Contextos

Paradojas israelíes en clave cinematográfica

Por Santiago Navajas 

Bandera de Israel.
"Desde que Moisés los condujo a través del desierto hacia la única zona del Medio Oriente donde no hay petróleo (como dijo Golda Meir), los judíos están acostumbrados a superar dificultades y a tomarse las cosas de su religión con humor"

En 2013 el Tribunal Supremo de Israel sentenció que a los ciudadanos de ese Estado no cabe denominarlos oficialmente “israelíes” sino solo por su adscripción étnico-cultural-religiosa: judíos, árabes, drusos, etc., a menos que cambie la legislación vigente. La sentencia es extraña si se tiene en cuenta que Israel es un Estado liberal-democrático, por lo que tiene que respetar cierta neutralidad étnica, aunque, siendo un Estado aconfesional, pueda primar a una mayoría cultural, religiosa o lingüística -en su caso, la judía-, siempre que ello no conlleve una discriminación negativa hacia las minorías. La clave, claro, consiste en tratar de deslindar la esencia judía del Estado de unas comunidades que, aunque vivan dentro de sus fronteras y tengan los mismos derechos, no pertenecerían, por así decirlo, a su núcleo vital. Por otro lado, el origen de este país es el movimiento sionista, que en clave nacionalista tenía como objeto construir una nación de estilo decimonónico con los mimbres de la identidad judía.

La resolución de la paradoja entre un Estado democrático-liberal y otro sionista en clave étnica es lo que está en juego en el Israel del siglo XXI, un país que es líder en la innovación tecnológica y en la promoción de los derechos en su región pero que está sometido a grandes tensiones identitarias, derivadas de la amenaza que suponen los regímenes y grupos fundamentalistas de su entorno, que han tratado una y otra vez de exterminarlo. Pero aunque una minoría fundamentalista quisiera arrastrar el país por la vía teocrática habitual en el Oriente Medio, la mayor parte de los israelíes -hagamos caso omiso al Tribunal Supremo- está empeñada en empujar en la dirección contraria, en la conciliación de la democracia liberal con una identidad judía. Es complicado pero, desde que Moisés los condujo a través del desierto hacia la única zona del Medio Oriente donde no hay petróleo (como dijo Golda Meir), los judíos están acostumbrados a superar dificultades y a tomarse las cosas de su religión con humor.

Esta parte liberal-democrática de la sociedad israelí está haciendo emerger una serie de películas en las que se manifiestan dichas contradicciones. En forma de drama, de comedia y de parábola; a propósito del divorcio y de eutanasia, de si la naturaleza es un modelo eterno e insuperable o bien podemos decidir por nosotros mismos la duración del matrimonio o de la vida.

Gett: el divorcio de Vivianne Amsalem (candidata israelí al Óscar) relata el proceso kafkiano que tiene que pasar una mujer judía si quiere divorciarse, pues en Israel solo existe el matrimonio religioso, por lo que el divorcio tiene que tramitarse ante rabinos especialmente designados. Posible, es posible. Pero como depende del consentimiento del esposo, a veces puede ser complicado. Rodada exclusivamente en la sede del tribunal rabínico en el que se desarrollan los acontecimientos, Gett: el divorcio de Vivianne Amsalem es al mismo tiempo un recordatorio de lo que pasaba en países como España hace relativamente poco tiempo y un modelo para aquellos en los que el divorcio todavía no está reconocido por cuestiones religiosas. Claustrofóbica pero divertida, de contenido reivindicativo pero sin caer en el exceso caricaturesco, esta última parte de la trilogía que completan Ve‘Lakhta Lehe Isha (2004) y Siete días (2008) se desarrolla con las interpretaciones contenidas y reveladoras de sus protagonistas, Elisha y Vivianne (interpretada por la codirectora, Ronit Elkabetz), de los que seguimos su sufrimiento, condenados a estar separados, aunque después de todo este recorrido por el amor y el odio parecen ser bastante complementarios, siendo ambos bastante insufribles.

La fiesta de despedida, escrita y dirigida por Sharon Maymon y Tal Granit, es la típica comedia amable, concienciada y progre que arrasa en festivales como el de Valladolid o Sundance. Un grupo de amigos de una residencia de ancianos de Jerusalén se enfrentan a la muerte en forma de enfermedades terminales y mentales en un tiempo en el que la hora final parece que ha dejado de estar escrita. Y llegan a la conclusión de que si no puedes con tu enemigo lo más lógico es unirte a él. Por lo que construyen una máquina para que los agonizantes, desesperados o simplemente cansados de vivir puedan acabar con su sufrimiento de una manera rápida e indolora. Si en Amour Michael Haneke lo planteaba en modo lírico-tremendista, la película israelí prefiere un tratamiento más suave pero no por ello menos reflexivo, en un tiempo en el que la humanidad ha alcanzado el poder de llevar la vida más allá de lo natural pero sin embargo se enfrenta a la perplejidad de una cuasi inmortalidad degenerativa en la que resulta mucho más complicado morir que, simplemente, perder la vida.

La obra maestra del cine israelí contemporáneo es The Kindergarten Teacher, de Nadav Lapid, que plantea -como ya hicieran Peter Shaffer y Milos Forman en Amadeus, sobre la relación entre Mozart y Salieri, pero dándole una original vuelta de tuerca- el conflicto desatado entre el genio y la masa. Sólo que, a diferencia del checo, el director israelí propone una variación en la trama cuando la maestra de escuela, Nira, que es capaz de reconocer la originalidad y la singularidad de su pequeño discente, Yoav -el pequeño Avi Shnaidman compone un angelical Rimbaud que sobrevuela sonámbulo el abismo del infierno-, se embarca en la aventura de convertirse en su guía y ángel guardián para salir del purgatorio de una sociedad mercantilizada, una figura paterna castradora y una escuela burocrática.

Hay dos momentos reveladores. En primer lugar, un paradigmático hombre normal, el marido de la profesora, lanza un codazo a la cámara mientras contempla hipnotizado el típico programa-concurso que emiten todas las televisiones del mundo. En sentido contrario, Yoav mira a la cámara mientras recita uno de sus poemas, hasta que finalmente llega a tocarla con la frente. Con dichas rupturas de la convención, que marcan una frontera entre los seres de ficción y la cámara que los graba, Lapid nos trata de involucrar en de la historia, del mismo modo, aunque con una estrategia diferente, con que Woody Allen en La rosa púrpura de El Cairo hacía salir a los personajes de ficción de la película para inmiscuirse en el mundo real.

El cine de Lapid tiene una derivada estrictamente israelí y judía que, sin embargo, no impide que se comprenda universalmente el paisaje ético y estético que nos propone, calculadamente ambiguo, delicadamente ambivalente, propio de un país tan complejo, diverso y desgarrado como es Israel. Al igual que Platón enseñaba que en un Estado ideal debería haber una nítida diferenciación entre clases sociales basada en la supremacía intelectual, en una decisiva secuencia en una playa de Tel Aviv la maestra sefardí le enseña a su alumno askenazi su lugar en la jerarquía del pueblo elegido. También como en la alegoría platónica, nos advierte Lapid de que aquellos que se arriesgan a traer la palabra verdadera al reino de las sombras y las falacias acabarán siendo devorados por una maquinaria puesta al servicio de las masas. Parafraseando a Theodor W. Adorno, ¿cabe la poesía en la época del turismo de masas y la Champions League? Cuanta más televisión, menos arte.