento antiisraelí dominante.

En el Telegraph, algunos escritores han alzado como respuesta al último frenesí de ataques antiisraelíes, con una pieza especialmente enérgica de Dan Hodges, en la que se recuerda a los lectores por qué Israel no puede permitirse ser débil. En el Spectator, Rod Liddle escribió una entrada titulada, sin más, “¿Admitirá la BBC que Hamás quiere matar a montones de judíos?” Y Hugo Rifkind, también en el Spectator, escribió: “Si Gran Bretaña fuera bombardeada, como lo está siendo Israel, ¿cómo responderíamos?” Incluso el Independent, de posturas izquierdistas, publicó una pieza en la que se preguntaba por qué nadie se preocupa por los palestinos a los que Asad mata de hambre. Pero el que quizá ha sido el ataque que ha levantado más ampollas ha sido el franco editorial de Brendon O’Neill: “ Hay algo muy feo en esta rabia anitiisraelí: la línea entre el antisionismo y el antisemitismo se vuelve más delgada cada día”.

El tema es que, pese a lo hostil a Israel que han solido ser los medios británicos, si estos autores pueden llegar a ver la campaña contra Israel por lo que es, entonces cualquier persona razonable, enfrentada a la realidad de este fenómeno, debería ser capaz de ver los prejuicios y discriminación inherentes a este movimiento promotor de odio. Y podría ocurrir algo similar en la esfera diplomática. La forma en la que el ministro canadiense de Exteriores, John Baird, vapuleó recientemente al comisario de derechos humanos de la ONU por sus insinceras palabras contra la operación militar israelí, o el hecho de que el embajador australiano Dave Sharma destacara en Twitter la realidad de los cohetes de Hamás, quedan muy lejos de la atmósfera reinante en 2009.

Nada de ello sugiere que haya tenido lugar un gran despertar. El New York Times y el Guardian no cambian de sintonía. Pero, conforme la campaña antiisraelí se vuelve más y más radical y violenta, hay una oportunidad para que los ecuánimes vean las cosas de otro modo.

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