Revista de Prensa

Para derrotar al Estado Islámico hay que crear un Estado suní

 

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El exembajador norteamerciano en la ONU John Bolton realiza en este artículo una dura crítica a la política de Obama respecto al terrorismo islamista del EI. Bolton propone la creación de un nuevo Estado suní en el norte de Siria y el oeste de Irak que reemplace a estos dos Estados fallidos. La existencia de un Estado suní en esa parte de Oriente Medio, sostiene, haría fracasar los planes geoestratégicos de Irán y Moscú y permitiría tener garantías de seguridad en una de las regiones más volátiles y conflictivas del planeta. 

Este Estado suní tiene potencial económico como país productor de petróleo (sujeto a negociación con los kurdos, evidentemente) y podría ser un baluarte contra Asad y el aliado iraní en Bagdad. Los dirigentes de los Estados árabes del Golfo, que ya han aprendido el riesgo para su propia seguridad de financiar el extremismo islámico, podrían proporcionar una significativa financiación. Y Turquía –todavía un aliado de la OTAN, no lo olvidemos– disfrutaría de mayor estabilidad en su frontera sur, haciendo la existencia de un nuevo Estado, como mínimo, tolerable.

El europarlamentario británico Daniel Hannan explica en este artículo por qué la comunidad internacional debe ponerse del lado del Gobierno de Ankara frente a la escalada de tensión instigada por Moscú a cuenta del derribo de un caza ruso en la frontera turco-siria.

Hannan rechaza las acusaciones que pretenden que Turquía colabora con el Estado Islámico, a pesar de que el régimen de Erdogan no es precisamente un ejemplo de valores democráticos. 

Nada de esto quiere decir que Ankara deba estar por encima de las críticas. La mayoría de los turcos, incluidos los defensores del partido gubernamental, se han visto alarmados por el desarrollo de algunos acontecimientos recientes: la disposición a demandar a periodistas, las ofensivas judiciales o la transformación del poder legislativo en ejecutivo. Los amigos de la democracia turca no deben tener miedo a señalar cuando las cosas toman un giro equivocado. Aun así, la idea de que Turquía está en camino de convertirse en un segundo Irán, que ya no existe allí una democracia propiamente dicha o que es aliada secreta del Estado Islámico, es un absurdo. Tales histrionismos hacen más difícil que se expresen preocupaciones razonables.

Kamel Daud denuncia en las páginas de The New York Times la hipocresía occidental en sus tratos con Arabia Saudi. Daud explica que el reino saudí es un promotor mundial del islamismo radical, propaga una visión mesiánica y radical del islam de la que beben los grupos terroristas islamistas. 

El Estado Islámico tiene una madre: la invasión de Irak. Pero también tiene padre: Arabia Saudí y su complejo religioso-industrial. Hasta que eso no se entienda, podrán ganarse batallas, pero la guerra estará perdida. Los yihadistas serán ultimados, pero renacerán de nuevo en futuras generaciones y crecerán con los mismos libros.

Los ataques de París han expuesto esta contradicción de nuevo, pero, como ocurrió después del 11-S, se corre el riesgo de borrarla de nuestros análisis y conciencias.

La matanza del 13-N y otros ataques recientes del Estado Islámico, como el derribo de un avión comercial ruso en el Sinaí, han llevado a muchos analistas a sugerir que el grupo terrorista liderado por el califa Bagdadi está cambiando su forma de actuar. Por el contrario, Aymen Jawad al Tamimi sostiene en este artículo para el Middle East Forum que su táctica de atacar en Occidente es complementaria de su empeño principal, consistente en la creación de una estructura estatal que dé forma al nuevo califato. En París, simplemente, fallaron los servicios de inteligencia.

La mayor falacia de la visión de que los ataques en París y otros lugares suponen un cambio de estrategia es la premisa de que el proyecto de construcción estatal del EI y la noción de atacar al enemigo lejano son tácticas mutuamente excluyentes. De hecho, ambas acciones se complementan para socavar la capacidad de los enemigos del EI para dañar su estructura estatal. El Estado Islámnico confía en confundir el consenso del enemigo acerca de qué hacer con el grupo terrorista, dado que muchos valoran si cualquier intervención está plenamente justificada, por el riesgo de ataques terroristas de represalia (…) El Estado Islámico pretende sembrar la división y la discordia en los frentes locales de sus enemigos. Quiere infundirles terror y reforzar la división entre musulmanes y no musulmanes en la población civil.